Millonario por castigo Chapter 2
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Chapter 2

No sé en qué momento de mi vida empecé a aceptar cosas que no quiero.

Ah, espera, espera.

Nunca lo decidí.

Si me tuvieras delante, te lo diría con una sonrisa irónica e impostada, porque lo que me gustaría al reconocer esto es apretar los dientes de pura rabia.

Yo no decido nada, porque para esto ya está Ignacio Santos, mi padre.

Cada vez que pienso estas cosas me agobio, así que intento centrarme en mi alrededor.

El restaurante está lleno, pero no agobia. Es uno de esos sitios en los que todo parece cuidadosamente pensado para resultar agradable: luces cálidas, mesas de madera clara y música suave de fondo que se mezcla con conversaciones a medio tono.

Huele a vino, a perfume caro y a algo dulce que no termino de identificar.

Un sitio bonito.

Correcto.

Fácil.

Como todo en mi vida, porque se encarga Papá.

A partir de ahora, quiero que leas “Papá” con voz grave.

De esas que dan un poco de miedo.

Porque sí.

Es exactamente eso.

Es el mismísimo diablo.

—Te estás quedando mirando el vaso como si dentro estuviera la respuesta a todas tus preguntas —dice Maira, apoyando el codo en la mesa y mirándome con esa media sonrisa suya que siempre significa problemas—. Y… ¿adivina qué?: no lo está.

Salgo de mi ensimismamiento y miro a Maira, que está frente a mí con una copa en la mano y las piernas cruzadas sobre la silla.

Tiene esa naturalidad que en otra persona quedaría mal, pero en ella funciona, con su cabello rojo suelto cayéndole en ondas desordenadas sobre los hombros, y un vestido que probablemente mi padre consideraría demasiado corto y demasiado ajustado.

A ella le da igual, claro. Siempre le ha dado igual no cumplir con las expectativas de nadie.

Ni las de su familia.

Ni las de sus amigos.

Ni las de la gente del club.

Cuando digo nadie, es nadie.

Tiene los ojos vivos, atentos, como si todo le pareciera interesante aunque no lo sea.

Y, en este momento, parece que lo soy yo.

—Estoy pensando —me excuso.

—Ya, ya lo veo. Eso es lo que me preocupa.

Le doy un pequeño golpe en el brazo con la servilleta, pero no puedo evitar sonreír.

Maira tiene esa capacidad de decir lo que piensa sin filtro y sin pedir permiso, como si el mundo fuera un sitio donde no pasa nada por ser honesta y no existieran las consecuencias.

A veces la envidio por eso, siento que yo nunca podré permitirme ser así.

—No estoy tan mal —murmuro, dando un pequeño sorbo a mi copa.

El vino está frío, ligeramente ácido, y lo noto bajar despacio, como si pudiera calmar algo que no sé muy bien cómo nombrar.

—Genoveva —dice ella, poniendo los ojos en blanco y moviendo la cabeza orientada hacia la derecha arriba y abajo.

En serio, es una imagen para tener pesadillas.

Odio que haga eso con los ojos, me da miedo y me hace reír a partes iguales.

—No me llames así —respondo automáticamente.

—Claro. Perdona. Veva —corrige, sin perder la sonrisa—. Veva, que se va a casar con un hombre que no le pone ni un poquito.

Casi me atraganto con el vino.

—No me voy a casar con Fede. Si ni siquiera es mi novio, por favor.

—Todavía —dice matizando cada una de las sílabas.

Y sé que por dentro ha pensado: Eso es lo que tú crees, pero Papá Ignacio lo tiene todo calculadito.

La miro.

—No.

—Tu padre sí cree que sí.

Ya está, el temita que siempre acaba saliendo.

Miro alrededor, como si pudiera esconderme entre la gente del local.

Una pareja riendo en la mesa de al lado, un grupo de amigos brindando, una chica mirando el móvil con el ceño fruncido.

Todo en su sitio.

Todo correcto.

Todo… perfectamente colocado.

Como mi vida.

—Mi padre cree muchas cosas —digo al final.

—Tu padre decide muchas cosas —corrige ella, haciendo mucho hincapié en la palabra “decide”.

No respondo, porque tiene razón y porque no me apetece reconocerlo en voz alta. Con decírtelo a ti, así en petit comité , me sobra.

Maira se inclina un poco hacia mí, apoyando la barbilla en la mano, observándome como si fuera un experimento interesante.

Quizá lo soy.

De puertas hacia fuera, soy la perfectísima hija, la pobre huerfanita de madre a la que ¡Oh, milagro! el papá tuvo que criar solo.

Porque vamos a ignorar que con sus millones ha pagado cada nodriza, niñera y docente que me han criado.

Sí, Papá es uno de los hombres más ricos de toda España.

Digo uno, que no el que más, porque Antonio Santamaría, su mejor amigo, siempre le ha hecho un poquito de sombra.

Digamos que van a la par.

—A ver, vamos a analizar esto —dice Maira con ese tono de “esto va a ser divertido para mí y un poco incómodo para ti”—.

Tienes veinticinco años, eres guapa, inteligente, podrías hacer lo que te diera la gana…

y estás aquí, bebiendo vino caro, esperando a que tu padre decida con quién te vas a casar.

—No es así —me defiendo, pero por dentro estoy tan furiosa con el tema que no quiero darle la razón.

—Es exactamente así.

Suspiro.

—Fede es… —empiezo, pero luego me quedo en blanco porque no sé qué más añadir.

Vale, sí que es un poquito grave la situación.

—Aburrido.

—No es aburrido.

—Es predecible.

—Eso no es malo. —Me encojo de hombros.

—Para una lavadora, no. Para una vida entera… tengo mis dudas.

No puedo evitar reírme.

Debo reconocer que con Maira todo parece más sencillo.

—Es buen chico —insisto.

—Los golden retrievers también lo son y no por eso me quiero casar con uno. Sería muy rarito. Pero, dejando la zoofilia a un lado, yo diría que Fede es… un coñazo.

—Maira…

—¿Qué? Es verdad.

Niego con la cabeza, intentando no reírme demasiado.

—No todo es… pasión y caos.

—Claro que no —dice ella—. También están el aburrimiento y las decisiones de mierda.

La miro, entre divertida y exasperada.

—Eres insoportable.

—Y tú estás evitando el tema.

Silencio.

Es cierto.

Lo estoy evitando.

¡Me declaro culpable!

Miro mi copa otra vez.

El reflejo de las luces sobre el vino me devuelve una imagen ligeramente distorsionada de mí misma.

Perfecta desde fuera, pero otra persona completamente distinta por dentro.

Siento que solo una persona me conoce en realidad: Maira.

—No sé —admito en voz baja. Maira no dice nada esta vez, solo me observa. —No sé si quiero eso —añado.

Te presento a alguien súper importante en mi vida: la grieta.

Pequeña e invisible desde fuera, pero suficiente. Básicamente es lo que me define.

Maira exhala despacio, como si hubiera estado esperando exactamente ese momento.

—Vale —dice, más suave ahora—. Pues ya tenemos algo.

Levanto la vista.

—¿El qué?

—Que no lo tienes claro.

—Nunca lo he tenido claro —le recuerdo arrugando un poquito el ceño.

—Ya, pero antes no te importaba.

Tiene razón otra vez, por lo que empieza a molestarme lo bien que me conoce.

—¿Sabes qué creo? —continúa, inclinándose hacia mí.

—Me da miedo preguntarlo.

—Que todavía no te ha pasado nada.

Frunzo el ceño.

—¿Cómo que no me ha pasado nada?

—Nada de verdad —dice, encogiéndose de hombros—. Nada que te haga decir “vale, esto sí, esto lo quiero, esto lo elijo yo”.

Trago saliva, sé perfectamente a lo que se refiere.

Y no lo he sentido.

Nunca.

—No todo el mundo necesita… eso —digo, aunque suene poco convincente incluso para mí.

Maira sonríe despacio.

—Eso es exactamente lo que dice la gente a la que nunca le ha pasado.

—O la gente que tiene los pies en la tierra.

—O la gente que tiene miedo.

Silencio otra vez, pero ahora es distinto, más denso y más incómodo.

Más real también.

—No tengo miedo —murmuro.

Maira levanta una ceja.

—Vale.

Y ese “vale” significa “no te creo nada”.

—Además —añado, intentando recuperar el control—, no es como si fuera a aparecer alguien de repente y…

Me detengo.

—¿Y…? —pregunta ella.

—Y lo cambia todo.

Maira sonríe de forma peligrosa.

—Nunca digas eso en voz alta —dice.

—¿El qué?

—Lo de “no va a pasar nada”.

—¿Por qué?

Se encoge de hombros.

—Porque la vida tiene un sentido del humor bastante retorcido. Basta decirlo para que… ¡PUM! —da un golpe en la mesa que me hace dar un respingo. Ay, señor—. Pase de golpe.

Ruedo los ojos hacia arriba cuando me recupero.

—Eres más dramática...

—Y tú aburrida.

—Gracias.

—De nada.

Nos quedamos en silencio unos segundos, observando a la gente, dejando que la conversación se diluya.

Ya no hablamos del tema y parece que todo vuelve a su sitio.

Más o menos.

Hasta que Maira vuelve a hablar.

—Oye.

—¿Qué?

—Si aparece alguien que te jode los planes…

La miro.

—¿Sí?

Sonríe.

—Avísame. Quiero verlo en primera fila.

Yo todavía no lo sé, pero esta es la última noche en la que creo tenerlo todo bajo control.