Chapter 4 #2
—Ni siquiera sabes lo que iba a decir.
—Sí lo sé y no quiero nada de él.
Lo digo así, sin adornos, como si eso bastara o fuera así de fácil.
Mi madre me observa unos segundos.
Demasiados, para mi gusto.
O quizá soy yo, que se me hace todo eterno en este momento.
—No lo quise cuando estaba vivo, así que no lo voy a querer ahora —añado con una mueca de asco.
Mi madre coge el sobre y me lo pone en las manos.
Luego aprieta las suyas alrededor de las mías y, mirándome a los ojos, asiente con la cabeza.
No me queda otra que hacerle caso y abrir el maldito sobre.
Lo abro sin cuidado, rasgando el borde como si quisiera quitármelo de encima cuanto antes.
Dentro hay varios papeles: folios gruesos con membrete, firmas y sellos.
Todo muy legal, frío e impersonal.
Paso las páginas sin leerlas del todo.
Palabras como herencia, beneficiario, propiedades…
Todo muy claro y ordenado, como si se pudiera resumir una vida en eso o fuera tan fácil.
Me detengo en una línea.
Mi nombre completo y bien escrito.
Aprieto la mandíbula, paso a la última hoja y entonces lo veo: se trata de un papel más pequeño sin membrete ni firmas, solo una frase escrita a mano que dice: Esto te pertenece.
Me quedo mirándola unos segundos, apenas me muevo o reacciono.
Luego suelto una risa corta.
—Claro —murmuro.
Tarde.
Muy tarde.
—¿Qué dice? —pregunta mi madre tras haberme dejado estos instantes.
—Míralo tú misma —respondo tendiéndole el sobre.
Mi madre me sostiene la mirada apenas unos segundos y después descubre lo mismo que yo: Antonio Santamaría ha dejado en mi poder todos los millones que tiene en su cuenta bancaria.
—Pero… —casi balbucea ella.
Aprieto la mandíbula.
—No lo quiero.
Mi madre alza la vista y vuelve a centrar sus pupilas en las mías.
—Podría ayudarte.
—No necesito nada suyo.
—Oliver, sabes que vivimos con muy poco. Gracias a Marisa y…
—No, el dinero no arregla nada —respondo ahora de manera más fuerte, más clara y, por supuesto, más definitiva.
El silencio que sigue a mi negativa es distinto: más tenso y real.
—Te he dado todo lo que he podido, prácticamente sola.
—Efectivamente, sola, porque ese hijo de puta nunca quiso reconocerme… —digo casi apretando los dientes.
Lo odio.
Lo odio con unas ganas que ni siquiera sabía que seguían dentro de mí.
Odio su dinero, su vida de millonario asqueroso, sus lujos, sus fiestas, sus clubes exclusivos, las mujeres con las que aparece…
—Y lo haría todas las veces que hiciera falta —me dice mi madre con dulzura, acariciándome el brazo—. Pero tú, toda tu vida has tenido que…
—No empieces.
—Solo digo que…
—No empieces —repito, esta segunda vez con algo más de ternura.
Nos miramos.
Y, durante un segundo, parece que vamos a discutir de verdad.
Pero no, porque nunca llegamos a eso, nunca cruzamos esa línea.
Los dos sabemos que hay cosas que, si se dicen, no se pueden desdecir después.
Mi madre suspira.
—Te pareces a él —murmura.
Frunzo el ceño.
Vamos, no me jodas…
—¿Qué?
—La forma de cerrar las cosas.
No sé si eso es un insulto o una verdad.
Quizá las dos cosas.
Me levanto porque necesito aire.
Necesito salir de aquí antes de que la conversación se convierta en algo que no quiero tener.
—Me tengo que ir.
—Siempre te tienes que ir —suspira.
—Necesito pensar, eso es todo.
—Lo sé, cielo.
Camino hacia la puerta, tengo la cabeza hecha un lío y el pecho a punto de explotar.
—Oliver.
Me detengo.
—¿Qué?
Duda antes de hablar, pero finalmente dice:
—Ten cuidado.
Casi sonrío.
Casi.
—Siempre.
Salgo al pasillo sin mirar atrás y la calle me recibe como un rato antes: fría, ruidosa y honesta.
Me meto las manos en los bolsillos y camino sin rumbo, dejando que el aire me despeje la cabeza.
Toda mi vida he querido que ese hombre desaparezca.
Y ahora resulta que, incluso muerto, sigue encontrando formas de joderme.
6 Veva
Fede llega puntual, por supuesto, Fede SIEMPRE llega puntual.
Nos espera junto a su familia a las diez de la mañana en la entrada de Horcher , uno de esos restaurantes clásicos del barrio de Salamanca donde todo el mundo parece hablar más bajo de lo normal y los camareros llevan tanto tiempo trabajando allí que probablemente sepan más secretos de familias ricas que sus propios terapeutas.
Los que vayan, claro, que son muy pocos.
El sitio huele a café de importación, flores frescas y dinero antiguo.
Muy antiguo.
A esta hora está lleno de matrimonios elegantes desayunando tranquilos, hombres con periódicos perfectamente doblados y mujeres que parecen capaces de juzgarte en silencio desde el otro lado del comedor.
Sinceramente, entrar aquí da un poco de miedo. Y eso que me he criado rodeada de gente así, lo cual probablemente sea todavía peor.
Manteles impecables, copas que parecen demasiado finas para tocarlas con tranquilidad y hombres con relojes que cuestan más que el sueldo anual de mucha gente.
El caso es que Fede está aquí, perfectamente vestido, perfectamente colocado, perfectamente… él.
Como si llevara toda la vida ensayando este momento.
Y probablemente lo haya hecho.
—Veva —dice, inclinándose ligeramente para darme dos besos—. Estás guapísima.
Por Dios… , pienso.
Luego sonrío, porque no me queda de otra.
—Gracias.
Y lo digo en automático, como tantas otras cosas.
Fede es… Fede: correcto, educado e impecable.
Lleva una camisa blanca perfectamente planchada, americana oscura y una pulsera de oro blanco que no necesita enseñar porque se nota.
Huele bien.
Siempre huele bien, eso sí.
Y aunque siempre pienso que un chico que huele bien vale por dos… tampoco es su caso.
No obstante, es el tipo de hombre que encaja en todas partes.
Menos en mi cabeza, en mi corazón y, por supuesto, entre mis piernas.
—¿Cómo estás? —pregunta, apartándome la silla.
—Bien.
—Me alegro.
Y no hay mucho más.
Porque con Fede nunca hay mucho más.
Es entonces cuando entran en escena los Fernández padres.
Igual de precisos con la hora que su hijo, obviamente.
La puntualidad parece una enfermedad hereditaria en esa familia.
Cristina de Fernández, la madre de Fede, va impecable: pelo perfecto, sonrisa perfecta y un conjunto beige que seguramente cuesta más que todos mis traumas juntos.
La niña rica tiene traumas, sí.
No sé de qué te sorprendes, está científicamente comprobado que los niños que juegan en la calle son más felices.
A mí no me daba tiempo entre las clases de piano, que odiaba, de solfeo, que odiaba todavía más y las de los tropecientos idiomas que ya se me han olvidado.
—Genoveva, cariño —dice dándome dos besos—. Estás preciosa.
“Preciosa” en lenguaje de señora rica significa algo así como “apruebo cómo has venido vestida”.
Javier Fernández es más silencioso, pero tiene exactamente la misma expresión que su hijo: esa cara de hombre que nunca ha llegado tarde a ningún sitio y probablemente tampoco haya cometido un error desde 2007.
Qué agotamiento, de verdad.
Papá observa la escena desde su posición con esa calma elegante que tienen los hombres acostumbrados a controlar habitaciones enteras sin levantar la voz.
Lleva un traje gris oscuro impecable porque, en el fondo, esto no deja de ser una reunión de negocios ligeramente disfrazada de almuerzo familiar.
¿Y a que no sabes qué?
Yo soy el producto a negociar.
—Hablé con tu padre ayer —dice Fede mientras caminamos hacia nuestra mesa—. Me comentó lo de hoy.
—Sí —respondo.
—Le pareció buena idea que nos viéramos más.
Claro.
Buena idea.
Siempre son buenas ideas.
—Sí —repito.
Fede sonríe, satisfecho, y Papá también.
A mí, por algún motivo inexplicable, me dan ganas de reírme, mas no lo hago, porque en realidad no es gracioso.
Lo peor de todo es que Fede ni siquiera me cae mal.
Sería muchísimo más fácil si me cayera mal, ¿sabes?
Pero no.
Es atento, educado, inteligente y probablemente mediocre en la cama, que eso ya es mucho pedir.
El problema es otro, aunque creo que ya lo he dicho: cuando me mira no siento absolutamente nada, y eso me da más miedo que odiar a alguien.
Los camareros empiezan a llenar la mesa con platos demasiado bonitos para ser un simple almuerzo: bandejas de bollería recién hecha, panecillos calientes, mantequilla francesa, zumo de naranja servido en jarras de cristal y pequeñas tazas de café.
También traen huevos benedictinos, salmón ahumado, fruta perfectamente cortada y una especie de tostadas con aguacate que parecen diseñadas específicamente para gente que dice palabras como “detox” sin sentir vergüenza.
Todo huele increíble, eso sí, pero yo sigo sintiendo algo incómodo, como si debajo de tanta porcelana cara y tanta sonrisa educada hubiera algo esperando el momento exacto para romperse.
Me disocio durante unos minutos en los que la conversación gira alrededor de cosas completamente normales para personas completamente millonarias: inversiones, clubes privados, viajes a Suiza y algo relacionado con un hotel en Marbella que sinceramente dejo de escuchar a los treinta segundos.
Yo participo lo justo, porque ni siquiera nadie me ha preguntado qué quiero de almuerzo, así que sonrío cuando toca, asiento con la cabeza cuando toca y todas esas cosas.
A veces pienso que todos ellos hablan el mismo idioma y yo solo llevo años fingiendo que también lo entiendo.
El idioma de las inversiones, las apariencias y las sonrisas correctas.
Y yo qué sé.
Solo quiero desayunar tranquila sin sentir que estoy en una entrevista de trabajo para convertirme en esposa decorativa.
Existir correctamente también cansa, por si alguien tenía dudas.
—¿Y Maira? —pregunta Fede de repente—. Hace tiempo que no la veo.
Anda, algo interesante de lo que hablar, mira tú por dónde.
—Está bien —respondo.
—Siempre me ha parecido muy… —duda un segundo— particular.
No puedo evitar sonreír.
—Es una forma de decirlo.
—No lo digo a malas —se excusa Fede.
—Ya. Es mi mejor amiga, me temo que no soy muy objetiva, que digamos.
—Me cae bien —dice él rápidamente y yo entorno los ojos—. Solo que… es diferente.
Diferente.
Ya.