Chapter 5
El sábado por la mañana Madrid parece otra ciudad: es más lenta, pero también más falsa.
Las cafeterías empiezan a llenarse de gente con gafas de sol y resaca cara mientras las noticias hablan de la muerte de Antonio Santamaría como si fuera una especie de rey moderno.
Empresario, visionario, magnate y brillante.
Se me pone una estúpida sonrisa amarga en los labios cada vez que escucho su nombre que, por cierto, está en todos lados.
Qué facilidad tiene la gente para convertir a los muertos en mejores personas.
No he dormido absolutamente nada.
Ni una hora.
Me fui a la calle tras recibir la noticia y, tras un paseo largo que no me llevó prácticamente a ninguna conclusión, volví a casa y he pasado toda la noche sentado en el sofá, escuchando a mi madre caminar de un lado a otro como un fantasma silencioso mientras el sobre seguía encima de la mesa al tratar de coger el sueño.
Son las ocho de la mañana y Marisa entra por la puerta cargada con un paquete de porras, un bolso enorme estampado de leopardo y unas gafas de sol gigantes puestas pese a que fuera está nublado.
—Bueno… ¿y el cadáver millonario?
Mi madre le lanza una mirada agotada y yo ruedo los ojos hacia arriba.
Al menos piensa igual que yo.
—Marisa, por favor.
—¿Qué? Yo gestiono los traumas con humor y colesterol. —Mueve la bolsa de porras con energía.
Al verme sentado en el sofá se le borra un poco la sonrisa.
Pero solo un poco, porque Marisa jamás deja que desaparezca del todo.
—Ay, mi niño… —murmura acercándose—. Tienes una cara horrible.
—Gracias.
—No, en serio, parece que te haya atropellado una desgracia.
—Bueno… técnicamente…
—Marisa —la corta mi madre otra vez.
Pero ya es tarde, ella suspira y deja las porras sobre la mesa.
Después me agarra la cara entre las manos como hacía cuando yo era pequeño.
—Escúchame una cosa —dice mirándome muy seria de repente—. Que ese hombre tuviera dinero no significa que tenga derecho a destrozarte la vida incluso muerto. ¿Entendido?
No respondo, porque el problema es que sí lo está haciendo.
Y muchísimo.
Pero intento por todos los medios grabarme sus palabras a fuego, porque Marisa es importante para mí.
Marisa no se parece en nada a mi madre: donde Nines es silencio, ella es ruido, y donde mi madre piensa demasiado las cosas, Marisa las dice antes incluso de haberlas pensado.
Tiene el pelo teñido de un rubio imposible, siempre con demasiado volumen y unas uñas larguísimas decoradas que van cambiando según la semana y el drama que esté atravesando.
Hoy son rojas, pero la semana pasada llevaban brillantitos.
Usa perfume intenso, pendientes enormes y ropa con estampados que probablemente podrían verse desde el espacio. Y, aun así, cuando entra en casa, todo parece menos triste.
Lleva siendo la mejor amiga de mi madre desde antes incluso de que yo naciera y, sinceramente, no sé qué habría sido de nosotros sin ella.
Marisa ha puesto dinero cuando no había, ha cuidado de mí cuando mi madre tenía demasiados turnos de trabajo seguidos y ha llenado esta casa de ruido cada vez que el silencio amenazaba con tragárselo todo.
Es la única persona capaz de discutir con mi madre, abrazarla cinco minutos después y luego insultar a alguien en televisión mientras se comen unas pipas en el sofá.
Y conmigo… conmigo siempre ha sido como una especie de segunda madre rara.
Más caótica, gritona y muchísimo más peligrosa verbalmente, pero también una de las pocas personas en este mundo que me han querido sin esperar que me convierta en otra cosa.
A las nueve y doce de la mañana, mientras Marisa discute con un presentador de televisión que obviamente no puede escucharla desde el sofá de casa, recibo la tercera llamada del mismo número.
Esta vez contesto.
Mala idea.
El abogado habla durante exactamente tres minutos y cuarenta segundos con esa voz tranquila y profesional que tienen las personas acostumbradas a manejar millones de euros y desgracias ajenas al mismo tiempo.
No me da demasiadas opciones, la verdad.
Es importante que se persone hoy, señor Luque.
Hay cuestiones legales que requieren su firma.
Debemos tratar determinados asuntos relacionados con la herencia.
Herencia.
Qué palabra más fea para resumir a un padre que no quiso serlo.
Intento decirle que no me interesa, pero, al parecer, cuando el muerto es uno de los hombres más ricos del país, ignorar el problema deja de ser una posibilidad real bastante rápido.
Además, descubro otra cosa interesante: para los abogados de los ricos sí existen los sábados laborales.
Tú puedes pasarte la semana esperando una cita para cualquier cosa, pero si tienes cientos de millones en el banco y acabas de morirte, de repente hay abogados, reuniones y despachos funcionando un sábado por la mañana como si el mundo fuera a acabarse en cualquier momento.
Una hora después, tras ser convencido por Marisa y mi madre, estoy entrando en su despacho porque, al parecer, heredar la fortuna de un multimillonario no es algo que puedas rechazar por WhatsApp.
Quién lo diría.
El despacho huele a madera pulida y a dinero; no sabría explicarlo de otra forma.
Es ese tipo de olor limpio, cuidado y medido que parece diseñado para que todo el mundo se sienta importante en cuanto cruza la puerta, como si el aire también formara parte del negocio.
A mí me resulta asfixiante, y no me siento porque no me apetece.
Prefiero quedarme de pie, mirando por el ventanal enorme que da a la ciudad, como si desde aquí todo fuera más pequeño, manejable y ajeno a mí.
El abogado espera detrás de la mesa con esa calma irritante de la gente que nunca ha tenido que preocuparse por llegar a fin de mes.
Desentono aquí que te cagas, no sé ni cómo me he atrevido a venir.
—Señor Luque, podemos empezar cuando usted quiera.
La voz es suave, educada y perfectamente modulada; de esas que no se alteran nunca y que, obviamente, no pertenecen a mi mundo.
Lo observo despacio.
Es un hombre de unos cincuenta años, traje gris impecable, gafas finas y gesto tranquilo. Tiene delante una carpeta abierta, varios documentos perfectamente ordenados y un bolígrafo colocado en paralelo, como si todo en su vida tuviera que encajar exactamente donde corresponde.
Me recuerda a alguien, pero no quiero pensar en quién.
—Empieza —digo.
Mi voz suena más seca de lo que esperaba.
O igual no.
La cosa es que él asiente levemente, como si eso fuera exactamente lo que esperaba de mí.
—Como ya le comenté por teléfono, el señor Antonio Santamaría dejó un testamento actualizado hace aproximadamente dos años.
Antonio: nombre, persona, padre.
Aprieto la mandíbula, todavía me cuesta asociar esa palabra con él.
Padre.
Qué chiste.
—Ve al grano.
Sin levantar la voz ni cambiar el gesto, prosigue:
—Usted es el heredero principal.
Esa frase cae en la habitación con un peso absurdo.
Heredero principal.
¿Seguro que esas palabras pueden aplicarse a mí sin romperse por el camino?
—No quiero nada —respondo de forma automática y rápida, como si lo hubiera estado ensayando toda la noche, cosa que tampoco es mentira.
El abogado no se inmuta.
—Entiendo que la situación es compleja.
No tienes ni puta idea, pienso.
—Pero debo informarle de que la herencia no es algo que pueda simplemente rechazar sin más.
Frunzo el ceño.
—¿Cómo que no?
—El volumen de empresas, propiedades e inversiones implica una serie de procedimientos legales que requieren su intervención directa, al menos en una primera fase.
Habla como si estuviera leyendo instrucciones de montaje y no se estuviera refiriendo a mi vida.
¿Qué puta cámara oculta es esta?
—No quiero su dinero —repito, más despacio esta vez para que quede todo lo claro posible.
El abogado me observa unos segundos, creo que está intentando medir algo que no aparece en los papeles.
—No es solo dinero.
Claro que lo es , pienso. Siempre es dinero.
—También deberá asumir determinadas responsabilidades vinculadas al grupo empresarial.
Ahí está la trampa.
La puta trampa.
—¿Qué responsabilidades?
—Presidir el consejo de una de las principales sociedades durante el periodo mínimo de un año.
Suelto una risa seca.
—Claro.
Por supuesto, no podía ser tan fácil.
Nunca lo es.
—¿Qué sociedad?
El abogado tarda apenas un segundo.
—Santos & Santamaría Capital.
Frunzo el ceño.
—¿Qué cojones es eso?
—La principal sociedad patrimonial compartida entre el señor Santamaría y el señor Ignacio Santos.
Silencio.
Ah.
Perfecto.
Más ricos, más trajes y más gente con cara de oler a despacho caro y juzgarte fiscalmente.
—No sé quién es Ignacio Santos.
El abogado me observa unos segundos.
—Uno de los empresarios más importantes del país.
Claro.
Cómo no.
—¿Y ahora se supone que tengo que sentarme con él a jugar a ser multimillonario?
—Se supone que debe asumir sus responsabilidades como heredero.
Heredero.
Otra vez esa palabra.
Joder.
—También deberá asistir a determinados actos públicos vinculados al grupo —continúa—. Reuniones. Eventos. Cenas benéficas. El club.
Suelto otra risa, esta vez más amarga.
—Ni de puta coña.
El abogado ignora completamente el comentario y la verdad es que admiro su profesionalidad máxima.
O a lo mejor es miedo.
Quién sabe.
—Además —continúa— existen ciertas cláusulas relacionadas con la conservación de activos estratégicos.
Lo miro fijamente.
—No sabes quién soy —afirmo cruzandome de brazos. —¿Tú me ves ahí? —añado señalando la mesa y los documentos—. ¿Sentado, firmando cosas, hablando con gente como tú?
El hombre se queda callado.
Normal, yo tampoco sabría responder a esa pregunta.
—Mi obligación es informarle —dice finalmente.
Lógico.
Siempre hay alguien cuya obligación es hacer que todo siga adelante, aunque no encaje o no tenga sentido.
Camino por la estancia pasando la mano por el respaldo de una silla sin llegar a tocarla del todo.
Todo está demasiado limpio y demasiado perfecto.
No hay sitio para mí aquí.
—Recházalo —digo.
—No es tan sencillo.
—¡Hazlo sencillo, entonces!
—No depende solo de mí.
Me detengo.
Respiro hondo y trato de tranquilizarme.
Me duele la cabeza, me arden los ojos y llevo demasiadas horas despierto para esta mierda.
—Pues dile que no a… quien sea que tengas que decirle que no, ¡yo qué sé!
El abogado levanta la vista.
—El señor Santamaría falleció ayer por la noche, señor Luque.
Vaya, qué sorpresa.
Aprieto los dientes.
—Me has entendido perfectamente.
Se inclina ligeramente hacia delante.
—Señor Luque, independientemente de lo que usted sienta, esta herencia ya forma parte de su realidad.
Realidad.
Esa palabra me molesta más de lo que debería.
—No es mi realidad.
—Lo es.
—¿Cómo sabes siquiera que soy su hijo? —pregunto de repente.
El abogado tarda un segundo en responder.
—Porque él lo sabía.
No.
No puede ser tan simple.
—¿Qué significa eso?
—El señor Santamaría dejó constancia privada de su vínculo biológico con usted hace años. No existen pruebas de paternidad registradas, pero si el señor Santamaría le ha dejado todo a usted, será por algo.
Siento algo raro atravesarme el pecho.
Creo que es rabia.
Pero no es nueva, es antigua, vieja, está casi podrida.
—¿Entonces sabía perfectamente quién era yo? ¡Ni siquiera me dio su apellido!
El abogado mantiene la mirada.
—Sí.
Bueno, no es ninguna novedad, es lo que mi madre y yo llevamos sabiendo toda mi vida: simplemente no quiso hacerse cargo.
Sin más.
Eso es todo.
Cierro los ojos un segundo, solo uno, pero suficiente para notar cómo algo dentro de mí se rompe de una forma distinta, más fría y más definitiva.
—¿Cuánto? —pregunto.
No quiero hacerlo, no quiero interesarme por su patrimonio ni por nada que tenga que ver con él, pero lo hago, porque necesito saber a qué estoy diciendo que no.
O de qué demonios estoy intentando escapar, quizá.
El abogado tarda apenas un instante en responder.
—Más de cien millones de euros, sin contar empresas, propiedades ni inversiones.
Cien millones.
Lo dice como si estuviera diciendo diez.
O uno.
O nada.
No respondo.
No porque me impresione, sino porque confirma algo que ya sabía: esto es demasiado grande, demasiado sucio y demasiado… suyo.
—No. No voy a hacer esto. No voy a ser él.
Porque eso es lo que realmente me está ofreciendo.
Ni su dinero ni sus bienes, me está ofreciendo su sitio.
Solo soy la persona que debe seguir su legado.
Me juego el pellejo a que no lo hace por rendición ni por enmendar su error del pasado, sino para que su fortuna y su nombre no se pierda.
Es un cabrón.
Es un cabrón y está muerto.
Es un cabrón y me está jodiendo desde los infiernos.
El abogado no responde inmediatamente, simplemente me observa y me hace sentir que por primera vez no me está mirando como un cliente, sino como a alguien que no encaja en ninguna de las casillas que tiene delante.
—Eso —dice finalmente— no depende de esta decisión.
Y eso… eso sí que me jode.
Cuando salgo a la calle, el aire ya no es suficiente.
No limpia ni enfría ni sirve.
Camino sin rumbo, más rápido de lo normal, como si pudiera dejar atrás lo que acaba de pasar simplemente moviéndome lo suficiente.
Cien millones.
Consejo.
Responsabilidades.
Su nombre.
El mío.
El club.
Todo mezclado en algo que no quiero tocar.
El móvil vibra en el bolsillo.
Un mensaje: Necesitamos una respuesta hoy.
Aprieto la mandíbula, miro la pantalla con rabia y termino por bloquear el móvil.
Hay cosas que no se pueden decidir en un despacho y otras que empiezan a perseguirte incluso antes de que digas que sí.