Millonario por castigo
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Chapter 1
No sé cómo se llama.
Y lo peor no es eso, sino que tampoco me interesa lo suficiente como para preguntárselo ahora.
Aunque tampoco lo haría después.
Estamos en la habitación del piso compartido en Vallecas donde vive y está apoyada en el cabecero, con la sábana cubriéndole lo justo, mirándome como si acabáramos de compartir algo más que un rato de cama y un par de gemidos bien medidos.
Tiene el pelo desordenado, la piel aún caliente y esa expresión que reconozco al instante: expectativa y error.
Siempre es un error.
Tanto para ellas como para mí.
Por eso nunca repito.
No me juzgues, entiéndeme…
Conoces a una tía tomando unas copas, intercambias dos frases, una mirada que se alarga más de la cuenta… y ya está.
Lo demás viene solo.
Un par de besos, un polvo de mierda en un baño y adiós muy buenas.
Esta noche al menos ha sido en una cama.
Hasta podría dar las gracias.
Cuando sucede en una cama, siempre es en la de ellas.
Nunca en la mía.
Menos en la de un hotel, paso de gastarme el poco dinero que tengo en pagar una habitación con lujos de mierda.
Así que, resumiendo, esta noche me he ahorrado sujetarla por las nalgas mientras se la meto en el baño mugriento y de baldosas pegajosas de cualquier pub.
También la habitación de hotel.
Así que sí… bien por mí.
Yo estoy de pie, buscando mis vaqueros entre la ropa tirada por el suelo, como si esto fuera una escena repetida demasiadas veces.
Y lo es.
Lo es tanto que podría hacerla con los ojos cerrados.
No vuelvas a juzgarme.
Solo tengo dos vicios: el tabaco y enrollarme con chicas guapas para sentirme un poquito querido.
El sexo es lo de menos.
Lo malo es que cuando terminamos me siento exactamente igual.
Es algo raro, supongo que esa es mi tara.
—¿Tienes agua? —pregunto, porque el cuerpo sí lo pide, aunque todo lo demás ya esté apagado.
Ella tarda medio segundo en reaccionar, como si le sorprendiera que diga algo que no sea su nombre o una promesa que no voy a hacer.
—Sí, claro —responde rápido, inclinándose para coger la botella de la mesilla—. Toma.
Bebo sin mirarla demasiado y siento el agua bajar por mi estómago vacío.
Después termino de vestirme y noto cómo sus ojos siguen cada movimiento, como si esperara encontrar en ellos alguna señal que le diga qué viene después.
Te adelanto algo: No viene nada, nunca viene nada.
—¿Te vas ya? —pregunta al final.
Claro que me voy, siempre me voy.
Nunca he dormido con una chica.
Me abrocho el pantalón con calma, sin prisa, como si eso pudiera suavizar la respuesta.
—Sí.
El silencio vuelve, pero esta vez pesa más.
Se coloca el pelo detrás de la oreja, incómoda, buscando algo a lo que agarrarse.
Muchas lo hacen.
Y lo entiendo, pero nunca prometo cosas que no voy a cumplir.
—Podríamos… no sé… vernos otro día.
La miro entonces.
Solo un segundo.
Lo justo para confirmar lo que ya sé.
Es guapa.
Mucho, además.
Tiene ese tipo de belleza que hace que la gente se gire por la calle, labios llenos, ojos grandes y piel cuidada.
El tipo de mujer que encaja en fotos bonitas, en planes de domingo, en vidas que no tienen nada que ver con la mía.
El tipo de mujer que otro hombre se quedaría a conocer.
Pero ese hombre no soy yo.
—No.
No lo digo con mala intención, pero tampoco es que derroche amabilidad.
Lo digo como se dicen las cosas que no se van a negociar y ya está.
No insiste.
Bien.
Eso facilita las cosas.
Cojo la chaqueta de la silla y me la pongo.
El olor de la habitación se me ha quedado pegado a la piel: perfume caro, sudor, sexo y algo dulce que me resulta empalagoso.
Lo noto en cuanto salgo de ella y camino por el pasillo.
Siempre es así y siempre me resulta demasiado.
—Oye —dice de repente.
Claro, me ha seguido hasta la puerta.
Me detengo, todavía dándole la espalda.
Joder.
—¿Qué?
—Al menos dime cómo te llamas.
Me giro lo justo, apoyando el hombro en el marco.
La miro sin acercarme.
No sonrío.
—¿Qué más da?
No espera eso y se le nota, porque durante un segundo parece que va a decir algo más, pero no lo hace.
Cierro la puerta antes de que pueda intentarlo y cuando salgo al exterior, el aire frío me golpea en la cara.
Mucho mejor , pienso pasándome la mano por la nuca rapada.
Me meto las manos en los bolsillos mientras empiezo a caminar sin rumbo fijo, como si necesitara alejarme de ese tipo de silencio que se queda dentro de las habitaciones cuando te vas demasiado pronto.
O quizá justo a tiempo, depende de cómo lo mires.
Las luces de la ciudad se reflejan en el asfalto húmedo. Coches pasando, gente hablando, risas que no son mías.
Podría haberme quedado, haberle seguido el juego, preguntado cosas, fingir interés…
Reírme en los momentos adecuados y hacer que todo pareciera un poco más humano, no sé.
No sirvo para eso.
O no quiero aprender.
Las dos opciones me valen.
Saco el móvil del bolsillo del pantalón y veo que tengo dos mensajes, pero ninguno es importante, porque nunca pasa nada importante.
Todos los días es igual.
Lidiar con la mierda que tengo en casa, trapichear para sacar unos euros cuando no tengo trabajos de mierda y poco más.
Lo vuelvo a guardar y levanto la vista.
La noche está ahí: oscura, ruidosa, imperfecta.
Real.
Y por alguna razón que no sé explicar —o que no quiero—, es lo único que no me decepciona cuando llego a uno de los pocos sitios que me gustan de verdad.
Antes te he dicho que solo tengo dos vicios: el tabaco y enrollarme con chicas guapas.
Te he mentido.
El tercero de ellos lo tengo delante.
Soy Oliver Luque, por cierto.