Milagro en Auschwitz Capítulo 15 - Reflexiones #3
98%

Capítulo 15 - Reflexiones #3

Mi fe no ha perdido robustez. La existencia humana es, en cualquier caso, un enigma.

Las personas que lo tienen todo en la vida al final no tienen nada, porque la vida se esfuma.

Nadie sabe qué nos traerá el día siguiente.

Recuerda que, después de esta vida, habrá otra.

Dios lo es todo. Él nos eleva a niveles superiores.

En última instancia, los cincuenta y un niños que salieron de aquella cámara de gas en el Simjat Torá de 1944 son signos de puntuación en una historia llena de infinidad de giros y vericuetos.

Para muestra un botón: a finales de mayo de 2025, la última de las incontables entrevistas realizadas para este libro reveló una probabilidad intrigante y una muestra de redención muy humana.

En su casa de Montreal, Silver Lifshe habló con pasión acerca de su búsqueda de información sobre su difunto padre.

De repente, Toivoi Gruen —o Tobias Green, como se llamaría tras comenzar una nueva vida en Canadá— dejó de ser una figura fugaz y extrañamente heroica de nuestra historia y se convirtió en alguien de carne y hueso, un hombre osado y de principios.

Lifshe tenía quince años cuando Toivoi murió de un infarto fulminante en 1986.

Era un padre cariñoso y ultraprotector, que prefería acompañar a sus hijos por el tobogán del parque antes que dejarlos bajar con libertad para evitar que se hicieran daño.

Nunca habló de su extraordinario acto de desafío frente a Josef Mengele, que le permitió sobrevivir a la selección en el campo de fútbol de Auschwitz-Birkenau.

En ese momento tenía doce años y no ganaría altura hasta años después.

Ya de adulto, solía mostrarse reservado respecto a la cicatriz que tenía en la frente y que la familia creía que era resultado de un accidente durante la guerra.

Lógicamente, razonaría Lifshe, estaba relacionada con el momento en que su padre, en un intento desesperado por sobrevivir, dio un cabezazo a un trozo de madera que Mengele había fijado al marco de la portería.

Se puso en contacto con Naftali después de ver un fotograma de su documental sobre Josef Lewkowicz.

En él se veía a un niño al que llevaban en camilla a una ambulancia tras la liberación de un campo de exterminio de nombre ignoto.

Sucio, demacrado y con cicatrices, parecía mucho mayor de lo que habría sido Toivoi en aquel entonces, pero tenía un parecido asombroso con él.

Fue uno de los últimos chicos en ser deportado a Auschwitz-Birkenau por las autoridades húngaras como parte de un grupo de siete mil ochocientos judíos hacinados en un gueto improvisado en el bosque de Bung ă r, un hayal ancestral a las afueras de Dej que había estado bajo control rumano hasta 1940.

Las condiciones eran horrendas: a los deportados se los golpeaba, se los torturaba y se los privaba de alimento.

Aunque no se conserva información sobre los pasajeros, es probable que Toivoi viajara en uno de los dos trenes de mercancías que partieron los días 6 y 8 de junio de 1944.

Alrededor de siete mil de los trasladados desde el bosque fueron exterminados al llegar a Auschwitz.

A la madre de Toivoi y a cuatro de sus cinco hermanos los llevaron de inmediato a la cámara de gas.

Su padre, una figura respetada en la comunidad por su papel como shochet —matarife ritual de ganado y aves de corral—, sobrevivió a la selección inicial, pero lo mataron cuando se debilitó demasiado para trabajar.

Trágicamente, la hermana superviviente de Toivoi, que trabajaba en las cocinas de Auschwitz, murió cuando el Tercer Reich se estaba derrumbando.

La sacaron del campo como parte de un envío de mujeres a las que encarcelaron de manera apresurada en un convoy de barcos prisión.

Tres de ellos —el transatlántico SS Cap Arcona y sus buques de apoyo, el Deutschland y el Thielbek— fueron hundidos en el mar Báltico occidental en mayo de 1945.

Murieron más de siete mil personas en la que constituye una de las mayores pérdidas de vidas en el mar durante la guerra.

Toivoi sobrevivió gracias a su astucia. Una de las pocas cosas que compartió con su hijo Yaakov antes de fallecer fue su desconfianza innata hacia los nazis.

En la marcha de la muerte desde Auschwitz, instó a quienes lo rodeaban a no creerse las promesas de las SS, que aseguraban que los llevaban a cómodos barracones en los que podrían comer, ducharse y vestirse.

Él fue uno de los cerca de setenta y cinco prisioneros que decidieron correr el riesgo de negarse a seguirlos.

Por increíble que parezca, no los asesinaron en el acto, sino que los dejaron a su suerte.

A aquellos que se tomaron al pie de la letra las lisonjas de las SS nadie volvió a verlos.

Al terminar la guerra, Toivoi estuvo seis meses hospitalizado para recuperar fuerzas.

Luego lo trasladaron a un campo de personas desplazadas y más adelante ingresó en la yeshivá Meor Hagolah, una escuela rabinica fundada por el rabino lituano Ephraim Oshry en Roma para chicos ortodoxos procedentes de Checoslovaquia, Hungría, Lituania, Polonia y Rumania.

En octubre de 1951 viajó en clase turista en barco desde Italia hasta Halifax, en Nueva Escocia, como parte de un programa de reasentamiento de huérfanos patrocinado por el Gobierno canadiense.

Se aseguró de que varias de sus primas hermanas, todas las cuales habían experimentado pérdidas similares a las suyas, pudieran acompañarlo y comenzar también de cero.

Se estableció en Montreal, aprendió inglés, cambió de nombre, se pagó la carrera universitaria y obtuvo un máster en Economía antes de convertirse en asesor financiero.

En 1966 se casó con Martha Winter, cuyo padre Moshe había sido deportado a Auschwitz desde un campo de trabajo.

Mientras esperaba que unieran su vagón de ganado, su último acto había sido garabatear una nota para su esposa, que lanzó sobre las vías.

Contra todo pronóstico, ella la recibió y en última instancia se mudó con su familia a Nueva York tras sobornar a funcionarios comunistas de la Budapest de posguerra para que tramitaran los visados de salida.

Por su parte, Toivoi agregó otra capa más a sus estrictas tradiciones religiosas jasídicas al convertirse también en un ferviente sionista, lo que lo llevó a donar una ambulancia a Israel.

—No deberíamos tener que huir —les dijo a sus hijos en un raro momento de sinceridad—. Como judíos, es muy importante que tengamos nuestro propio país.

Su hija Lifshe se reía al reconocer que comparte con su padre el hábito de comerse la comida sobrante.

Esa aversión a desperdiciar, común entre los supervivientes del Holocausto, era una consecuencia directa de las privaciones que había sufrido de niño.

«A pesar de que éramos demasiado jóvenes para obtener muchas respuestas, él llevaba Auschwitz en la sangre —explicaba Lifshe—.

Tenía una resiliencia extraordinaria. Siempre que la vida adoptaba connotaciones negativas, nos recordaba las ventajas con las que habíamos nacido.

Pasara lo que pasara, seguía adelante con una sonrisa.

Estaba agradecido. Nada podía ser peor que Auschwitz».

Toivoi llegó a conocer a Josef Lewkowicz, pero padecía una enfermedad cardíaca; su muerte proporcionó varias pistas sobre su carácter.

Un grupo de judíos ultraortodoxos de la comunidad jasídica de Williamsburg, en Brooklyn, viajó a Montreal para dar el pésame a la familia durante la shivá, el periodo de duelo de siete días posterior al entierro.

Revelaron que conocían a Toivoi de Auschwitz y lo describieron como un chico astuto, valiente y atento, que introducía cigarrillos de contrabando para intercambiarlos por comida que compartía con los demás.

Lo recordaban por su gran sonrisa y su constante ruego: «Nunca debemos rendirnos. Tenemos que resistir».

Aunque no definitivos, su entierro aportó indicios muy convincentes de que él era, en efecto, uno de los cincuenta y un niños liberados de la cámara de gas.

Lifshe recuerda que, durante el servicio, el rabino habló sobre el indulto de su padre y un primo de Toivoi contó que cada Simjat Torá daba gracias por el milagro de su supervivencia.

Cuando Lifshe localizó al rabino más de una década después, su memoria había empeorado debido a la demencia, pero ella también está convencida de que su padre se salvó en circunstancias de un dramatismo único.

«El dolor te hace sentir vivo», le dijo él en una ocasión mientras se recuperaba de una fractura de pierna.

Toivoi utilizó su dolor como motivación para aprovechar su segunda oportunidad en la vida. Él y cincuenta chicos más recibieron una suerte de inmortalidad. En aquel lluvioso día de octubre de 1944, se volvieron jóvenes para siempre.