Capítulo 14 - La banalidad del mal #3
Su primera experiencia en combate tenía un significado simbólico, porque era la primera vez que el nuevo Estado nación mandaba a luchar a supervivientes del Holocausto. Durmió dos o tres horas antes de que lo despertaran, justo antes del amanecer:
Estaba emocionado, sin duda. Me entusiasmaba la idea de ir a la guerra, aunque también tenía miedo.
Nos metieron en camiones. No sabíamos a dónde íbamos, pero sabíamos que íbamos a la guerra.
Sabíamos que iba a morir gente. Nos recibió el comandante de nuestro pelotón.
No recuerdo exactamente qué nos dijo, pero fue algo así como: «Bienvenidos al campo de batalla».
El comandante era Ariel Sharon, futuro primer ministro de Israel.
Por entonces lo llamaban Arik Scheinerman y se había labrado una reputación de soldado temible durante una serie de ataques implacables contra asentamientos árabes, líneas de suministro, bases militares y puentes de importancia estratégica.
Sharon plasmó la esencia de la actividad de su brigada en su autobiografía de 2001 Warrior («Guerrero»):
Nos habíamos hecho expertos en orientarnos en las noches más oscuras y poco a poco desarrollamos la fuerza y resistencia que requerían este tipo de operaciones.
Bajo la presión del combate constante, nos unimos más y empezamos a operar no solo como una unidad militar, sino casi como una familia.
Entrábamos en combate casi a diario. Las emboscadas y batallas se sucedían hasta que parecían fundirse en una sola.
En un principio, Mordechai participó en la primera batalla de Latrún, un intento fallido de romper las líneas enemigas para socorrer a la comunidad judía sitiada en Jerusalén.
La batalla comenzó el 25 de mayo y se prolongó hasta el 18 de julio, tiempo durante el cual la Legión Árabe jordana repelió cinco ataques israelíes.
Latrún tenía una importancia geográfica clave, ya que se hallaba cerca de la confluencia de dos carreteras principales: la que iba de Jerusalén a Tel Aviv y otra entre Gaza y Ramala.
Sharon la describió como una «batalla horrible»; aunque algunas fuentes calculan que hubo hasta dos mil bajas, él documentó que su brigada perdió a 139 hombres.
En su cuarto día de combate. Mordechai sufrió una grave herida en la cabeza, mientras que Sharon también resultó herido por disparos en la ingle, el pie y el estómago.
No había ambulancias disponibles, por lo que ambos caminaron juntos hasta un centro de evacuación en un pueblo cercano.
De los ocho hombres que viajaban en el camión que luego los trasladó al hospital, dos murieron antes de llegar.
Latrún permaneció bajo control jordano hasta la guerra de los Seis Días, en junio de 1967, cuando Mordechai combatió en la península del Sinai con la 48 a División.
Para entonces ya era un militar de alto rango.
Tras una baja de seis semanas para recuperarse de sus heridas, pasó seis meses en un curso de formación para oficiales.
Mientras Sharon ascendía con rapidez hasta llegar a ser el general al mando del comando sur de las Fuerzas de Defensa de Israel, Mordechai se convirtió en instructor e impartía clases sobre los principios del liderazgo.
Describió al líder ideal en términos sencillos como «aquel al que otros quieren seguir».
Se jubiló en 1978 tras treinta años de servicio en el Ejército y, aunque su antiguo comandante ascendió en el arduo camino de la política israelí y llegó a ser primer ministro entre 2001 y 2006, Mordechai siente un profundo rechazo hacia quienes buscan un cargo público sin escrúpulos.
«¿En qué ayudan los políticos?», pregunta con mordacidad.
Es evidente que el actual primer ministro, Benjamin Netanyahu, no le impresiona en absoluto: «Tengo la sensación de que está dispuesto a reducir el país a cenizas para sus propios fines».
Mordechai acepta sin problemas la faceta pública de su condición de superviviente veterano y expresa con seguridad sus contundentes opiniones, aunque a medida que se acerca a los noventa y seis años empieza a mostrar indicios de vulnerabilidad.
A pesar de que describía el matrimonio como «el sueño de mi vida», acabó divorciándose.
Adora a sus nietos y bisnietos, pero le preocupa la mala salud de sus hijos Uri y Ofer, que tienen sesenta y poco años.
En ocasiones, cuando mantiene conversaciones imaginarias con su madre, llora y se pregunta: «¿Por qué me comporto como un niño? ».
En última instancia, Mordechai acepta que su condición de superviviente será lo que lo defina, pero insiste en que su tatuaje de Auschwitz «no significa nada para mí porque lo veo todos los días en la ducha».
Aunque celebró la muerte de Mengele, que se ahogó en 1979 tras sufrir un ictus mientras nadaba delante de Sao Paulo, sostiene que él «no habría permitido que tuviera una muerte tan fácil».
Ha visto un sufrimiento tan inimaginable y ha experimentado pérdidas tan profundas que no resulta sorprendente que su mensaje final de esperanza suene como un epitafio: «Solo deseo que las generaciones futuras sean lo bastante inteligentes como para mantener la unidad y el amor. Que haya paz».