Chapter 7
El domingo por la mañana Vallecas huele a café, pan recién hecho de la panadería de abajo de mi casa y gente intentando sobrevivir al fin de semana.
Básicamente igual que siempre.
Subo las escaleras del edificio con un cartón de leche bajo el brazo y una bolsa de bollos del marroquí de la esquina mientras escucho a dos vecinos discutir en el tercero porque alguien ha vuelto a dejar la basura fuera del cubo.
Esta es mi normalidad y después de las últimas veinticuatro horas, sinceramente, me parece hasta tierna.
Cuando saco las llaves del bolsillo, escucho la voz de Marisa desde dentro del piso.
Muy alta.
Demasiado alta.
—¡Aries, tontita, deja de volver con gente que claramente tiene la responsabilidad afectiva de un plastidecor!
Me quedo quieto un segundo delante de la puerta.
Parpadeo.
¿Qué cojones?
Entro y, efectivamente, ahí está Marisa, en bata rosa satinada, zapatillas con plumas, uñas rojas kilométricas y un aro de luz plantado en mitad del salón como si estuviéramos grabando un programa de televisión en vez de desayunando.
Tiene el móvil apoyado encima de una caja de galletas que ha vaciado y una baraja del tarot abierta sobre la mesa mientras se atiborra.
Mi madre, mientras tanto, remueve café en la cocina con la misma tranquilidad con la que otras personas riegan plantas.
—¿Qué haces? —pregunto dejando la leche sobre la mesa.
Marisa levanta un dedo sin mirarme.
—¡Ala! ¡Ya tengo que empezar de nuevo el vídeo! Y a la pobre de Aries no hace más que salirle todo mal —dice superindignada y yo arqueo las cejas. No entiendo. —Estoy trabajando. ¿No lo ves? —añade.
—Eso no es trabajo.
—Claro que sí. Soy guía espiritual digital.
La miro y luego miro a mi madre.
—¿Tú permites esto?
Mi madre se encoge de hombros.
—Paga Netflix.
Argumento sólido, me sirve.
Marisa termina la grabación poniendo voz intensa.
—Y recuerda, Capri: si te quiere confundir, que al menos sea guapo.
Pulsa el móvil.
Fin del vídeo.
Luego me mira.
—¿No era Aries? —pregunto.
—¡Ayyyy! ¡Y le he dado a publicar! ¡Si es que no paras! —me riñe al tiempo que se lleva las manos a la cabeza—. Tengo que arreglar esto como sea. Maldito heredero traumatizado…
—Marisa… —le advierto.
—¿Qué? Ya lo sabe media España.
Me paso una mano por la cara.
Perfecto.
Fantástico.
Maravilloso.
No llevo ni dos días metido en este lío y ya parezco un personaje secundario de un programa de Telecinco.
Ya solo me falta terminar en un plató explicando mis traumas familiares con un micrófono en la cara.
Mi madre deja una taza delante de mí.
—Come algo.
—No tengo hambre.
—Mentira.
Sí.
Bueno.
Un poco.
Pero sobre todo tengo un nudo raro aquí, en el pecho.
Y también en el estómago.
En todas partes.
Joder.
Me siento en la silla mientras Marisa se quita las gafas de sol dramáticamente.
—He estado investigando.
—No investigues cosas, por favor te lo pido.
—Demasiado tarde, ya lo he hecho —dice poniendo morritos.
Mi madre suspira y rueda los ojos hacia arriba.
—Marisa…
—¿Qué? Yo necesito contexto emocional para vivir.
Se gira hacia mí.
—¿Sabías que tu padre tenía una colección privada de relojes valorada en más de un millón de euros?
—No es mi padre.
Marisa baja un poco el tono.
—Bueno… ya me entiendes.
Sí.
La entiendo.
Y precisamente ese es el problema.
Todo el mundo parece entender algo menos yo.
Mi madre enciende la televisión para romper el silencio y automáticamente aparece la imagen del funeral: coches negros, trajes y periodistas.
La entrada de la iglesia está llena de cámaras y, la verdad, todo parece una película sobre gente rica y emocionalmente reprimida.
Supongo que es algo así.
—Último adiós al empresario Antonio Santamaría…
—Incertidumbre respecto a la herencia…
—El misterioso heredero…
Misterioso heredero, pienso con sorna.
Mira qué bonito: parezco un villano de Batman.
Marisa abre mucho los ojos mirando la pantalla.
—Madre de Dios, Oliver… cuando se enteren de que eres tú quien ha aceptado la herencia, esto va a explotar.
Mi madre gira la cabeza hacia mí inmediatamente.
Sus ojos brillan con esa mezcla entre preocupación y culpa que lleva arrastrando desde que apareció aquel maldito sobre.
—Todavía puedes echarte atrás —dice bajito.
No respondo, porque no puedo.
Quizá técnicamente sí puedo, pero realmente no.
No después de ayer y aquella conversación.
Me apoyo contra el respaldo de la silla y cierro los ojos un segundo.
Solo uno.
Pero suficiente para volver otra vez a ese despacho.
Cuando salí de allí recibí el mensaje en el móvil en el que el abogado me decía que necesitaba una respuesta ese mismo día, por lo que me armé de valor y volví para insistir en que quería rechazar cualquier cosa que viniera de ese hombre.
—Si rechaza la herencia, las participaciones pasarán automáticamente al consejo directivo temporal hasta que se resuelva la estructura definitiva.
Fruncí el ceño sentado frente al abogado.
Sentía que llevaba demasiados minutos escuchando palabras que parecían inventadas específicamente para tocarme los cojones: participaciones, activos, sociedades, consejos… todo me sonaba a hombres ricos intentando parecer importantes usando demasiadas sílabas.
—¿Y quién forma ese consejo? —pregunté.
El abogado bajó la vista a los papeles.
—Actualmente y, como le he dicho antes, el principal representante es el señor Ignacio Santos.
No sabía quién era ese tío, pero la forma en la que lo dijo me dejó claro que debería saberlo.
—¿Y si digo que no?
—La estructura empresarial continuaría bajo la gestión del consejo hasta nueva resolución.
—O sea, que se queda con todo él.
—No exactamente.
Bueno, esa respuesta en el idioma de los abogados significaba un sí.
Me levanté de la silla, nervioso, y caminé hacia el ventanal. A través del cristal se podía ver cómo Madrid seguía moviéndose ahí abajo, de la misma manera que yo me sentía atrapado en aquel despacho descubriendo que mi padre ausente y muerto todavía podía joderme desde la tumba.
—El problema es que no quiero nada suyo —murmuré.
Y era verdad.
Más o menos.
Porque el dinero me daba igual, lo que no me daba igual era otra cosa: esa sensación…
la rabia, la puta idea de que toda esa gente fuera a repartirse su imperio como buitres mientras yo, que era su hijo biológico por mucho que me hubiera rechazado incluso antes de nacer, volvía a casa con mi cartón de leche y mi vida de siempre, como si no tuviera derecho ni siquiera a existir dentro de la historia.
Toda mi vida había sido su error, su secreto, el hijo incómodo.
Y ahora resultaba que todos ellos sabían perfectamente quién era yo, mientras yo seguía sintiéndome fuera de sitio hasta en mi propia vida.
Qué ironía más asquerosa.
—Señor Luque…
Me giré lentamente.
—¿Sabes qué es lo peor de todo?
El abogado parpadeó un par de veces, mas no respondió.
—Que ni siquiera creo que lo hiciera por mí, creo que lo hizo porque no quería que otros se quedaran con lo suyo.
Porque, claro, Antonio Santamaría podía ignorarme, pero compartir el control… eso ya no.
Apreté la mandíbula y entonces lo entendí: no estaba aceptando una herencia, estaba entrando en guerra.
—¿Qué tengo que firmar? —pregunté al final.
—Oliver…
La voz de mi madre me devuelve al salón de mi casa, por lo que abro los ojos y me doy cuenta que Marisa y ella me están mirando.
La televisión sigue hablando del funeral, del empresario brillante, del legado, las empresas y toda esa mierda.
—¿Estás seguro de todo esto? —pregunta mi madre otra vez.
No.
Ni de puta coña.
Pero también estoy cansado de que otros decidan por mí y de sentir que toda mi vida pasa alrededor de algo que nunca me pertenece del todo.
Miro la televisión otra vez.
La iglesia, los periodistas, los ricos vestidos de negro, todo ese mundo… y siento algo feo revolviéndose dentro de mí: rabia.
—Sí —miento.
Marisa resopla desde el sofá.
—Bueno, pues ya que vas a destruirles la vida, al menos hazlo siendo millonario.
No puedo evitar soltar una risa corta.
Mi madre la fulmina con la mirada.
—¿Qué? —dice ella encogiéndose de hombros—. Estoy intentando animarlo.
Antonio Santamaría me ha dejado dinero, empresas y su apellido, casi.
Pero yo no lo veo como una herencia, lo veo como una bomba.
Y acaba de explotarle en la cara a todo Madrid.
Incluida la mía.