Milagro en Auschwitz Capítulo 15 - Reflexiones #2
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Capítulo 15 - Reflexiones #2

«¿Crees que Auschwitz es el único lugar en el que se necesita fe?

—preguntaba—. Nuestro éxito en la vida viene de Dios.

La gente me pregunta qué significa ser un superviviente.

Si tengo un mensaje es que nunca hay que perder la esperanza, por mala que sea la situación en la que uno se encuentre.

Yo siempre confié en el Pastor. Y no me fue mal».

Avigdor Neumann acepta la influencia de un poder superior «porque me condujeron a la muerte y fui salvado.

Si uno observa, puede ver el dedo de Dios moviéndose».

Pero su papel como embajador de Espíritu de Israel, el mayor centro de promoción de los derechos civiles del país, es proactivo, revelador y, sobre todo, oportuno.

En 2025, a la edad de noventa y cuatro años, conmemoró el Día de la Memoria del Holocausto participando en un vídeo junto a tres niños: Dafna Elyakim, de quince años; Eitan Yahalomi, de doce, y Ella Elyakim, de ocho, todos liberados de su cautiverio después de que Hamás los tomara como rehenes el 7 de octubre de 2023.

El propósito de su mensaje, compartido en hebreo, inglés, ruso, alemán, rumano, polaco y yidis, es denunciar el auge del negacionismo contemporáneo y su vínculo histórico con el Holocausto.

Es intenso y conmovedor debido a los horrores perpetrados alrededor de los niños cuando irrumpieron en su hogar.

Cuando el kibutz de Nir Oz se vio sometido a un ataque continúo de obuses, la familia de Eitan se refugió en el cuarto de seguridad de su casa.

Al ver que no conseguía cerrar la puerta con llave, su padre, Ohad, un guía naturalista franco-israelí, decidió montar guardia delante con una pistola.

Tras resultar herido en el tiroteo, lo capturaron y lo sujetaron a dos motocicletas junto con su esposa Batsheva y sus tres hijos.

Batsheva consiguió escapar con sus dos hijas durante el caótico trayecto hasta Gaza, pero a Eitan lo retuvieron en un túnel durante cincuenta y dos días hasta que se negoció su liberación en el marco de una frágil tregua.

En enero de 2024, un grupo afín a Hamás difundió un vídeo en el que declaraba fallecido a Ohad, pero su cuerpo no fue devuelto hasta el 27 de febrero de 2025 como parte de un intercambio de rehenes y prisioneros.

Tenía cuarenta y nueve años. Durante su funeral, celebrado el 5 de marzo, su viuda se dirigió a los presentes mientras sucumbía una y otra vez al llanto. En el panegírico, sus familiares le prestaron su ayuda sujetándole los hombros para evitar que se desplomara.

—Dieciséis años de alegría y luz y ahora la luz se ha apagado. ¿Cómo sigo adelante sin ti? ¿Adónde voy? El 7 de octubre saliste a protegernos. Esa es tu esencia: proteger a tu familia, en la que todos están unidos por fuertes lazos de amor.

Dafna y Ella Elyakim también perdieron a su padre, al que se vio con vida por última vez en un vídeo grabado la mañana del 7 de octubre mientras los combatientes de Hamás lo empujaban a punta de pistola a pesar de haber recibido una grave herida en la pierna.

Ambas niñas seguían cautivas en Gaza cuando, diez días después, se descubrió su cuerpo entre las ruinas de su kibutz, Nahal Oz. Tenía cuarenta y seis años.

El valor que demostraron los tres niños al participar en la campaña junto a Avigdor Neumann es extraordinario.

El vídeo comienza con el sonido de una notificación en un móvil.

A continuación aparece un influencer de redes sociales que afirma que las atrocidades cometidas por Hamás son una invención.

El plano se desplaza por el rostro de los niños, que como es comprensible se muestran cohibidos, hasta llegar a Avigdor, que lleva arremangada la manga de su jersey gris para dejar a la vista el tatuaje de Auschwitz.

«Podrán negarlo todo lo que quieran —dice al tiempo que lo señala—, pero hay cosas que no se pueden borrar».

El vídeo concluye con el eslogan de la campaña: «Nunca más es ahora».

Resulta sobrecogedor darse cuenta de que Dafna tiene dos años más de los que tenía Avigdor cuando lo deportaron a Auschwitz-Birkenau.

Tras la guerra dejó la escuela, «cuando decidí que era un genio», y a los diecisiete años y medio se ofreció voluntario en las Fuerzas de Defensa de Israel, poco después de su creación en mayo de 1948.

En el Holocausto no teníamos poder para valernos por nosotros mismos.

Los alemanes asesinaron a seis millones de judíos, entre ellos un millón y medio de niños, por el mero hecho de ser judíos.

No había otra razón. Pero no teníamos una fuerza organizada que nos protegiera, no teníamos recursos, nada. Ahora tenemos un país, una estructura.

La primera vez que me puse el uniforme, la primera vez que tuve un fusil en las manos, lo trascendió todo.

Nada puede explicar que llegáramos tan lejos en 1948.

Había seiscientos mil judíos, cinco ejércitos acorazados y un sinfín de enemigos alineados contra nosotros.

Ganamos. El Estado vive al día, igual que nosotros en los campos.

He pasado por todo: sufrimiento físico, sufrimiento mental, tortura, muerte. Desde Auschwitz, no he tenido padres. No tenía un hogar ni a nadie a quien acudir. He vivido guerras. He sufrido heridas. Y, aun así, encontré el valor para no desesperarme. Nos levantamos y fundamos un país aquí.

Por un lado participas, compartes el dolor de los demás, pero aun así vives.

Y, si vives, te regocijas. Eso no socava la tristeza de los demás ni sus recuerdos.

Tu infancia te pasa por delante de los ojos de manera constante.

Recuerdas a tu madre, a tu padre, a los que has perdido, pero, pese a todo, continúo aquí y llevo una vida normal. He construido una familia.

Sigo sin entender por qué me salvé, pero mi destino me fue impuesto.

No está en mis manos. Sé que tengo una edad en la que, gracias a Dios, ya no quedan tantas personas vivas.

Nadie quiere morir, pero no me da miedo de irme.

¿En qué creo? Creo que Él me mantiene aquí porque estoy relatando la historia de la última generación a la nueva generación.

La historia es una caja de resonancia que puede resultar reconfortante o disonante, según el estado de ánimo o el momento.

David, el hijo de Hershel Herskovic, es un exitoso bloguero que ofrece una perspectiva reveladora sobre lo que significa crecer siendo hijo de un superviviente y sobre las secuelas emocionales que el Holocausto sigue ocasionando:

Cuando éramos niños, y no creo que en la actualidad sea muy distinto en nuestras comunidades, la educación sobre el Holocausto era inexistente.

Conocíamos los detalles a través de nuestros padres y abuelos, aquellos pocos que los tenían, pero todo era muy confuso.

Yo sabía que mi padre había estado en Auschwitz y que después contrajo el tifus.

Las historias que contaba hablaban de robar comida, de presentar una queja a Mengele, de verse apartado de la selección para la cámara de gas.

Por supuesto, conocíamos la cifra de seis millones, pero el resto era muy vago.

«Seis millones» es algo que se dice con demasiada facilidad y nosotros no teníamos nociones de geografía ni contexto.

Mi padre hablaba del gueto de Munkacs y nosotros conocíamos los guetos de la Edad Media, así que ¿cuál era exactamente la diferencia?

Oíamos hablar de Varsovia, pero no de Kovno ni de otros guetos, mientras que «Babi Yar» era una palabra extranjera.

Aun así, respirábamos el Holocausto en la sangre, porque estaba por todas partes.

El hombre que había visto cómo mataban a tiros a sus padres.

El encargado de la cocina de nuestra yeshivá, que solo repartía pan del día anterior.

Cuando alguien se lo reprochaba, replicaba: «En Auschwitz ni siquiera teníamos esto».

Los padres que no hablaban de sus experiencias con sus hijos. Las conversaciones entre adultos que no podíamos seguir. Los sollozos durante el Yizkor [servicio conmemorativo judío que se recita cuatro veces al año]. La lista de hermanos y hermanas asesinados, en libros y en las paredes.

Faltaba el trauma emocional, del que los supervivientes no podían ni querían hablar porque aún era demasiado reciente y porque el mundo no estaba preparado para escuchar.

Faltaba también nuestro propio trauma, el hecho de que esa generación de padres, familiares, profesores y miembros de la shul nos había criado.

Son temas difíciles, sin respuestas simples ni únicas.

Al padre de David todavía le gusta cantar y bailar.

Hershel Herskovic bebe vodka en el sabbat y brinda con un chupito de whisky al tiempo que dice: «L’chaim» («Por la vida»).

Intenta salir a caminar con frecuencia «porque si no mis huesos se secarán».

Se niega a sucumbir a la tristeza «porque, cuando soy infeliz, siento que esos enemigos que querían matarme se alegrarían mucho».

Ha bajado su ritmo de vida, pero está en paz.

¿Qué sentido tiene ser infeliz? No gano nada con ello. Básicamente, sé que esto no va a durar. Voy a desaparecer, así que en ese sentido no me tomo la vida tan en serio. He vivido, he hecho esto y aquello y trato de aprender de mis propias reflexiones. Veo lo que sucede en el mundo.

Es decir, mi carne es la prueba de que Dios me ha creado.

Puedo mover los dedos. Puedo hablar. Puedo oír.

Puedo pensar. Pero, cuando una persona envejece, se debilita.

¿Por qué nos ha hecho Dios así? No puedo responder esa pregunta.

Cuando somos viejos necesitamos más energía, pero Él nos la quita para dársela a otros.

Vivimos en un mundo misterioso que nadie entiende de verdad. Tengo mis días tristes, pero no por lo que pasa a mi alrededor, porque no puedo hacer nada al respecto. No puedo contribuir ni puedo ignorarlo, así que ¿por qué debería entristecerme?