Chapter 3
El motor ruge antes de que me dé tiempo a pensar.
Mejor.
El casco me aprieta lo justo, el aire se cuela por el cuello de la chaqueta y el asfalto húmedo refleja las luces como si alguien hubiera decidido que esta noche todo tenía que brillar un poco más de la cuenta.
Mal día para caerse.
O justo el día para no hacerlo.
—¿Hoy vas a perder o qué? —grita alguien a mi izquierda.
No me molesto en girarme, reconocería la voz de mi mejor amigo incluso en el infierno.
Dani siempre habla demasiado antes de correr.
—Depende —respondo, ajustando el guante—. ¿Vas a seguir hablando o vas a cerrar la boca de una vez?
Se ríe y alguien más también.
Ruido, motores, gente… este es el tipo de ambiente que a cualquiera le parecería un error, pero a mí me resulta familiar.
Hay unas veinte personas repartidas por la zona; algunos apoyados en los coches y otros con el móvil en la mano, grabando como si esto fuera un espectáculo más.
Lo es, para ellos al menos sí, aunque no para mí.
Para mí esto es otra cosa: dinero, respeto… y algo más que no tiene nombre.
Se hace un segundo de silencio, ese antes de que todo empiece en el que el cuerpo se tensa, la respiración cambia y la cabeza se queda en blanco.
Es aquí donde encajo, donde me siento parte de algo, donde puedo volar y olvidarme de todo.
—Tres… —dice uno de los chavales, levantando la mano.
No lo miro.
—Dos…
El mundo se estrecha y solo queda la carretera.
—Uno.
Y entonces todo explota.
El acelerador responde al instante, la moto se dispara hacia delante y el ruido se vuelve brutal, como si alguien hubiera subido el volumen del mundo de golpe.
No hay pensamientos, ni pasado, ni nombres.
Solo velocidad.
Solo eso.
Las luces pasan a mi lado en ráfagas, el viento me golpea con fuerza y mi cuerpo se inclina casi sin que tenga que ordenarlo.
Giro.
Recta.
Cambio de marcha.
Otra curva.
Dani va a mi derecha, lo veo de reojo.
Demasiado cerca.
Siempre se acerca demasiado.
Sonrío dentro del casco y acelero un poco más.
El asfalto no está perfecto, noto las pequeñas irregularidades y zonas más húmedas de lo que deberían.
Da igual.
O no.
Pero eso forma parte del juego.
Otro giro.
Este es más cerrado y el cuerpo se pega a la moto, la rodilla roza casi el suelo y durante un segundo todo depende de un equilibrio que no debería funcionar… pero funciona.
Siempre funciona.
O eso quiero creer.
Dani intenta adelantarme y lo dejo acercarse un poco más.
Y entonces corto lo justo, lo suficiente para que dude.
Luego acelero.
La moto responde como si supiera exactamente lo que quiero o también necesitara esto.
Como si los dos estuviéramos huyendo de lo mismo y no quisiéramos mirar atrás.
Nunca lo hago.
La línea final aparece antes de lo esperado o soy yo el que ha dejado de medir el tiempo.
Cruzo primero y entonces vuelve el ruido: gritos, risas y comentarios.
Todo suena lejano otra vez.
Freno unos metros más adelante y me quito el casco.
El aire frío me golpea la cara y durante un segundo me quedo ahí, respirando, con el pulso aún acelerado.
Esto sí.
Esto sí es real.
—Eres un puto enfermo —dice Dani, acercándose.
Me encojo de hombros.
—Y tú hablas demasiado.
Se ríe, negando con la cabeza.
—Algún día te vas a matar.
—Todos nos vamos a morir.
No soy dramático, en serio, simplemente acabo de decir una realidad.
Alguien me da una palmada en la espalda, otro me ofrece un cigarro y lo rechazo.
No me apetece, ahora no.
Miro alrededor y solo veo luces, gente y coches.
Siempre es lo mismo, pero no me cansa, porque aquí nadie pregunta, nadie espera nada ni intenta convertir esto en algo que no es.
Saco el móvil por inercia, todavía con la adrenalina pegada al cuerpo.
La pantalla se ilumina, tengo varias llamadas perdidas y todas son del mismo número.
Mi madre.
Frunzo el ceño y me tenso al instante.
Ella no suele insistir, nunca lo hace; si llama y no contesto, lo normal es que lo deje estar, por eso esto no me encaja.
Marco su contacto antes de pensarlo demasiado.
Tarda en cogerlo: uno, dos, tres tonos.
Estoy a punto de colgar cuando…
—¿Sí? —Su voz suena rara, bajita y nerviosa.
Se me tensa el cuello.
—¿Qué pasa?
Se queda callada y yo aprieto la mandíbula.
—Mamá.
—Oliver… —exhala mi nombre como si le costara—. Tienes que venir a casa.
Miro al frente, pero ya no veo lo mismo.
—¿Ha pasado algo?
Otra pausa.
Más larga esta vez.
—Sí.
No me gusta cómo suena ese “sí”.
—¿El qué?
—No… —titubea—. No puedo decírtelo por teléfono.
Suelto una risa corta, sin humor, me está poniendo de los nervios, joder.
—Claro que puedes.
—Oliver.
Y ya está.
Solo con cómo dice mi nombre sé que no va a hacerlo.
Paso la lengua por el interior de la mejilla, notando cómo la calma de hace un momento se me escurre entre los dedos.
—Dime al menos si es algo grave.
—Es sobre él.
Me quedo quieto.
No hace falta más. Ni nombres ni explicaciones.
Él.
Aprieto el móvil con más fuerza de la necesaria.
—Voy para allá —digo, cortando antes de que pueda añadir nada más.
El ruido sigue a mi alrededor: las motos, los coches, la gente, las risas.
Todo sigue igual, pero no lo está.
Levanto la vista hacia la carretera.
La noche sigue ahí, negra y abierta.
Pero yo ya no.