Chapter 9
El domingo por la noche Madrid sigue hablando de Antonio Santamaría.
Lo hace en restaurantes caros, en programas de televisión y probablemente también en grupos de WhatsApp llenos de señoras aburridas con demasiado tiempo libre.
Yo, en cambio, estoy sentado en el bordillo de un polígono de Vallecas comiéndome una hamburguesa grasienta como cena mientras Dani me mira como si acabara de decirle que soy extraterrestre.
Que sinceramente tampoco sería tan raro comparado con esto.
Me ha invitado él.
Dani es de esas personas que parecen incapaces de entrar en una habitación sin hacer ruido, aunque esté completamente callado.
Lo conozco desde que éramos críos y, sinceramente, creo que es el único amigo que he tenido toda mi vida sin sentir que tenía que demostrarle absolutamente nada.
Es alto, desgarbado y siempre lleva camisetas negras medio rotas y unas ojeras permanentes que parecen parte oficial de su cara. Tiene varios tatuajes mal hechos, fuma demasiado y habla como si el filtro entre su cerebro y su boca hubiera muerto hace años.
Probablemente sea la persona más caótica que conozco, pero también una de las más leales.
Dani es de esos tipos que se meterían en una pelea por ti aunque no supieran exactamente qué está pasando.
Y quizá por eso sigue aquí.
Porque, en un mundo lleno de gente que mide constantemente lo que das y lo que vales, él nunca me ha mirado como si necesitara convertirme en alguien distinto para merecer estar a su lado.
—A ver, espera —dice levantando una mano—. Espera un puto segundo, porque creo que me he perdido en algún punto de esta conversación.
Le doy un trago a la cerveza sin responder, dejándole tiempo para que procese lo que acabo de decirle.
—¿ME ESTÁS DICIENDO QUE ERES RICO?
Varias personas giran la cabeza.
Perfecto.
—Baja la voz.
—¡No puedo bajar la voz! ¡Acabas de decirme que eres heredero de un tío que salía en la Forbes!
—No he dicho eso exactamente.
—¡Has dicho cien millones!
Sí.
Bueno.
Visto así…
Dani se pasa las dos manos por la cabeza.
—Hermano, literalmente puedes comprarte Telepizza.
No puedo evitar soltar una risa corta.
La primera real del día, probablemente.
—No quiero comprar Telepizza, tío.
—Eso no es lo importante, Oliver. Lo importante es que PUEDES.
Niega varias veces con la cabeza mientras me observa como si estuviera intentando entender en qué momento su mejor amigo pasó de arreglar motos cobrando en negro y moverse en mierdas raras para sacar dinero rápido a convertirse en heredero secreto de un imperio millonario.
La verdad es que yo tampoco lo entiendo.
Nos quedamos callados y se oye música saliendo de algún coche aparcado más abajo, una moto acelerando a lo lejos y el ruido constante de la M-30 de fondo.
Mucho mejor que cualquier club privado lleno de gente oliendo a dinero y problemas familiares.
—¿Y qué coño vas a hacer? —pregunta Dani finalmente.
Miro la hamburguesa unos segundos antes de responder.
—No lo sé.
Mentira.
Sí lo sé.
Y quizá eso es lo que más miedo me da.
—Bueno, pues yo sí lo sé —dice él señalándome con una patata frita—. Vas a comprarte un ático, un coche absurdo y probablemente empezar a decir palabras como brunch.
—Que te follen.
Me río.
—No me cambies, Oliver. Eres lo único que impide que piense que los ricos son seres reptilianos.
Suelto aire por la nariz.
Dani sigue mirándome fijamente y yo me apoyo hacia atrás sobre las manos y levanto la vista al cielo oscuro.
Madrid por la noche siempre parece más sincera y más rota.
Quizá por eso me gusta.
—¿Sabes qué es lo peor de todo? —murmuro.
—¿Qué?
—Que toda esa gente lleva años sabiendo perfectamente quién soy. Los abogados y eso, digo.
Dani frunce el ceño.
—¿Cómo?
—Antonio toda esa mierda preparada hace años. No lo entiendo, la verdad.
—Hostia…
—Sí.
Hostia.
Exactamente eso.
Aprieto la mandíbula.
—Toda mi vida he sido un secreto incómodo mientras ellos seguían haciendo cenas, negocios y posando en revistas como si nada.
La rabia vuelve a mí, rápida y caliente.
Siempre está ahí últimamente, debajo de todo.
—Y ahora resulta que tengo que sentarme en consejos de administración con gente como Ignacio Santos.
—¿Quién coño es ese?
—Ni puta idea. Pero ya lo odio.
Dani suelta una carcajada.
—Eso sí que no cambia nunca.
—No, escucha. Ese tío lleva años moviendo empresas con mi padre y ahora estará cagándose en todo porque el hijo pobre de Vallecas le ha jodido el plan.
Y solo decirlo me provoca algo peligrosamente parecido a la satisfacción.
Dani me observa unos segundos.
—Estás entrando en modo villano.
—No.
—Sí.
—No quiero ser como ellos.
—Claro, y yo tengo abdominales como los tuyos.
Le lanzo una servilleta arrugada a la cara, pero la esquiva riéndose.
—Hablo en serio, Dani.
Y esta vez se nota, porque dejo de sonar enfadado para empezar a sonar cansado.
—No pienso gastarme ni un euro suyo en mí.
Dani parpadea.
Una vez.
Dos.
—Entonces eres el millonario más gilipollas de Madrid.
No puedo evitar reírme otra vez.
—Probablemente.
—Oliver, tienes cien millones.
—Precisamente por eso.
Frunce el ceño, sé que no me está entendiendo.
¿Cómo va a entenderlo?
Ni yo mismo termino de hacerlo.
Me paso una mano por la nuca antes de seguir hablando.
—Toda esa gente lleva años ganando dinero entre ellos mientras barrios enteros de Madrid se caen a pedazos.
Dani se queda callado.
—Cañada Real sigue sin luz algunos días y estos hijos de puta hacen fiestas donde una botella cuesta más que el sueldo de mi madre.
La rabia vuelve otra vez.
Más fuerte ahora.
Porque ya no estoy pensando en Antonio Santamaría, sino en el sistema entero.
En todos ellos.
—Voy a usar SU dinero para hacer exactamente lo contrario a lo que él habría hecho.
Dani me mira fijamente.
Muy fijamente.
—Hostia.
—Sí.
—Vale, eso ha sonado peligrosamente revolucionario.
—Me cago en su sistema.
Y lo digo de verdad.
Con todo.
Con años enteros tragándome cosas que nunca deberían haberse normalizado.
Con mi madre doblando turnos mientras hombres como Antonio Santamaría decidían el precio de edificios desde despachos enormes.
Con gente como nosotros sintiendo agradecimiento por sobrevivir mientras otros heredaban millones por existir.
No.
Que les jodan.
Dani deja la cerveza en el suelo.
—Vale —dice despacio—. ¿Y qué quieres hacer exactamente?
Y ahí aparece la idea, la única cosa que lleva horas haciendo ruido en mi cabeza.
—Quiero montar algo mío.
—¿Una empresa?
—No exactamente.
Levanto la vista y puedo verlo perfectamente en mi cabeza: las luces, la música, el ruido, la gente. Todo.
—Se va a llamar El Portal.
Dani arquea una ceja.
—Me gusta.
—Quiero un sitio donde entre gente real.
—¿Y eso qué significa?
—Que no haga falta aparentar. Antonio lideraba un club de esos de pijos de mierda, yo quiero crear el mío propio.
Las palabras salen solas ahora, rápidas y claras.
—Quiero música, peleas, motos, conciertos, gente rara, artistas, camareros tatuados, boxeo, alcohol barato y ruido. Mucho ruido.
Dani empieza a sonreír lentamente.
—Hostia…
—Quiero un sitio donde nadie tenga que fingir que pertenece.
Dani me observa unos segundos más antes de negar con la cabeza.
—Tú no quieres un negocio.
—¿No?
—No. Tú quieres reventar Madrid.
No puedo evitar reírme.
—Puede ser.
El móvil vibra en mi bolsillo.
Otra vez.
Mismo número.
Misma gente pesada.
No lo saco siquiera, paso de hablar con abogados un domingo por la noche.
—¿Y ahora qué? —pregunta Dani.
Miro la ciudad a lo lejos.
Madrid brilla como si nada estuviera rompiéndose debajo.
Pero yo sé que sí, porque puedo sentirlo.
Todo ese mundo perfecto de ricos elegantes y apellidos importantes está a punto de abrirme la puerta.
Y cuando lo haga, más les vale prepararse.