Chapter 4
El salón de la casa familiar siempre huele igual: a limpio, a dinero y a algo que no sabría describir… pero que, si desapareciera, probablemente alguien lo notaría antes que yo.
La nuestra no es diferente: líneas rectas, tonos neutros, muebles que parecen elegidos por alguien que nunca se sienta en ellos y demasiado espacio para tan poca gente.
Es curioso, porque he vivido aquí toda mi vida y, aun así, hay días en los que siento que estoy de visita, como si hubiera llegado tarde a una vida que ya estaba perfectamente colocada sin mí.
Digamos que no termino de… encajar.
Pero bueno, tampoco es que alguien me haya preguntado nunca si alguna vez lo he hecho.
—Llegas tarde —dice mi padre sin levantar demasiado la voz.
No hace falta.
Nunca hace falta que levante la voz; utiliza un tono que, un poco más, y te meas encima de miedo.
Está de pie junto al ventanal, con una copa de algún licor asqueroso en la mano y esa postura perfectamente recta que no sé si es natural o si se entrena.
Supongo que cuando tienes su vida, lo mínimo que puedes hacer es parecer que lo tienes todo bajo control.
Yo te juro que lo intento, lo de mantener todo bajo control, digo, pero no me sale igual de bien.
Dejo el bolso sobre la consola de la entrada.
—He quedado con Maira.
—Lo sé.
Claro que lo sabe.
Papá lo sabe todo.
Y cuando digo todo… no estoy exagerando.
Sabe a qué hora salgo de casa, con quién quedo, cuánto tardo en volver… y probablemente también cuántas veces he mirado el móvil mientras cenaba con él la semana pasada.
A veces tengo la sensación de que, si un día cambio de opinión sobre algo, se enteraría antes que yo.
Lo único que no sabe es que utilizo tangas en vez de bragas.
Y sinceramente, prefiero que siga así.
Camino hacia el salón con pasos tranquilos, midiendo cada gesto sin darme cuenta.
Es automático, como respirar o como ceder.
Lo mismo da.
—Te he estado esperando —añade, aunque no suena a reproche, más bien me lo tomo como un dato.
Y eso, curiosamente, es peor.
—Lo siento —digo, aunque no sé muy bien por qué me disculpo.
Bueno, sí lo sé: siempre lo hago.
Él asiente levemente, como si eso fuera suficiente para dar el tema por cerrado.
Lo es, siempre lo es.
Deja la copa sobre la mesa y se gira hacia mí del todo.
—Mañana hacemos almuerzo temprano con los Fernández.
Directo, sin rodeos y sin preguntar, porque Papá ordena y Veva ejecuta.
Es el mismo círculo vicioso desde que tengo uso de razón.
—¿Mañana? —repito.
—A las diez.
—Papá, yo…
—Fede vendrá.
¡Anda!
El pack completo.
Trago saliva y me quedo callada.
Dios… ¿no puedo librarme de esta?
Podría decir muchas cosas en este momento.
Que tengo planes, por ejemplo.
Que no me apetece, o mejor, que no quiero seguir con esto.
Incluso podría decir la verdad, que es bastante sencilla: no aguanto a Fede.
Fede es… fácil.
Demasiado, diría yo.
Siempre sé lo que va a decir antes de que abra la boca, cuándo va a reírse, incluso en qué momento va a mirarme como si todo estuviera exactamente donde debería estar.
Y supongo que ese es el problema: con él nunca pasa nada.
No me pone nerviosa, no me intriga, no me provoca absolutamente nada.
Vamos… como diría Maira, a mí las bragas no se me caen por él.
Es como estar en una vida que ya está decidida de antemano, en la que solo tengo que ir cumpliendo pasos sin cuestionarme demasiado si quiero estar ahí.
Y, pensándolo bien… es como tener un segundo padre.
No.
¡Peor!
Casarme con Fede sería como casarme con Papá.
Mátame, camión.
Y lo peor es que ni siquiera sé si esto va de Fede… o de que, en el fondo, nunca he sido yo la que lo ha elegido.
Pero no lo hago.
Lo de hablar, digo.
Lo de atreverme a decir todo esto de una vez por todas.
Porque hay algo en su forma de mirarme que convierte cualquier intento de resistencia en algo… inútil.
—Vale —respondo.
¡Bravo, Veva! Lo has hecho de diez.
Y en el mismo segundo en que lo digo, noto cómo algo dentro de mí se encoge un poco más.
Genial.
Otra decisión tomada sin decidir.
Mi padre sonríe apenas, satisfecho.
—Sabía que lo entenderías.
Claro.
Entender.
Qué palabra tan bonita para decir “hacer lo que te digo”.
Error, padre.
No lo entiendo.
Pero tampoco lo discuto.
Nunca lo hago y así me va.
5 Oliver
El portal del edificio siempre está igual, porque ningún vecino está dispuesto a pagar una derrama para reparar eso, entre otras cosas: mismo azulejo roto en la esquina, misma bombilla que parpadea como si estuviera a punto de rendirse y mismo olor a humedad mezclado con algo que no termina de irse nunca.
Han pasado años, prácticamente toda mi vida, desde que mi madre y yo vivimos aquí, pero todo está exactamente igual.
Como si este sitio no tuviera intención de cambiar por nadie.
Ni siquiera por mí.
Somos mi madre y yo los que hemos cambiado: yo me he hecho adulto y ella se ha hecho más vieja.
El edificio está en Vallecas, en una de esas calles donde todo parece un poco más gastado de lo que debería, donde las persianas bajan demasiado pronto y la vida se oye a través de las paredes.
Empujo la puerta con el hombro y entro sin hacer ruido, más por costumbre que por necesidad. El eco de mis pasos resuena en el pasillo estrecho, subiendo por las paredes desconchadas hasta perderse en el hueco de la escalera.
No cojo el ascensor y subo los escalones de dos en dos, como cuando era más joven y tenía prisa por salir de aquí. Ahora no tengo prisa por entrar, pero tampoco la tengo por irme.
Es… distinto.
Me detengo frente a la puerta y observo durante un par de segundos que la pintura está levantada en varios puntos y el número torcido.
Abro con mi juego de llaves y no tardo en escuchar el sonido de los pasos arrastrados de mi madre.
—Oliver… —Me mira como si estuviera realmente aliviada de tenerme delante.
¿Tan grave es lo que ha pasado?
Tiene el pelo recogido de cualquier manera, eso sí, aunque siempre se le escapan mechones oscuros alrededor de la cara. Observo su piel apagada, como si el cansancio se le hubiera quedado pegado con los años.
Los ojos, en cambio, siguen siendo los mismos de siempre: claros, atentos, demasiado expresivos para alguien que lleva tanto tiempo fingiendo que está bien.
Mi tía Marisa dice que yo tengo esa misma mirada.
Lleva una camiseta ancha y unos vaqueros viejos, de esos que ya no se tiran porque forman parte de la casa casi tanto como los muebles.
En ella todo parece improvisado… menos la forma en la que sostiene las cosas que no dice.
Nunca superó a ese hombre y, aunque no lo dice ni creo que lo haga nunca, se nota en los silencios, en las pausas, en la forma en la que a veces se queda mirando a ningún sitio durante más tiempo del necesario.
Hoy no sé qué versión me ha tocado: la que aguanta… o la que se rompe.
—Hola, mamá.
Se aparta para dejarme pasar.
Nuestra casa siempre huele igual: a cerrado, a tabaco de tía Marisa, que prácticamente se pasa el día aquí, y a tiempo detenido.
A nada que alguien con dinero querría arreglar, vaya.
Pero mamá siempre huele a jabón y a ropa limpia.
—No has tardado en venir —dice, cerrando la puerta detrás de mí—. Menos mal.
Camino hacia el salón, esquivando objetos que conozco de memoria: la mesa baja con una esquina rota, el sofá hundido en el centro, las fotos enmarcadas que nadie ha movido en años.
Y entonces lo veo sobre la mesa: un sobre blanco, grueso y con demasiada clase para este sitio.
Destaca porque claramente es como si no perteneciera aquí o alguien se hubiera equivocado de dirección.
No pregunto.
No hace falta.
Me dejo caer en una silla, en cambio, y ella se queda de pie unos segundos, observándome.
—Has ido otra vez con la dichosa moto.
—No.
—Sí.
—No.
Nos callamos.
Siempre discutimos por cosas así, porque siempre evitamos las importantes.
—Hueles a gasolina. Todo el día fuera, Oliver. ¿Has comido? —pregunta.
—Sí.
No.
Pero da igual.
Asiente como si me creyera, pero no me cree.
Nunca me cree.
Y hace bien.
—¿Y Marisa? —pregunto sin pensar.
Mi madre resopla.
—En el bingo. ¿Dónde va a estar?
Asiento con la cabeza.
Se acerca a la cocina y desaparece unos segundos. Oigo el ruido de un vaso, el grifo, algo que se cae y vuelve a colocarse.
Cuando regresa, deja un vaso de agua delante de mí.
—Por si acaso.
Lo miro.
—Gracias.
No lo toco, pero ella tampoco insiste.
Se sienta enfrente, apoyando las manos en las rodillas.
—¿Qué es ese sobre? —pregunto.
—La razón por la que te he pedido que vengas. Sabes que nunca te llamo, ya eres mayorcito para…
—Mamá, has dicho que se trataba de ÉL —la corto.
Ella suspira y asiente con la cabeza muy despacio.
—Sí.
—Entonces, ¿ese sobre es suyo? ¿Tiene que ver con él? ¿Qué es, una carta de disculpa o algo así? —me jacto.
Mi madre aprieta tanto la boca que las dos líneas que tiene como labios desaparecen.
—Alguien ha traído ese sobre para ti.
—¿Alguien? ¿Quién?
Mi madre niega con la cabeza y luego se encoge de hombros.
—Un muchacho uniformado. Me ha dado las condolencias y me ha dicho que iba de su parte… Pienso que… —empieza, dudando— que ese hombre…
—¿Qué? —insisto, porque noto el tic empezando en el ojo.
—Se ha muerto.
La palabra se queda en el aire.
Muerto.
Así, sin más.
—Llega tarde incluso para esto —digo levantándome del sofá como un resorte.
Me siento como un león enjaulado.
Mi madre baja la mirada y sus dedos se entrelazan con fuerza.
—Nunca pensé que… —Se detiene y respira—. Nunca pensé que llegaría este momento.
Yo sí.
O no.
No lo sé.
Me la pela.
—Yo tampoco.
Mentira.
Siempre estuvo ahí, como una sombra, como algo que iba a pasar en algún momento, aunque nadie lo dijera en voz alta.
Y una parte de mí llevaba años esperando esta llamada.
—Igualmente, ¿qué más nos da a nosotros?
—¿No vas a abrir el sobre? —pregunta.
Me paso la mano por la nuca.
—Es que me da igual —digo.
—Va a tu nombre, Oliver.
—Me da igual —repito.
—Oliver…
Levanta la vista y me mira de verdad esta vez.
—Es tu pa…
Niego con la cabeza antes de que termine.
—No.