Millonario por castigo Chapter 10
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Chapter 10

Una semana más tarde

El coche se detiene frente a la entrada y durante un segundo me quedo mirando mi propio reflejo en el cristal antes de que el chófer abra la puerta.

No sé exactamente qué espero encontrar, pero no soy yo.

O no del todo.

¿Es necesaria toda esta parafernalia cuando Antonio Santamaría ya lleva muerto una semana?

Según Papá, es un homenaje, pero en la élite estamos acostumbrados a este tipo de eventos mínimo una vez a la semana.

Me recuerdan a las cenas romanas, donde vomitaban para seguir comiendo más. Pues en nuestro mundo pasa lo mismo pero con las apariencias.

¿Soy la única que se da cuenta?

El vestido negro según el código de vestimenta que llevo puesto cae recto hasta los tobillos. Sencillo, elegante y elegido esta misma tarde por alguien que sabe mejor que yo lo que debería ponerme en un sitio como este.

No termino de acostumbrarme por mucho que viva de evento en evento.

El pelo rubio recogido, el maquillaje suave, los pendientes discretos.

Todo en su sitio, todo correcto, tal y como Papá espera de mí.

—Señorita —dice el chófer abriendo la puerta.

Asiento, salgo y el aire de la noche me envuelve con una suavidad engañosa.

Hace buena temperatura, pero no es eso lo que noto.

Es otra cosa.

Una sensación rara en el pecho, como si algo estuviera a punto de pasar y mi cuerpo lo supiera antes que yo.

El edificio del Club Santamaría se alza frente a mí con esa elegancia fría que tienen los sitios donde todo el mundo pertenece… menos tú.

Está en plena calle Alfonso XII, frente al Retiro, ocupando uno de esos edificios clásicos de Madrid reformados hasta parecer imposiblemente perfectos: fachada de piedra clara, ventanales enormes, iluminación cuidada y puertas de cristal que reflejan la ciudad como si formara parte del interior.

Todo diseñado para impresionar sin parecer que lo intenta.

Papá ya está allí, por supuesto, hablando con un grupo de hombres que asienten a todo lo que dice con esa media sonrisa que no llega nunca a los ojos.

Cuando me ve, hace un leve gesto con la cabeza. No sonríe porque no hace falta, esa indicación es suficiente para indicarme que vaya hacia él.

Camino con pasos medidos, notando cómo los tacones resuenan suavemente sobre el suelo pulido.

Es como si al cruzar esa puerta dejara de ser Veva y volviera a ser Genoveva sin darme cuenta.

—Genoveva —dice mi padre cuando llego a su lado.

—Papá.

Me inclino ligeramente para darle un beso en la mejilla.

Huele a lo de siempre: colonia cara, pulcritud y control.

—Estás muy bien —añade, observándome un segundo más de lo necesario.

Ah, pero no te confundas. No es un cumplido, querida, es más bien una evaluación.

Papá no felicita si no considera antes darte el aprobado.

—Gracias.

—Fede está dentro —dice a continuación, como si eso fuera la parte realmente importante de la conversación.

Asiento con la cabeza.

—Ahora voy.

Él no responde.

No obstante, antes de marcharme de su lado, escucho algo detrás de mí.

Un murmullo.

—Dicen que ya ha aceptado entrar en el consejo.

—Ignacio está furioso.

—Normal. Imagínate dejarle media empresa a un desconocido.

—Y de Vallecas, además.

No me giro, pero noto cómo la mandíbula de mi padre se tensa apenas un segundo.

Me aparto antes de que él pueda decir algo más y me adentro al club.

El interior es exactamente lo que esperaba.

Luces cálidas, música suave, conversaciones en voz baja que se mezclan en un murmullo constante.

El tipo de lugar donde nadie levanta la voz porque no lo necesita y todo el mundo parece saber exactamente dónde tiene que estar y cómo tiene que comportarse.

Me detengo un segundo en la entrada, dejando que mis ojos se adapten al ambiente.

Hay gente por todas partes, pero nada resulta caótico y todo fluye con una naturalidad ensayada.

Camareros impecables, copas de cristal fino, trajes oscuros, vestidos elegantes.

Es bonito, cómodo y… asfixiante.

—Pensaba que te habías arrepentido —dice una voz a mi lado.

Me giro y encuentro a Fede.

Siempre sonríe así, con la medida exacta, sin excesos.

—Nunca hago eso —respondo.

Él se inclina para darme dos besos.

—Estás espectacular —añade.

—Gracias.

Lo repito tanto que empieza a perder sentido.

—Ven, hay gente que quiere saludarte.

Por supuesto que la hay. ¿Cómo no?

Asiento y le sigo entre grupos de personas, dejando que me presente una y otra vez como si fuera una extensión natural de él, de mi padre y de todo este mundo al que pertenezco sin haber elegido pertenecer.

Sonrío, asiento, escucho y respondo de manera automática, aprendida y vacía.

Y mientras camino entre conversaciones perfectamente educadas, el mismo tema aparece una y otra vez disfrazado de discreción.

—Ignacio está intentando contener el desastre…

—Antonio estaba completamente loco…

—¿Quién deja un imperio a un hijo ilegítimo?

—He oído que ni siquiera terminó la universidad.

—Pues dicen que apareció en el despacho como si acabara de salir de un taller mecánico.

—Imagínate meter a alguien así en el consejo.

Las frases flotan alrededor de mí como humo, y lo peor es que nadie parece realmente triste por Antonio Santamaría.

Solo están nerviosos, como si la muerte dejara de ser el problema, para serlo quién ha heredado.

En algún momento acepto una copa de champán, aunque no recuerdo haberla pedido.

Solo aparece en mi mano y la sostengo como si eso me diera algo a lo que agarrarme.

—¿Te estás aburriendo?

La voz de Maira aparece de la nada y casi me hace reír.

—Un poco —confieso, girándome hacia ella.

Está apoyada en una de las columnas con un vestido que probablemente mi padre consideraría “demasiado”, una sonrisa que definitivamente lo es y una mirada que lo observa todo sin disimulo.

—Me sorprende que no te hayas dormido de pie todavía —dice acercándose.

—Dame tiempo.

—Siempre te lo doy.

Mira alrededor evaluando el ambiente con descaro.

—Madre mía… llevo toda la noche viendo las mismas caras de chicos ricos. De verdad, necesito novedades urgentemente.

—Maira…

—¿Qué? Es verdad. Si quitas los trajes, son todos iguales.

—Baja la voz.

—No quiero.

Sonrío sin poder evitarlo.

—¿Dónde está tu futuro marido perfecto? —pregunta buscando con la mirada.

—Por ahí.

—Qué ilusión.

—No empieces.

—Nunca paro, que es distinto, amor.

Se acerca un poco más, bajando la voz lo justo para que solo la oiga yo.

—Vale, ahora en serio. ¿Cómo estás?

La miro.

De verdad esta vez.

—No lo sé.

Asiente despacio, como si mi respuesta fuera exactamente lo que esperaba.

—Bien.

—¿Bien?

—Sí. Peor sería que lo tuvieras claro.

—¿Por qué?

—Porque entonces no habría nada que hacer.

Guardo silencio y miro mi copa, donde el líquido burbujea suavemente, ajeno a todo.

—No va a pasar nada —murmuro.

Maira sonríe.

—Sigue diciéndote eso.

—Es la verdad.

—Claro. Y yo soy discreta.

No respondo porque sé que no sirve de nada.

—Oye —añade de repente—. ¿Tu padre siempre mira tanto la puerta?

Frunzo ligeramente el ceño y levanto la vista.

Y entonces lo noto: Papá está pendiente de la entrada todo el tiempo.

Aunque siga hablando con socios y empresarios y aparentando normalidad, sus ojos vuelven constantemente hacia las puertas de cristal, como si estuviera esperando algo o a alguien.

Y eso me pone nerviosa.

La música sigue sonando en un tono suave, las conversaciones continúan y las copas chocan entre sí en cada brindis improvisado.

Pero hay una tensión escondida debajo de todo como un cable a punto de romperse.

Es entonces cuando pasa: primero bajan algunos murmullos, después otros y finalmente un silencio extraño empieza a extenderse lentamente por la sala.

La gente mira hacia la entrada y Papá deja de hablar a mitad de frase.

Fede también se gira y Maira arquea una ceja lentamente.

—Ah —murmura llevándose la copa a los labios—. Pues mira.

—¿Qué?

Y entonces sonríe apenas.

—Creo que acaba de llegar el problema.

Trago saliva antes incluso de girarme.

No sé por qué, pero mi cuerpo reacciona primero, y cuando finalmente miro hacia la entrada, lo veo.

No se parece a nadie de aquí , es lo primero que pienso.

No es solo la ropa —aunque el traje oscuro parece puesto a la fuerza, como si se sintiera incómodo dentro de él— ni la manera en la que tiene la mandíbula tensa, como si estuviera conteniéndose constantemente.

Tampoco la pequeña cicatriz que le cruza una de las cejas y rompe todavía más la perfección artificial de aquella sala.

Es otra cosa.

Quizá la forma de entrar, su energía, la sensación de que no está impresionado por nada de lo que tiene delante.

O quizá sí.

Quizá lo que pasa es que lo desprecia.

Tiene el pelo ligeramente despeinado, la mirada dura y cansada al mismo tiempo y una expresión peligrosamente parecida al enfado permanente.

Y aun así… es imposible no mirarlo.

No porque sea especialmente elegante, correcto o perfecto.

Todo lo contrario.

Parece real, demasiado real para este sitio.

Y a lo mejor por eso toda la sala acaba de quedarse sin aire.

Mi padre se queda completamente rígido al otro lado del salón, Fede frunce ligeramente el ceño y la gente cuchichea otra vez.

—Es él.

—No puede ser.

—Madre mía…

Y yo sigo mirándolo sin entender por qué siento exactamente lo mismo que hace una semana: que algo está a punto de cambiar y que probablemente ya es demasiado tarde para evitarlo.