Milagro en Auschwitz Epílogo - Las cosas que acarreamos
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Epílogo - Las cosas que acarreamos

Epílogo - Las cosas que acarreamos

Epílogo

Las cosas que acarreamos

de Naftali Schiff

Este libro comenzó con un misterio. ¿Cómo era posible que cincuenta y un chicos adolescentes, jóvenes judíos húngaros a los que desnudaron y llevaron a las cámaras de gas de Auschwitz-Birkenau en el Simjat Torá de octubre de 1944, salieran de allí con vida?

¿Cómo pudo ocurrir semejante milagro en un lugar diseñado para la muerte, donde la misericordia estaba desterrada y tan pocas historias terminaban con algo que no fuera silencio?

Hemos acompañado a estos chicos durante su milagrosa salvación, su supervivencia y las vidas que reconstruyeron con valor y fe.

Hemos escuchado sus voces, frágiles y vehementes, resonar a través de los años.

Ahora, para poner punto final a esta historia, me gustaría compartir lo que este viaje ha acabado significando para mí.

Esto va mucho más allá de un relato histórico: es una misión personal.

Durante los años de investigación que precedieron a la escritura de este libro, estos chicos se convirtieron en mis maestros, mis padres, mis hermanos, un recordatorio constante y consciente.

Cargo conmigo a diario el peso de su historia de una manera literal.

Mis bolsillos están siempre demasiado llenos, no de monedas o llaves, sino de pequeños objetos sin pretensiones.

Algunas piedras, unas cuantas etiquetas, hasta un pequeño juego.

Para cualquier otro podrían parecer simples baratijas, pero para mí son un cargamento sagrado.

Memoria, misión, identidad, todo condensado en un peso del tamaño de la palma de la mano.

Cada uno de estos objetos tira de mi conciencia.

Cuando el mundo se vuelve demasiado ruidoso, me susurran: «No olvides, no te distraigas y no pierdas de vista lo que realmente importa».

Pequeñas piedras que recogí en Auschwitz-Birkenau.

Al principio dudé. ¿Estaba bien perturbar el suelo de ese lugar sagrado y empapado de sangre?

Pero algo más profundo me empujó a llevarme un recuerdo del final de las vías del tren.

Piedras que son testigos, piedras que experimentaron los gritos de separación e incertidumbre, que absorbieron el humo que salía rugiendo de los crematorios.

Las llevo conmigo no solo por mí, sino también por aquellos que ya no pueden.

También hay otras piedras, de Be’eri y Kfar Aza, dos kibutz del sur de Israel en los que familias judías llevaban vidas corrientes con una esperanza extraordinaria hasta que el mal volvió a hacer acto de presencia el 7 de octubre de 2023, la misma fecha del calendario judío —Simjat Torá—, un día festivo que se transformó en un día de dolor, sufrimiento y duelo.

El simbolismo es aplastante. Y, así, las piedras permanecen juntas en mi bolsillo.

Gritos de dolor, tormento e incredulidad judíos que atraviesan el tiempo y el espacio.

Recordatorios palpables de que la historia no ha quedado atrás, sino que sigue desarrollándose mientras nuestra historia continúa escribiéndose y, como judío creyente, sostengo que el Autor de nuestra historia usa Su mano para guiarnos a cada paso del camino.

Sencillamente, no puedo aceptar que nuestra historia o destino sean aleatorios.

Por eso me siento tan vinculado con el relato de los cincuenta y un chicos, porque lo que ocurrió en el Simjat Torá de 1944 desafía la comprensión humana.

Los chicos ya habían sido marcados para la muerte.

El Zyklon B estaba preparado. El crematorio, listo.

Las puertas habían empezado a cerrarse. Sus últimos momentos en esta tierra se hallaban a meros minutos de distancia.

En el último instante, los arrancaron de la muerte y los devolvieron a la vida.

En lugar de ser asesinados, cincuenta y un chicos judíos de entre trece y diecisiete años fueron conducidos a descargar patatas en una surrealista danza de Simjat Torá en Auschwitz.

No se dio ninguna explicación. Quizá se debió a la confusión.

Quizá fue casualidad. Quizá la compasión de un alemán inusual.

Pero todos los supervivientes con los que he hablado durante dos décadas te dirán que fue otra cosa. Fue un neis, un milagro.

Los habían descartado, literalmente. Sus nombres, tachados en los libros de registro. Su barracón, marcado con la palabra « Gestorben » («muertos»). Pero no estaban muertos. Se convirtieron en el único grupo conocido de judíos que salió vivo de una cámara de gas nazi.

Después, Dugo Leitner recordaría haber pensado: «No estamos muertos… todavía». Fue una interrupción aterradora, no una liberación ni una celebración. Tan solo un momento frágil suspendido entre el horror y la supervivencia.

La guerra no había terminado. Su sufrimiento no había llegado a su fin.

Esqueléticos, sin zapatos y hambrientos, los chicos todavía tuvieron que sobrevivir a los meses siguientes: las selecciones, las palizas, las marchas de la muerte.

Uno se quedó ciego. Otros enterraron a sus amigos.

Otros nunca volvieron a hablar de ello. Pero todos acarreaban algo muy profundo: una terca negativa a rendirse.

Al pueblo judío se lo ha llamado am k’shei oref .

Una nación porfiada. No era necesariamente un cumplido, pero quizá siempre fue una necesidad.

Solo un pueblo porfiado podría seguir creyendo en Dios después de Auschwitz.

Solo un pueblo de una terquedad tan extraordinaria podría ver a sus seres queridos consumidos por el fuego y, aun así, sobrevivir para formar familias, construir escuelas y volver a bailar con un rollo de la Torá.

Solo un pueblo porfiado podría transformar el dolor en motivación.

Este libro no es solo historia, también es tora; no en el sentido literal de los cinco libros de Moisés, sino en el sentido judío más profundo de sabiduría vivida y enseñanza moral. Una tora escrita no con tinta, sino con dolor. Una tora de lágrimas, resistencia y una dignidad inimaginable.

Me he sentado con estos hombres, los chicos que sobrevivieron. Unos ciegos, otros frágiles, otros tan lúcidos como siempre. Los he cogido de las manos, he escuchado cómo les temblaba la voz, los he visto interrumpirse en medio de una frase cuando el recuerdo arrollaba el lenguaje.

Como ser humano, padre, maestro y rabino, al plantearme entrevistar a supervivientes del Holocausto, quise encontrar esa autenticidad humana que los libros de texto no pueden transmitir y que la inteligencia artificial no puede generar.

¿Y qué he aprendido? Que la resiliencia humana no es una teoría; es un latido del corazón.

Que la emunah («fe») no significa tener todas las respuestas, sino negarse a rendirse ante las preguntas y permanecer fiel hasta en los momentos más oscuros.

Que incluso en Auschwitz, incluso en la cámara de gas, el alma judía podía titilar con actitud desafiante contra los vientos de la muerte.

Incluso en su silencio, estos hombres son mis mejores maestros.

Además de piedras, hay otras cosas que siempre llevo conmigo. Una pitillera de plata que mi abuelo recibió cuando el Ejército británico lo dio de baja con honores tras la Primera Guerra Mundial. Un judío con uniforme luchando por un país del que nunca supo con certeza si lo quería.

También la placa militar de mi padre, con una palabra grabada: « schiff » («judío»). Sin eufemismos. Solo claridad.

Y mi propia diskit , mi carné del Ejército israelí. El símbolo de un judío que sirve con orgullo al Estado soberano de Israel, plantado sobre suelo judío, defendiendo nuestro futuro.

Una etiqueta de rehén para aquellos que aún están prisioneros. Un pequeño Tehilim , un Libro de los Salmos, para rezar por ellos y por los que luchan por su libertad y para que la decencia y la bondad prevalezcan en todo el mundo.

Y, créanlo o no, unas cuantas fichas de Tiddlywinks. Un trivial juego infantil, guardado junto con todo ese peso. Un recordatorio quizá no tan liviano de que no estamos aquí solo para jugar a Tiddlywinks, de que la vida no es un juego de niños, de que garantizar un futuro digno no es un juego.

Estos son mis simanim personales, mis señales. No son reliquias; son letreros en el camino. Me recuerdan cada día: «¿Qué harás con esta historia? ¿Cómo la llevarás adelante?».

Demasiado a menudo, tratamos la historia como un museo. Polvorienta, trágica, respetuosamente distante. Pero el judaísmo nunca ha sido cuestión de nostalgia; gira en torno a la transmisión y la responsabilidad sagrada de aprender las lecciones del pasado para iluminar el futuro.

Estos cincuenta y un chicos no pidieron ser recordados, pero, gracias a mis conversaciones con ellos, tengo claro que quieren que compartamos su carga, que acarreemos su dolor y, al mismo tiempo, saquemos fuerza de su coraje.

En lugar de ser prescindibles, podemos decidir sentimos inspirados por sus preguntas, su voluntad de vivir y su sencilla fe.

Este libro documenta los detalles históricos, los nombres, los rostros, las fechas y los lugares.

Pero no es suficiente.

Su historia solo vivirá si nos impulsa a actuar, a enseñar, a construir, a amar, a luchar contra el odio, a abrazar nuestra fe con integridad, a educar a niños que sepan quiénes son y se preocupen por los demás.

Si recordamos, sobrevivimos. Si transmitimos nuestro legado, prosperamos.

Que esto ocurriera en Simjat Torá, el día en que completamos el ciclo anual de la lectura de la Torá, el día en que bailamos con la Torá, no es casual. Los nazis conocían el calendario judío. Escogieron a propósito nuestros días sagrados.

Jugando a ser Dios, Mengele seleccionaba a inocentes para vivir o morir con un cínico movimiento de su muñeca y su dedo.

Intentaron convertir nuestro júbilo en destrucción, pero de lo que no se percataron, lo que jamás alcanzaron a entender, es que, aunque Simjat Torá marca un final, también señala un nuevo comienzo cada año, que es imposible limitar el círculo del baile de Simjat Torá y extinguir su luz interior.

Porque no bailamos con la Torá solo en la alegría; bailamos incluso en la oscuridad.

Estos chicos, salvados en Simjat Torá, se convirtieron en nuestros rollos de Torá vivientes. Desgastados, maltrechos, pero sagrados. Sus vidas fueron rollos. Su supervivencia, una consagración del nombre de Dios.

Y hoy, cuando veo a sus nietos y sus bisnietos bailando con la Torá, me doy cuenta de que los nazis perdieron mucho más que una guerra. Perdieron la batalla por el significado.

¿Y qué hacemos ahora?

Trasladamos el legado.

Enseñamos. Recordamos. Nos oponemos al olvido del mundo y la pereza moral.

Pronunciamos los nombres de esos chicos.

Contamos su historia no como una reliquia, sino como un espejo: «¿Quién habría sido yo?

¿Habría luchado? ¿Habría compartido mis escasas raciones de comida?

¿Habría ayudado a un primo a colarse en la fila de las patatas? ».

No solo preguntamos qué les pasó a ellos, sino también qué querrían de nosotros.

¿Querrían que recitáramos oraciones conmemorativas o encendiéramos una vela solitaria para luego volver a nuestra rutina?

¿O querrían que nuestras vidas tuvieran un propósito, profundidad espiritual, coraje?

¿Querrían que recordáramos cómo sobrevivieron? ¿O que tomáramos el relevo de aquello por lo que ellos vivieron?

Este libro comenzó como una búsqueda. No tenía la intención de escribirlo. Tropecé con él, susurrado por los labios de un superviviente que ya no estaba seguro de que a alguien le importara.

Pero, a lo largo de los años, los fui encontrando, uno a uno. Y, en cada ocasión, sentía que no estaba conociendo a un fantasma, sino a un guardián.

No solo me contaban lo que había pasado.

Me pedían, me suplicaban, que no dejara que todo terminara con ellos.

Así que aquí estoy.

Aquí estamos.

Y aquí estás tú, ya seas judío o gentil, sosteniendo en tus manos esta nuestra historia.

Ya no es solo suya.

Ahora es tuya.

Porque nuestra historia debe continuar.

Así que sí, mis bolsillos están llenos.

Llenos de piedras y relatos. De fe y miedo. De recuerdos y misión.

Pero también lo está mi corazón.

Y sé exactamente por qué acarreo estas cosas.

No porque nuestra historia haya terminado.

Sino porque debe continuar.

Ahora nuestra historia está en tus manos.

No solo para que la leas, sino para que la sostengas, la acarrees y la vivas.

Estos chicos no solo se salvaron de la muerte; también se les encomendó la vida, el legado, la llama de la continuidad judía, la pasión de construir un mundo mejor.

Y ahora esa responsabilidad ha pasado a nosotros.

Somos el siguiente capítulo. Llevémoslo con coraje. Honrémoslo con acción. Construyamos un mundo que justifique su supervivencia. Porque su historia ya no es solo suya. Es nuestra historia; es su legado y es nuestra herencia. Es nuestra obligación asegurarnos de que nunca jamás se apague.