Millonario por castigo Chapter 11
23%

Chapter 11

El móvil vibra mientras estoy tirado en el sofá de casa intentando ignorar mi propia existencia.

Otra vez.

Últimamente todo el mundo parece necesitar algo de mí y admito que en parte me agota.

Miro la pantalla esperando encontrarme otro mensaje del abogado, otra reunión o alguna palabra absurda relacionada con empresas que todavía no entiendo.

Pero esta vez es un correo.

Club Santamaría.

Perfecto.

Qué ilusión.

Abro el mensaje con la misma energía con la que uno abre una multa.

Invitación formal.

Homenaje privado en honor a Antonio Santamaría.

Asistencia requerida como heredero y nuevo miembro del consejo.

BLA, BLA, BLA.

Mi primera reacción es reírme.

La segunda también.

—¿Qué pasa? —pregunta mi madre, que viene desde la cocina.

Levanto el móvil para enseñarle el correo electrónico.

—Que parece ser que ahora también me invitan a fiestas de ricos muertos.

Marisa aparece deslizándose por el pasillo.

Literalmente.

Lleva unos pantalones satinados estampados y una mascarilla verde fosforita puesta en la cara.

No quiero saber detalles, la verdad.

—¡Ay! —Da un salto, y temo por sus rodillas—. Por favor, dime que vamos —suplica quitándose la mascarilla de golpe—. Yo nunca he ido a un club privado elitista. Esto es mi Super Bowl.

—No vas a venir —le digo riéndome.

—Eso ya lo veremos —responde poniendo morritos.

Mi madre deja un plato sobre la mesa y suspira.

—Oliver, no tienes obligación de ir.

—Sí la tengo —murmuro.

Esta es la parte que empieza a cansarme: todo esto viene disfrazado de elección cuando en realidad no lo es.

Marisa me quita el móvil de las manos antes de que pueda impedirlo y lee el correo.

Qué rápida es cuando quiere.

Luego abre mucho los ojos.

— Dress code : black tie . —Levanta la cabeza lentamente—. Oliver… ¿tú tienes algo que no huela a gasolina?

—Tuve un entierro hace unos días, pero no asistí, ¿te sirve?

—No, cariño, eso no es black tie . Eso es depresión.

No puedo evitar reírme y, aunque mi madre intenta no hacerlo, fracasa un poco.

—No pienso disfrazarme para esa gente.

Marisa me mira horrorizada y me aguanto una carcajada, porque un poco más y se le desencaja la mandíbula del sitio.

—¿Cómo que no? ¡Ahora eres rico! ¡Los ricos se disfrazan constantemente!

Y, tristemente, creo que es la frase más inteligente que he oído en semanas.

El caso es que el abogado termina consiguiendo que vaya otra vez, por lo que empiezo a sospechar que ese hombre podría convencerme hasta de entrar en una secta si se lo propusiera con suficiente calma.

—No tiene que gustarle el evento, señor Luque —dice tranquilamente al teléfono—. Solo tiene que estar presente.

—Suena igual que una condena judicial.

Escucho algo parecido a una risa al otro lado y, aunque es pequeña y controlada, me parece real.

—Créame, he visto condenas peores en este entorno.

Eso me hace sonreír por primera vez desde que ha empezado la llamada.

Curioso.

Porque al principio pensé que aquel abogado sería otro tío estirado más y ahora empieza a caerme peligrosamente bien.

Se llama Ezequiel, aunque todavía me cuesta llamarlo así y no “El abogado”.

Tiene esa tranquilidad rara de la gente que ha visto demasiadas miserias como para impresionarse ya por nada.

Y sospecho que, dentro de este mundo, eso lo convierte casi en humano.

El traje me lo compro dos días antes del evento.

Bueno, “comprar” es una forma elegante de decir que Ezequiel prácticamente me obliga.

Porque según él: “si va a declarar la guerra al consejo, señor Luque, al menos procure no parecer recién escapado de una pelea clandestina.”

Muy gracioso.

Acabamos en una tienda del barrio Salamanca donde el dependiente me mira como si sospechara que voy a robar algo.

No lo culpo, yo también tendría dudas.

El traje es oscuro, tal y como indica el código de vestimenta, y sencillo, ya sabes, sin mierdas brillantes ni corbatas absurdas.

Lo más parecido a mí que encuentro, siendo honesto.

Cuando salgo del probador, Ezequiel levanta la vista del móvil y asiente despacio.

—Bien —dice.

—¿Bien?

—Parece alguien que podría destruir una empresa sin despeinarse demasiado.

Lo miro unos segundos.

—Eso ha sonado extrañamente específico.

—Trabajé muchos años para Antonio Santamaría —responde simplemente.

Y ahí entiendo más cosas de las que dice realmente.

Y poco más puedo decirte que ha pasado en mi vida hasta que ha llegado el momento en el que el portero de este maldito edificio del maldito club de mi padre, tarda medio segundo más de lo normal en apartarse.

No es nada evidente y tampoco hay un gesto brusco ni ninguna palabra fuera de lugar, solo una pausa mínima, casi imperceptible, pero suficiente para que yo la note.

Siempre acabo notando cuándo no soy bienvenido en un sitio.

No es por el traje, estoy seguro, el traje está bien: oscuro, entallado y correcto.

La camisa también: blanca, limpia y lo bastante abierta como para que no parezca que intento encajar demasiado.

Todo en su sitio.

Menos yo.

Obvio.

—Nombre —dice, el puto antipático.

—Oliver Luque.

Lo comprueba en la pantalla, desliza el dedo y asiente.

Esta vez no hay pausa, esta vez sí parezco encajar.

Curioso cómo funciona esto.

Avanzo sin decir nada más y me doy cuenta que el interior no tiene nada que ver con los sitios a los que suelo ir.

Mejor, cuando abra El Portal, tendré todavía más claro que no me he equivocado en el concepto.

Aquí no hay ruido que invada, ni luces que molesten, ni gente que necesite hacerse notar.

Todo está medido para que nada destaque demasiado y, al mismo tiempo, todo lo haga.

La música suena lo justo, las conversaciones se mantienen en un tono que no obliga a nadie a levantar la voz y las risas son breves y contenidas, como si incluso eso formara parte de un código no escrito.

Me detengo un segundo cerca de la entrada, sin saber muy bien si es por ubicarme o por retrasar unos segundos lo inevitable.

Este sitio no es para mí, eso lo tengo claro, pero aquí estoy.

Camino despacio recorriendo el espacio con la mirada, sin buscar a nadie en concreto, básicamente porque no conozco a nadie.

Pero me limito a observar, porque es una forma de medir dónde estoy, con quién y en qué tipo de terreno me estoy metiendo.

Trajes impecables, vestidos que caen sin una sola arruga, copas que no se vacían nunca del todo y gente que se saluda como si llevara toda la vida haciéndolo.

Y probablemente sea así.

Aquí nadie parece fuera de lugar.

Bueno, yo sí, pero no es algo que me incomode, al menos de momento, porque no estoy acostumbrado a encajar.

De hecho, prefiero eso a lo contrario.

Encajar implica adaptarse, suavizarse y convertirse en algo que no eres.

Y yo no estoy para eso.

—No pareces de aquí.

La voz llega a mi lado sin previo aviso, pero no me sorprende.

Siempre hay alguien.

Me giro con calma y analizo lo que tengo delante: traje gris, reloj caro y sonrisa medida.

No es arrogante, pero tampoco cercano.

Es… correcto.

—Tú sí —respondo.

Él sonríe un poco más.

—Supongo que eso es bueno —dice tendiéndome la mano—. Sergio.

—Oliver.

No se la estrecho, no porque quiera ser borde, simplemente no me apetece fingir comodidad.

La cosa es que su cara me suena de algo, pero no sé ahora mismo de qué.

Baja la mano sin darle importancia.

Bien.

Sabe moverse.

—He oído hablar de ti —añade.

Claro. No han perdido el tiempo.

—No creo —digo.

—Lo del testamento ha corrido rápido.

Eso sí me lo creo.

Las cosas que no deberían interesarle a nadie son siempre las que más interesan.

—Ya.

—Tiene que ser raro...

Raro.

Me gusta la palabra, es lo suficientemente vaga como para no significar nada y, al mismo tiempo, abarcarlo todo.

—No sabría decirte.

Y es verdad, porque todavía no sé qué coño es exactamente esto, qué significa y qué se supone que tengo que hacer con ello.

Sergio me observa unos segundos más, aunque no de manera invasiva, más bien analítica, como si estuviera intentando decidir si soy un problema o una incomodidad.

Insisto, ¿de qué cojones me suena su cara?

—Si necesitas algo —dice finalmente—, puedo ayudarte a moverte por aquí.

—No te preocupes —respondo, sonriendo apenas—. Gracias.

Asiente con la cabeza, pero no insiste y se marcha.

Sigo avanzando de forma lenta, porque para mí este terreno es desconocido.

Además, no tengo prisa por llegar a ningún sitio.

La barra queda a un lado, discreta e integrada en el espacio sin romper la estética del lugar.

Me acerco y apoyo las manos sobre la superficie fría y pulida.

Demasiado perfecta, diría yo.

—¿Qué te pongo?

— Jägermeister con RedBull y mucho hielo.

Mientras espero, saco el móvil y veo que tengo un mensaje de Ezequiel, pero no lo abro porque, en serio, no me apetece seguir leyendo en este momento palabras como herencia, consejo y responsabilidad, así que guardo el móvil y respiro.

Es entonces cuando sucede: no hay cambio en la música, silencios dramáticos ni nada evidente.

Pero yo lo noto, siento como si algo dentro de la sala acabara de desplazarse ligeramente.

Levanto la vista y la veo.

No sé cuánto tiempo lleva ahí ni por qué no me había fijado antes, pero está al otro lado del salón hablando con otra chica de pelo rojo.

Su vestido es negro y elegante, como indicaba el protocolo, aunque sin exceso.

Lleva el pelo rubio recogido, dejando el cuello al descubierto, y hay algo en ella que rompe completamente con el resto del sitio.

No parece estar actuando tan bien como los demás, hay una pequeña distancia en la forma en la que escucha, ese segundo de más antes de responder, como si estuviera presente solo a medias.

No parece incómoda, pero tampoco completamente integrada.

Eso sí me llama la atención, porque el resto de personas aquí parecen haber nacido sabiendo exactamente cómo respirar en sitios como este.

Ella no.

O al menos no del todo.

El camarero deja el vaso frente a mí.

—Aquí tienes.

—Gracias.

No aparto la mirada, aunque sé que no debería estar mirándola tanto, porque no tiene sentido, no sé quién es, no me interesa y no es mi tipo de problema.

Y aun así… ¿cómo coño no mirarla?

Ella gira ligeramente la cabeza, solo un poquito, pero lo suficiente para que la luz le roce el perfil, y entonces pasa otra cosa rara.

Por primera vez desde que he entrado aquí, alguien deja de parecerme completamente artificial.

Y eso sí que me parece peligroso.