Millonario por castigo Chapter 8
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Chapter 8

La casa está extrañamente silenciosa cuando volvemos del funeral y la incomodidad parece quedarse pegada a las paredes.

Me quito los zapatos nada más entrar y los dejo tirados junto a la puerta mientras mi padre se afloja la corbata por primera vez en todo el día.

Ese gesto me desconcierta más de lo que debería, Ignacio Santos nunca pierde la compostura.

Nunca.

Ni siquiera después de pasar horas rodeado de empresarios, cámaras, coronas de flores gigantes y discursos sobre la brillantez de Antonio Santamaría.

Y, aun así, esta noche parece agotado.

Enciende la televisión del salón y una presentadora habla del funeral con esa voz solemne que ponen los periodistas cuando cubren tragedias de gente rica.

—...uno de los empresarios más importantes del país, con un legado histórico sobre el que todavía existen incógnitas respecto a la herencia…

Mi padre coge el mando y apaga la televisión de golpe.

Silencio otra vez.

Más incómodo todavía.

—Hay periodistas al principio de la calle. ¿Los has visto? —murmura—. Y esto no ha hecho más que empezar.

Frunzo ligeramente el ceño.

—¿A qué te refieres?

Papá aprieta la mandíbula antes de responder y, por un segundo, vuelve a parecer el hombre que controla absolutamente todo, al que nadie contradice, el empresario en toda regla.

—La gente ya está hablando de la herencia.

Ah.

Claro.

Por supuesto.

Madrid puede convertir cualquier tragedia en un cotilleo en menos de veinte minutos.

Y si además hay millones de euros implicados… imagínate.

Me apoyo contra la isla de la cocina observándolo en silencio al tiempo que se sirve whisky.

—¿Y qué pasa con ella? —pregunto.

El hielo choca suavemente contra el cristal cuando Papá mueve el vaso.

—Antonio ha dejado todo, incluidas las empresas, a alguien inesperado.

Mi corazón da un pequeño vuelco raro.

No sé por qué.

Quizá porque todo el mundo en el funeral cuchicheaba sobre eso.

Los asistentes han dejado claro que su muerte parece haber importado menos que descubrir quién iba a quedarse con su imperio.

—¿Quién? —pregunto.

Mi padre bebe un sorbo antes de responder.

—Su hijo.

Parpadeo.

¿Qué?

Creo que incluso dejo de respirar un segundo.

—¿Antonio tenía un hijo?

—No reconocido públicamente —responde seco.

Frunzo ligeramente el ceño.

—Espera… ¿tú sabías esto?

—No.

La respuesta sale de sus labios demasiado rápida y cortante, y eso solo consigue que todo resulte todavía más extraño.

Se pasa una mano por la mandíbula, molesto.

No, peor que molesto… furioso.

—Antonio era un hijo de puta para muchas cosas —murmura finalmente—, pero jamás pensé que me ocultaría algo así.

La frase me golpea por dos motivos: primero, jamás había escuchado a mi padre hablar así de él y segundo, creo que nunca había escuchado a mi padre hablar así de nadie.

—Entonces… ¿ese hijo va a quedarse con todo?

—Eso parece.

Algo en su tono de voz hace que me tense, porque no suena simplemente enfadado, hay un ápice de amenaza que se suma a ello.

Y Papá no suele parecer vulnerable por absolutamente nada.

—¿Qué pasa? —pregunto despacio.

Vuelve a coger el vaso y camina lentamente hacia el ventanal del salón.

—Pasa que Antonio ha dejado en manos de un desconocido parte de una de las sociedades más importantes del grupo.

Frunzo ligeramente el ceño.

—¿Qué sociedad?

Mi padre tarda un segundo en responder.

—La principal sociedad patrimonial que compartíamos.

Ah.

Vale.

Ahora entiendo la tensión.

Y bastante más de lo que me gustaría.

Mi padre bebe otro sorbo.

—Y ese chico no tiene experiencia. No pertenece a este mundo y probablemente tampoco entiende la magnitud de lo que tiene delante.

Hay algo duro en la forma en la que lo dice.

Desprecio, quizá.

O miedo.

No estoy segura.

Pero sí sé una cosa: Papá ya ha decidido que no le gusta.

Y probablemente ni siquiera lo conoce.

—¿Sabes quién es? —pregunto.

Mi padre niega una vez.

Seco.

—Todavía no.

Anda.

Vaya, creía que ya lo tendría fichado.

—Pero aparecerá —añade después de unos segundos, mirando las luces de la ciudad al otro lado del cristal—. Y cuando lo haga, todo esto se va a convertir en un problema.

No sé por qué, pero un escalofrío me recorre lentamente la espalda.

Pequeño, rápido y extraño, como si algo acabara de empezar.

La profecía de Maira se ha cumplido y yo empiezo a pensar que es un poco bruja.