Millonario por castigo Chapter 12
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Chapter 12

No sé en qué momento empiezo a cansarme de sonreír.

Supongo que no ocurre de golpe, que no hay un instante concreto en el que una diga basta y se quite de encima la versión educada, correcta y perfectamente presentada de sí misma como si fuera un abrigo demasiado pesado.

Es algo más sutil, y también más desagradable.

Una especie de fatiga silenciosa que se instala primero en la mandíbula, después en los hombros y, cuando te quieres dar cuenta, te ha robado hasta las ganas de escuchar.

Llevo más de una hora en el club y siento el cuerpo extrañamente ajeno.

No porque el vestido me incomode ni porque los zapatos me estén matando, que también, sino porque todo lo que me rodea parece cuidadosamente diseñado para recordar a cada persona quién es, qué lugar ocupa y qué se espera de ella.

Y yo sé perfectamente qué se espera de mí.

Ese es, precisamente, el problema.

El salón principal brilla con esa elegancia contenida que solo tienen los sitios donde el dinero no necesita exhibirse para hacerse notar.

La luz cae en tonos cálidos sobre los terciopelos oscuros, sobre los perfiles afilados de las copas, sobre las manos bien cuidadas de mujeres que saben exactamente dónde colocar los dedos cuando sostienen una bebida.

¡Hasta la música parece tener miedo de sonar más alto de la cuenta!

Hay algo casi hermoso en esa forma de ordenar el mundo y al mismo tiempo, algo profundamente inquietante, porque aquí nada se sale de sitio, ni tropieza ni se rompe.

Pero curiosamente, yo llevo toda la noche con la incómoda sensación de que me falta precisamente eso.

—¿Te ocurre algo?

La voz de Fede me devuelve al presente con la suavidad estudiada con la que hace prácticamente todo. Me giro hacia él con la copa todavía entre los dedos y niego despacio.

—No. ¿Por qué?

Me observa durante un segundo.

—Estás callada.

Estoy tentada de responderle que eso, en un lugar como este, debería considerarse una virtud.

Pero no lo hago.

En lugar de eso, doy un pequeño sorbo al champán y las burbujas me rozan la lengua con una delicadeza absurda, como si hasta eso estuviera pensado para no molestar.

—Estoy bien —digo.

No miento del todo, pero tampoco digo la verdad.

Fede asiente con esa tranquilidad suya que a veces resulta reconfortante y otras, como esta noche, me produce unas ganas salvajes de zarandear algo.

Sus hombros, por ejemplo.

Va impecable, por supuesto. La chaqueta le sienta bien, el pelo está en su sitio, la sonrisa aparece cuando corresponde y desaparece cuando ya ha cumplido su función.

No hay nada reprochable en él y claro, me resulta dificilísimo rebelarme contra alguien que, a ojos de cualquiera, parece una elección sensata.

No hace daño, no grita, no desordena nada y es precisamente la clase de hombre que haría feliz a un padre como el mío.

Levanto la mirada por encima de su hombro y lo veo, precisamente, al otro lado del salón.

Papá.

Habla con dos hombres a los que conozco de toda la vida sin recordar nunca muy bien por qué. Está recto, sereno, impecable, con esa expresión entre cordial y distante que lo hace parecer inalcanzable incluso a escasos metros.

No sé si me está mirando ni tampoco si me vigila, con él la diferencia es mínima y no me sorprendería que lo hiciera.

—Tu padre parece contento cuando nos mira —dice Fede.

Claro que lo parece, porque las cosas están saliendo según su estúpido guion , pienso.

Yo estoy aquí. Tú estás aquí. Todo el mundo ocupa el sitio que le corresponde. Fin de la historia.

—Sí —respondo.

—Es importante para él que estés esta noche.

Casi sonrío.

—No me había dado cuenta.

Fede me mira con una ligera sorpresa, como si no esperara ese tono en mí.

Y la verdad es que yo tampoco lo esperaba, pero sale, porque llevo toda la noche tragándome frases, porque el aire aquí dentro empieza a parecerme un poco más denso de la cuenta y porque, a veces, mi ironía aparece justo cuando menos debería.

Por suerte, Fede opta por interpretar el comentario como un gesto de cansancio y no como lo que realmente es.

—Si quieres, puedo traerte algo de comer —dice—. Apenas has probado nada.

Miro una mesa cercana, repleta de pequeñas piezas perfectas de comida que parecen más decorativas que reales.

Bocados milimétricos, colores armónicos y cosas que probablemente tengan nombres larguísimos y sepan a muy poco.

—No tengo hambre.

Lo cierto es que sí la tengo, pero no de esto.

Fede asiente otra vez. Siempre asiente y siempre entiende lo bastante como para no molestar, pero nunca tanto como para desordenarme.

Y quizá por eso no ve que, en realidad, hace ya un rato que no estoy del todo aquí.

La primera en notarlo no es él, sino Maira.

Aparece a mi lado con una copa en la mano y una mirada afilada, como si hubiera venido a un safari humano y acabara de localizar por fin a la presa interesante de la noche.

—Vale —dice sin saludar siquiera—. Necesito que me confirmes que yo también lo estoy viendo.

Frunzo el ceño.

—¿El qué?

Maira no responde inmediatamente. Da un pequeño sorbo a su bebida, alza apenas la barbilla y entonces sigue la dirección de su mirada.

No sé por qué obedezco, giro la cabeza y, de repente, siento una punzada absurda de expectación justo antes de verlo.

Pero lo veo y el resto del salón se recoloca.

Está cerca de una de las barras laterales, de pie, con un vaso en la mano y una quietud rara para alguien que, claramente, no pertenece a este sitio.

No es solo una cuestión de ropa, porque va muy bien vestido.

De hecho, mejor que muchos de los hombres que hay aquí, para mi gusto, porque el traje oscuro le cae bien sobre el cuerpo, y la camisa abierta lo justo le da la apariencia exacta para parecer descuidado sin dar la impresión de haberlo intentado.

No, no es eso.

Es su forma de estar, la manera en la que ocupa el espacio sin adaptarse a él, la manera en la que mira, como si nada de todo esto pudiera impresionarle lo suficiente, la manera en la que no parece necesitar caer bien, no sé.

Y esa sola idea, en un sitio como este, resulta casi violenta.

Trago saliva sin darme cuenta.

—Vaya —murmura Maira a mi lado—. Pues sí.

No respondo.

No puedo, porque a diferencia de faltarme las palabras, las que me vienen a la cabeza no son exactamente las que debería estar pensando.

No es guapo , me digo.

O, mejor dicho, no es guapo de la forma en la que aquí se entiende que lo es un hombre.

No tiene esa belleza fácil, pulida, socialmente aceptable.

En él hay algo menos limpio y más incómodo que no invita a la tranquilidad, sino a todo lo contrario.

Y eso es justamente lo que hace que cueste apartar la vista de él.

—¿Quién será? —pregunta Maira, y por una vez su tono no suena a broma, sino a interés real.

No lo sé.

Pero mi cuerpo reacciona como si esa ignorancia fuera una provocación.

—Ni idea —respondo, en un murmullo que apenas reconozco como mío.

Siento a Fede moverse a mi lado.

—¿Sabéis quién es? —pregunta, mirando en la dirección que hemos estado mirando.

Y aquí debería pasar algo sencillo, me explico: yo debería mirar a otro lado, encogerme de hombros y decir que no, que nada, que solo comentábamos el vestido horroroso de esa señora del fondo o la poca gracia del canapé de salmón o cualquier otra cosa inofensiva, banal y socialmente útil, pero no lo hago.

Porque en ese preciso instante él levanta la vista y entonces sí, entonces ya no hay escapatoria.

No sé si me estaba mirando ya o si el movimiento ha sido casual, tampoco sé si me ha visto antes o si sabe siquiera que existo.

Pero sus ojos encuentran los míos con una precisión que me deja completamente quieta.

No es una mirada amable, aunque tampoco especialmente dura.

No intenta gustar, agradar, ni nada de nada.

Quizá por eso me golpea con tanta fuerza.

Es como si, por primera vez en toda la noche, alguien no estuviera mirándome como se mira a Genoveva.

Ni como me mira mi padre, ni como me mira Fede, ni como me miran esas mujeres que evalúan un vestido antes que a la persona que hay dentro.

No.

Hay algo distinto, mucho menos ordenado y que no sé colocar.

Lo peor es que mi primera reacción no es apartarme, sino sostenerle la mirada solo un segundo, quizá dos, pero sí el tiempo suficiente para que un calor extraño me suba por el cuello y se me instale bajo la piel como una advertencia.

—Veva.

La voz de Fede rompe el momento y pestañeo, volviendo de golpe al salón, a la música, a la copa en mi mano, al peso del pendiente rozándome el cuello, al olor dulce del champán y el perfume caro.

Me giro hacia él demasiado rápido.

—¿Sí?

Fede me mira con una arruga leve entre las cejas.

—Te estaba hablando.

Claro, sí, por supuesto.

Le dedico una sonrisa automática que, Dios, es horrible, educada y vacía.

—Perdona. Me he distraído.

Maira me mira, no necesito girarme para saberlo.

Lo noto.

Noto cómo se le afila la intuición, cómo registra el pequeño temblor de mis dedos alrededor de la copa y cómo une puntos con una facilidad irritante.

—Ya veo —dice ella, tan bajo que solo yo la oigo.

No la miro, no me atrevo.

¡Por Dios, ¿qué me ha pasado?!

Fede retoma lo que estuviera diciendo, algo sobre una cena la semana siguiente o una exposición o el hijo de no sé quién que acaba de volver de Londres.

Da igual.

Las palabras le salen en el tono de siempre, correcto y agradable, pero ya no me alcanzan igual, algo se ha desplazado dentro de mí y ahora todo lo demás suena un poco más lejos.

Vuelvo a mirar.

No debería, lo sé, pero lo hago.

Él ya no me está mirando, está hablando con el camarero, o fingiendo que lo hace, con esa clase de distancia que solo tienen los hombres que no han aprendido a pedir permiso por existir.

La luz le roza el perfil y le marca la línea de la mandíbula, la curva cansada de la boca, la firmeza casi insolente de quien no parece dispuesto a suavizarse para encajar.

No sé qué hace aquí, ni por qué me inquieta ni por qué diantres, entre toda esta gente perfectamente predecible de la sala, es precisamente él, un desconocido, quien consigue parecerme real.

Y eso me molesta.

Porque no entra en el plan, no debería importarme y porque, además, una parte de mí, la más sensata, la mejor entrenada, ya ha identificado el peligro.

La otra, sin embargo, lleva unos minutos haciendo algo mucho peor: despertarse.

—No me gusta esa cara que tienes —murmura Maira.

Esta vez sí la miro.

—¿Qué cara?

Sonríe despacio.

—La de “mi vida acaba de complicarse un poquito”.

Suelto una risa breve, incrédula, más por necesidad que por humor.

—No digas tonterías.

—No las digo. Las detecto.

—Ni siquiera sé quién es.

—Uy —dice, alzando las cejas—. Entonces es peor.

—Maira —le advierto.

—Veva —canturrea, la muy maldita.

La forma en la que pronuncia mi nombre debería molestarme. En cambio, me da la sensación de que es lo único sincero que he oído en toda la noche.

Aparto la vista de ella, de Fede, del salón entero, y la clavo un instante en las burbujas que tiemblan dentro de mi copa.

Necesito recolocarme, volver a ser la versión de mí misma que entra en una sala como esta sin sentir que algo va a romperse.

Pero ya es tarde para eso, lo sé con una claridad incómoda.

No ha pasado nada, nadie ha dicho nada.

No ha habido contacto, ni presentación, ni historia.

Y, aun así, algo ha empezado.

Algo pequeño y casi imperceptible, pero lo bastante real como para que, cuando vuelvo a levantar la vista y lo busco sin querer reconocer que lo estoy buscando, entienda que la noche ya no va a poder volver a ser la misma.

Y yo tampoco.