Chapter 4 #3
Otra palabra bonita para decir que no encaja.
—Eso es lo bueno —murmuro, intentando contenerme por no mandarlo a freír espárragos y seguir teniendo un buen carácter.
Fede asiente con la cabeza, aunque no parece del todo convencido.
Claro, porque lo diferente en este universo de billetes morados no es lo que se espera.
Y aquí, todo lo que importa… es lo que se espera.
La conversación continúa entre comentarios educados y silencios perfectamente colocados hasta que el móvil de mi padre vibra sobre la mesa.
Lo mira apenas un segundo, pero algo cambia. Es mínimo y casi imperceptible, pero yo lo noto porque llevo toda la vida observándolo.
Descuelga sin levantarse de la mesa.
—¿Sí?
Un silencio aterrador invade nuestro espacio, pues todos estamos pendientes de la reacción de Papá, de todos y cada uno de sus gestos.
Fede deja su copa despacio y yo frunzo el ceño ligeramente.
¿Qué ocurre? Papá nunca se queda callado durante tanto tiempo.
—¿Qué ha ocurrido? —pregunta, en parte compungido, en parte queriendo mantener el tipo.
Evidentemente, algo le está afectando.
Se queda callado durante varios segundos, pues solo escucha, y cuanto más escucha… más rígida se vuelve su postura.
—Entiendo —dice al final, pero su voz ya no suena igual y cuelga la llamada acto seguido.
El silencio que queda después resulta extrañamente incómodo.
—¿Pasa algo? —pregunta Fede.
Mi padre tarda unos segundos en responder; primero deja el móvil sobre la mesa con una lentitud que no me gusta nada.
—Antonio ha muerto.
La frase cae sobre cada uno de nosotros como si fuera algo físico, pesado y definitivo.
Fede se queda quieto.
—¿Qué? —murmura su padre—. ¡Por el amor de Dios! ¿Qué demonios ha pasado?
Papá aparta la mirada un instante, como si todavía estuviera intentando procesarlo él también.
Y entonces ocurre algo rarísimo: por primera vez en muchísimo tiempo… parece cansado.
De verdad.
Cansado de verdad.
—Por lo visto… anoche sufrió un paro cardíaco —dice.
Está pálido y con el gesto descompuesto y contrariado a partes iguales.
No sé qué hacer con esto.
No con la información, aunque también, sino con verlo así, porque mi padre nunca parece afectado por nada.
En serio, nunca.
—Lo siento mucho —dice Fede enseguida.
Y sé que lo siente de corazón, porque Antonio Santamaría no era solo “alguien”, sino una persona muy importante para mi padre.
Uno de esos hombres de los que la gente habla como si fueran edificios: grandes, importantes e imposibles de mover.
Mi padre asiente apenas.
—Era uno de mis mejores amigos.
Los camareros siguen moviéndose alrededor de nosotros, la gente sigue comiendo y alguien se ríe al fondo del restaurante.
Todo a nuestro alrededor parece continuar con normalidad, pero yo siento que el ambiente acaba de cambiar por completo.
Mi padre se queda mirando la copa unos segundos antes de hablar otra vez.
—Tengo que irme.
Por supuesto, claro.
—¿Quiere que lo acompañemos, señor Santos? —pregunta Fede, atento a cualquier movimiento de Papá.
Creo que lo admira.
Sí, lo admira tanto o más incluso que a su propio padre.
Me juego lo que quieras a que si fuera su hijo de verdad no le daría tantas órdenes como me da a mí.
—No hace falta —responde mi padre con dejadez.
Santo Dios… parece que le hayan caído veinte años encima de golpe.
Se pone en pie y entonces me mira.
—Quédate almorzando con Fede y su familia, Genoveva.
No es una sugerencia, claro, simplemente se trata de una orden elegante.
Qué sorpresa.
—Claro —respondo automáticamente.
Prometo no volver a quejarme, porque tampoco le pongo remedio a la situación, así que…
Pero, en esta ocasión he de arrojar una lanza a favor de Papá, y es que acaba de perder a su mejor amigo, no creo que sea muy conveniente que empiece precisamente hoy la revolución.
Mi padre se ajusta la americana y durante un instante parece mucho mayor y, sobre todo, mucho más humano que de costumbre.
Se despide de todos nosotros y echa a andar hacia la puerta de salida del local.
Los padres de Fede hacen lo mismo, por lo que me quedo a solas en la mesa con el chico que mi padre considera perfecto para mí y mi futuro.
El silencio entre nosotros dura apenas unos segundos, pero se siente muchísimo más largo.
—No sabía que tu padre y Antonio fueran tan cercanos —dice.
—Prácticamente crecí viéndolos juntos —respondo encogiéndome de hombros—. Mi padre dice que Antonio era brillante.
Brillante.
Qué palabra tan rara para alguien que acaba de morir.
Miro alrededor otra vez.
Todo sigue siendo perfecto: el restaurante, las copas, la comida, la gente.
—¿Estás bien? —pregunta Fede.
Lo miro y por un segundo me planteo decir la verdad: que no sé qué hago aquí, que siento que mi vida parece escrita por otra persona y que me estoy ahogando lentamente en algo que ni siquiera sé si quiero.
Pero no lo hago, porque no sé hacerlo.
¿Cómo saco todo lo que llevo guardando dentro durante tantos años? ¿En modo explosión? ¿Bomba atómica?
Mira, yo qué sé.
—Sí —miento.
Fede asiente con la cabeza porque, obviamente, todo el mundo se cree las mentiras fáciles.
Cuando llego a casa más tarde, dejo los tacones en la entrada y camino descalza hasta mi habitación.
El silencio es distinto aquí, porque es más mío y más real.
Papá no está en casa, imagino que estará embaucado en todo el lío de la muerte de Antonio.
Me dejo caer sobre la cama, mirando al techo y no tardo en sacar el móvil de mi bolso.
No me había dado cuenta de que tengo un mensaje de Maira pendiente de leer.
¿Sigues viva o te han prometido oficialmente ya?
Sonrío.
Le respondo: Sigo viva, de momento. Aunque me temo que hay otra persona que no puede decir lo mismo, tristemente.
Le doy a enviar con esas últimas palabras temblándome en las yemas de los dedos, tengo el cuerpo cortado desde que Papá ha recibido esa llamada.
Tres puntos aparecen al instante.
Qué decepción. Yo ya había empezado a planear tu huida. ¿Qué? ¿A qué te refieres?, responde Maira.
Antonio Santamaría ha muerto, tía.
El móvil vibra apenas diez segundos después de haberle contado lo de Antonio Santamaría.
Por supuesto, Maira no escribe cuando puede dramatizar una conversación en directo.
Descuelgo.
—Qué.
—Vale, necesito contexto YA —dice directamente—. ¿Cómo que Antonio Santamaría ha muerto?
Me dejo caer boca arriba sobre la cama.
—Pues eso. Mi padre ha recibido una llamada en mitad del almuerzo y se ha ido prácticamente corriendo.
—Madre mía… —murmura—. Ese hombre era como… no sé… eterno.
—Ya.
Y es raro, porque lo entiendo perfectamente.
Antonio Santamaría siempre ha sido una de esas personas que parecen existir desde antes que tú y que, de algún modo extraño, das por hecho que seguirán ahí toda la vida.
Como las películas de Navidad malas o los camareros antipáticos del centro de Madrid.
—¿Y de qué ha muerto?
—Al parecer, un paro cardíaco.
—Por Dios…
—Ya, algo inesperado.
Maira guarda silencio un segundo y eso nunca es buena señal.
—Una pregunta.
—Miedo me das.
—Antonio Santamaría no tenía hijos, ¿no?
—Que yo sepa, no.
—Entonces… ¿qué va a pasar con toda su fortuna?
Ahí está la verdadera preocupación nacional.
—Maira…
—No, escúchame. Estamos hablando de MUCHÍSIMO dinero. En plan muchísimo muchísimo.
—Gracias por la aclaración financiera.
—Veva, ese hombre tenía hoteles, edificios, empresas, inversiones, clubs privados… probablemente hasta una isla secreta o algo así.
No puedo evitar reírme.
—¿Una isla secreta?
—Los millonarios siempre tienen cosas rarísimas.
—¿Tu familia tiene? —pregunto con un punto de diversión—. Porque la mía no.
—No, pero seguro que Santamaría sí.
—Tú ves demasiadas series.
—Y tú muy pocas.
Pongo los ojos en blanco y sonrío mirando al techo.
—Supongo que lo heredará alguien de su familia —digo, aunque la realidad es que no tengo ni idea de qué pasará con su fortuna.
—¿Qué familia? Si nunca se le conoció pareja seria ni hijos ni nada. Él venga mujeres, venga mujeres… Era un poco zorro, eso sí.
Frunzo ligeramente el ceño.
Es verdad, nunca había pensado en eso, pero Antonio Santamaría siempre estaba en revistas, eventos, cenas importantes… pero solo.
O, en su defecto, acompañado por mujeres distintas, porque nunca iba con la misma.
Nunca la misma.
—Pues no sé —murmuro—. Imagino que tendría todo organizado.
—Los ricos organizan hasta sus funerales antes de morirse.
—Qué romántico todo.
—Yo solo te digo una cosa —continúa—: como aparezca un heredero secreto, me da algo.
Silencio.
Y no sé por qué, pero esa frase se me queda dando vueltas unos segundos más de la cuenta.
—Estás fatal.
—¿Te imaginas? Sería literalmente el mejor cotilleo de Madrid en años.
Ruedo los ojos, aunque sigo sonriendo.
—¿Entonces qué? —pregunta de repente—. ¿Ahora os tocará ir al funeral y todo eso?
Ah.
Buena pregunta.
—Supongo —murmuro—. Mi padre era muy amigo suyo.
—Uf.
—¿Qué?
—Los funerales de gente rica me dan miedo.
Frunzo el ceño.
—No has estado en ninguno, Maira.
—¡Anda que no! ¡En el de mi abuelo Paco!
—Ah, es verdad, no me acordaba.
—Y te digo que sirven café en tazas de porcelana y la gente llora discretamente para no correrse el maquillaje.
La carcajada se me escapa antes de poder evitarlo.
—Estás enferma.
—Pero tengo razón.
—Voy a colgarte.
—No puedes colgarme cuando estoy brillando.
—Adiós, Maira —me despido sonriendo.
—Te quiero.
—Yo también.
A pesar de que Maira siempre destensa el ambiente, cuando cuelgo todavía tengo esa sensación rara por dentro, pegada en algún sitio del pecho, como si algo que ignoro completamente acabara de empezar.