Millonario por castigo Chapter 6
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Chapter 6

El funeral se celebra al día siguiente en una iglesia privada cerca de El Viso, una de esas donde las flores cuestan más que un alquiler y los hombres importantes entran por puertas laterales para evitar cámaras, aunque las cámaras siempre terminan encontrándolos igual.

Madrid entera parece haberse vestido de negro.

Hay coches oscuros ocupando media calle, fotógrafos detrás de las vallas y gente hablando en voz baja como si el volumen pudiera cambiar el hecho de que Antonio Santamaría está muerto.

O quizá no hablan bajo por respeto, sino porque el verdadero espectáculo no es la muerte, pero sí la herencia.

Porque incluso antes de bajar del coche ya escucho palabras sueltas flotando entre grupos perfectamente vestidos:

—…nadie sabía nada…

¿Es que existe un secreto a voces?

—…dicen que es un chico de Vallecas…

¿De Vallecas? ¿Y qué?

—…Ignacio está fuera de sí…

¿Papá perdiendo los nervios? Eso sí sería noticia nacional.

—…más de cien millones…

—…imagínate dejarle el imperio a un desconocido…

El morbo huele casi más fuerte que las flores.

Maira aparece junto a mí nada más bajar del coche vestida completamente de negro, gafas enormes y un moño improvisado que probablemente ha tardado exactamente cuarenta segundos en hacerse.

Creo que esto ya lo he dicho pero la envidio, en serio.

—Vale —susurra mientras observa la entrada de la iglesia—. Confirmo oficialmente que los funerales ricos son muchísimo más intensos de lo que imaginaba.

No puedo evitar mirarla.

—¿Intensos?

—Hay más bolsos de lujo que lágrimas. ¿No lo ves?

Miro a mi alrededor y compruebo que dice la verdad.

—Tenías razón.

Maira me mira por encima de las gafas.

—Siempre la tengo.

Caminamos hacia la entrada sorteando saludos discretos, apretones de manos y caras largas perfectamente ensayadas.

Porque eso también existe, claro, esa tristeza elegante.

Nunca había visto tanta gente triste y pendiente de aparentar al mismo tiempo.

Los hombres llevan trajes oscuros impecables y las mujeres parecen sacadas de una editorial de luto sofisticado.

En este momento todo es sobrio, perfecto y frío.

Supongo que el dolor también tiene protocolo.

Y aun así, bajo toda esa educación perfecta, noto algo más.

Creo que es tensión, una tensión espesa que se mueve entre los grupos como humo invisible.

La gente cuchichea demasiado y se miran entre ellos también demasiado.

Antonio Santamaría todavía no está enterrado y Madrid ya está despedazando su testamento.

Qué especie tan entrañable la nuestra.

—Tu padre está ahí delante —murmura Maira.

Levanto la vista y, efectivamente, Papá está junto al altar hablando con varios hombres que reconozco de revistas económicas y cenas interminables.

Pero algo no encaja y no es solo que esté serio, se trata más bien de su cara y de la descomposición que rezuma su expresión.

Tiene la mandíbula tan tensa que parece dolerle físicamente y las ojeras marcadas bajo los ojos, como si no hubiera dormido absolutamente nada.

Seguramente haya sido así.

Es rarísimo, porque Papá nunca parece humano del todo, ni cansado ni superado por algo, pero hoy es como si le acabaran de mover el suelo bajo los pies.

Uno de los hombres con los que habla se inclina ligeramente hacia él y veo cómo mi padre responde algo seco y cortante.

El otro asiente enseguida, teniendo la misma reacción que si le acabaran de dar una mala noticia o una advertencia.

—Madre mía… —susurra Maira también mirándolo—. Tu padre tiene cara de querer matar a alguien.

La miro de reojo y, odio admitirlo, pero tiene razón.

Fede aparece a mi lado pocos segundos después.

Lleva un traje negro impecable, el pelo perfectamente colocado y esa expresión correcta y educada que parece no abandonarlo nunca.

A veces pienso que si el mundo se acabara mañana, Fede seguiría recolocándose los gemelos antes de morir.

—¿Estás bien? —pregunta en voz baja.

Asiento automáticamente.

—Sí.

Mentira.

No porque esté destrozada por Antonio Santamaría, porque sinceramente ni siquiera lo conocía realmente.

Es otra cosa.

Es el ambiente y la sensación constante de estar viendo mi vida desde fuera, como si todo el mundo hubiera recibido un guion menos yo.

Fede apoya una mano sobre mi hombro con suavidad.

Y entonces…

NADA.

Absolutamente NADA.

Tendría que sentir algo, ¿no?

Cercanía. Consuelo. Calma.

¡Lo que sea!

Pero no siento nada.

Nunca siento nada.

Miro su mano sobre mi hombro y me invade una culpa rara, porque Fede no ha hecho nada malo.

He intentado convencerme muchas veces de que el problema es el miedo. O la presión. O Papá, incluso.

Pero quizá el problema soy yo, que estoy rota o algo así y nadie se ha dado cuenta.

He besado chicos, he salido con ellos y he tenido relaciones íntimas.

Pocas, sí, pero suficientes como para entender que algo no encaja en mí igual que en el resto de personas.

Mientras mis amigas hablaban de nervios, deseo o mariposas, yo solo pensaba cosas como: Bueno… tampoco está tan mal.

Romántica perdida, vamos.

A veces incluso fingía más emoción de la que sentía porque me daba vergüenza admitir que besar a alguien no me cambiaba absolutamente nada, que el sexo no me volvía loca o que nunca he entendido por qué la gente parece perder la cabeza por otras personas.

Y cuanto más perfecto era el chico… menos sentía.

Como si mi cuerpo tuviera alergia a las cosas correctas.

Miro a Fede otra vez.

Insisto: guapo, elegante y atento.

El hombre con el que cualquier madre rica de Madrid querría casar a su hija.

El problema es que yo también debería quererlo y no puedo.

Así que estoy aquí, pensando que preferiría arrancarme las pestañas una a una antes que pasar el resto de mi vida fingiendo entusiasmo.

Qué dramática soy.

Pero también qué sincera.

—Veva —susurra Maira a mi lado sin mirarme directamente—. Estás poniendo cara de crisis existencial otra vez.

Parpadeo.

—Perdón.

—No te disculpes conmigo. Discúlpate con el pobre chico perfecto.

Lanzo una mirada rápida hacia Fede, que está hablando con su padre un poco más alante.

Es que encaja perfectamente en este sitio, como todos los que hay aquí.

Todos.

Menos yo.

Es entonces cuando el murmullo baja de volumen, se ve que la misa va a empezar.

Las primeras filas están reservadas para familiares, empresarios y amigos cercanos.

Nosotros acabamos sentados relativamente delante.

Maira se inclina un poco hacia mí.

—Te juro que si alguien saca una copa de champagne escondida me voy.

Casi me atraganto con mi propia respiración.

—Cállate.

—No, escúchame. Esta gente es capaz.

Sonrío apenas.

Y entonces pienso algo horrible: no recuerdo el funeral de mi madre.

Bueno, claro, porque murió cuando yo era un bebé.

No sé por qué mi cerebro decide pensar estas cosas en los peores momentos posibles.

No puedo ver muertos.

Ni quiero, claro.

Paso de ser el niño de Los otros , no sé si me entiendes.

Vale, es un chiste negro que nada pinta aquí, pero realmente me aburro muchísimo y necesito disociarme.

El caso es que he escuchado toda mi vida historias sobre esa pérdida como si pertenecieran a otra persona.

Pero bueno, casi que mejor, porque otro trauma no, gracias, ya tengo suficientes cosas raras en la cabeza.

La ceremonia empieza con un discurso suave compuesto de palabras elegantes y, a mi parecer, demasiadas frases sobre legado, brillantez y el hombre extraordinario que fue Antonio Santamaría.

Y, aun así, incluso dentro de la iglesia siguen llegando murmullos.

—…el heredero ya ha firmado…

—…nadie sabe de dónde ha salido…

—…dicen que es conflictivo…

—…imagínate que aparezca en el consejo…

Miro a mi padre otra vez y en esta ocasión sí lo veo claramente.

La rabia.

Está completamente rígido en el banco, mirando al frente con esa quietud peligrosa que precede a las tormentas.

Maira me mira discretamente.

—¿Crees que cuando los ricos se mueren hablan así de ellos incluso si eran unos cabrones?

La miro horrorizada.

—Estamos en una iglesia.

—Dios ya lo sabe todo igualmente.

Tengo que morderme el interior de la mejilla para no reírme.

Y, aun así, mientras todo el mundo escucha los discursos, murmura sobre millones y aparenta duelo perfectamente… yo sigo sintiéndome completamente fuera de lugar.