Milagro en Auschwitz Capítulo 14 - La banalidad del mal #2
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Capítulo 14 - La banalidad del mal #2

«En todas las estaciones, los italianos se apeaban del tren para volver a casas que no habían visto en años —recordaba—.

El pueblo entero esperaba con refrescos ese tren y en algunos lugares incluso con una orquesta de bienvenida.

En cada estación había gente que bajaba, pero a nosotros, los judíos, nadie nos esperaba.

Eso me provocó una punzada en el corazón.

Era la vivida imagen de que no teníamos a nadie».

El impacto subconsciente de su supervivencia nunca se alejó de la superficie.

Contaba a su familia que había «desperdiciado toda mi valentía en Auschwitz».

No permitía que Meir montara en bicicleta por miedo a los accidentes.

Tampoco dejó que sus tres hijos se sacaran el permiso de conducir por un motivo parecido.

«Aun así, nos sentimos privilegiados de formar parte de su legado —reflexionó en 2011 su hija Tova Strassberg en una entrevista para Mishpacha , una revista semanal dirigida a la comunidad jaredí de Israel—.

Nos inculcó una fe inquebrantable en que Hashem [Dios] puede sacarte de los lugares más sombríos».

El entramado de la historia lo unió a aparentes desconocidos.

Unos treinta años después de la guerra, se encontró por casualidad con el chico que lo había ayudado a desplazar un pesado barril de madera a la cocina de Auschwitz.

Yosef se escondió dentro del barril esa noche antes de colarse en el grupo de trabajo de Kaufering y nunca olvidó el acto desinteresado de su fugaz amigo.

De igual modo, conservaba en la mente una vivida imagen de la mirada cómplice que le dirigió el kapo que sabía que él no debería haber estado en la fila esperando para salir.

—¿Cómo has conseguido llegar hasta aquí? —murmuró el kapo . Yosef se puso en manos de su clemencia y, contra todo pronóstico, el kapo le dijo—: Toma tu vida.

A todos los que iban en el vagón de ganado les dieron una barra de pan entera, señal de que estaban a punto de emprender un largo viaje, lejos del alcance de Mengele.

En una conversación con Naftali, mi colaborador, hacia el final de su vida, en agosto de 2020, quedó claro que Yosef Kleinman comprendía la naturaleza de su misión y el impacto de su legado:

Acudo a muchos sitios, pero siempre termino mi historia diciendo: «No voy a morir, porque vosotros podéis transmitir a las generaciones futuras que habéis oído hablar de Auschwitz de primera mano».

Mordechai Eldar fue otro superviviente marcado por el efecto de Eichmann:

Hasta el juicio, era incapaz de oír hablar del Holocausto. No quería escuchar nada. Puedo entender el escepticismo de los demás, porque no estuvieron en nuestra situación y en cualquier caso eso forma parte de la guerra, pero nunca olvidaré que se reían de nosotros. Los veteranos son los héroes.

En los años ochenta comenzó a relatar sus experiencias del Holocausto y preparó un folleto que describía su calvario para sus familiares más cercanos, incluidos tíos, tías y primos, que se convertiría en un libro publicado en 2002.

Su único pesar fue que su hermano Judah falleciera antes de poder leerlo.

Se habían reencontrado en Holanda en 1946:

Entré por la puerta y allí estaba él. Nos abrazamos y nos besamos y le conté que sus dos hermanas habían sobrevivido.

Me llevó a su apartamento, un lugar precioso, y me alojó durante un día.

Había trabajado como esclavo en una fábrica de pavimentación de carreteras y nos había estado buscando en las listas de supervivientes.

A pesar de todo, sentía que le faltaba algo y se dio cuenta de que anhelaba la validación de las relaciones con el resto del grupo de chicos que había salido con él de la cámara de gas. En efecto, buscaba una segunda familia y el consuelo de una verdad compartida.

Encontró a Mordechai Linder, un miembro poco conocido de los cincuenta y uno, poco antes de su muerte en Israel en 2011, después de haber forjado una sólida amistad con Dugo Leitner.

A diferencia de Nachum Hoch, que tardó en responder cuando Mordechai lo localizó, Dugo solía mostrar un entusiasmo desbordante.

Su primer encuentro fue terapéutico, pero de una intensidad excepcional.

«“Iré a verte el viernes —me dijo Dugo—, pero no sé exactamente dónde vives, así que esperaré fuera”.

Cuando abrí la puerta y lo vi, me temblaron las piernas.

Estaba tan emocionado que me derrumbé y él tuvo que sujetarme».

El vínculo fue instantáneo. Los años se esfumaron en un instante y, a partir de entonces, se comprometieron a hablar largo y tendido cada viernes.

Hasta los silencios que a veces salpicaban sus conversaciones tenían significado, ya que ambos comprendían el poder emocional de una palabra no pronunciada.

Mordechai Eldar se estableció en Herzliya, una ciudad acomodada al norte de Tel Aviv, pero en vacaciones llevaba a Dugo y a su hija Zehava Leitner Kor, quien ha escrito un libro sobre su padre dirigido al público juvenil, al kibutz Megiddo, ubicado en el valle de Jezreel, en el norte de Israel.

La petición de Mordechai de contactar personalmente, reciclada en 2016 en una columna titulada «Buscando allegados» que llevó a la conexión con HershelHerskovic, Chaim Schwimmer y Wolf Greenwald, era otro aspecto de su necesidad de poner un punto final.

Regresó a su ciudad natal, Câmpulung la Tisa, para recomponer el rompecabezas de los primeros años de su vida, pero la perspectiva le resultó dolorosa.

Al visitar a un amigo hablante de húngaro que había conocido en tercero en la escuela, se enfrentó a lo que podría haber pasado si se hubiera quedado allí después de la guerra.

«Vi lo pobre que era. Los judíos eran más pobres que antes de la guerra.

Saqué un billete de cien euros y se lo di.

Me abrazó, me besó y me dijo: “Ahora puedo ir al dentista”».

La principal víctima del tiempo que pasó Mordechai en los campos de exterminio fue su fe.

Rechaza la idea de que el mayor regalo que una entidad divina le ha hecho al mundo sea el don humano del libre albedrío y no le convence la lógica de que, para tener el derecho a hacer el bien, los seres humanos también deban tener la opción de hacer cosas atroces:

O bien dices que Dios lo hace todo o bien que no hace nada. No hay pruebas, no hay justicia. Yo prefiero decir que no existe que llamarlo «asesino» sin parar, porque para mí es el mayor asesino. Cincuenta millones de personas murieron por culpa de un hombre, Hitler. ¿No podría haberlo evitado Él?

La gente habla de un Dios misericordioso.

Puede que lo digan de corazón por su fe, pero también es posible que sean hipócritas y lo digan solo para que los demás piensen que son buenas personas.

Hitler estaba seguro de que Dios había elegido al pueblo alemán.

Después de los judíos, planeaba eliminar a todos los eslavos, dejando solo a los que necesitara como esclavos.

¿Quién le dio esa idea? ¿Dios? Dime cuántas personas de bien, las que creían y llevaban vidas devotas, fueron asesinadas.

Millones. ¿Por qué las castigaron de esa manera?

¿Por qué no mató Él a todos los malos? ¿Por qué no mató a Mengele?

¿Por qué no mató a Hitler? Si es un dios, sabía que morirían cincuenta millones, porque Él sabe lo que pasará mañana.

Voy a decir lo que pienso. He dejado atrás todo lo que pasó. Si quieres saber si era un buen chico, tendrás que preguntarle a mi madre o incluso a mi hermana. Por desgracia, ya están muertas. Mi hermano también murió. ¿Por qué sigo vivo? No me digas que estoy aquí porque Dios me salvó.

En el campo, Mordechai razonaba que era solo cuestión de tiempo que lo exterminaran. Aceptaba que, en algún momento, le tocaría a él, que estaba a segundos de la muerte, pero sobrevivió para contar su historia, algo que hoy le sigue pareciendo tan surrealista como en el Simjat Torá de 1944.

¿Por qué sobreviví? Todavía me hago esa pregunta. Sin lugar a duda, no soy uno de los justos. Si alguien fue justo, fue mi padre. Él era nuestro rey, un perfecto santo. Mi madre también era justa en el sentido más positivo. Los asesinaron a ambos.

Llegué a Israel como un sionista, un verdadero sionista.

Esa fue la principal lección que aprendí del Holocausto.

Lo mejor que he hecho en mi vida ha sido servir en el Ejército.

Protegí el país. Lo hice todo por mi pueblo y espero haber ayudado.

Vivo de una pensión y tengo que pensar muy bien en qué gasto el dinero, pero aún procuro donar a organizaciones benéficas militares.

¿Qué me hizo cambiar de parecer? El país, sin duda, aunque ver a tantos amigos del Ejército morir junto a mí me impactó mucho.

Como comandante, tuve que pronunciar el panegírico de los caídos delante de sus padres y familiares.

Me daban detalles, así que sabía qué tenía que decir.

Lloré en los funerales. Lloré como soldado, aunque los soldados no deberían llorar.

Mordechai llegó a Israel el 27 de junio de 1948 sin dejarse amedrentar por la advertencia de su hermana de que «estamos en medio de una guerra difícil». El 1 de julio ya se había alistado en la brigada Alexandroni como recluta número 75683 para luchar en la guerra de independencia.

El entrenamiento en la base Tal Hashomer fue, cuando menos, rudimentario.

Llegó con su destacamento una noche despejada en un camión con los faros apagados.

Era una unidad en la que se hablaba en yidis, por lo que pasó dos días aprendiendo los conceptos básicos del idioma con otros inmigrantes recién llegados de Europa del Este.

Acamparon en la linde de un bosque y recibieron una clase de una hora para aprender a disparar un fusil checo estándar.

En esencia, la enseñanza se reducía a «Túmbate y dispara en la dirección desde la que te disparan».

A Mordechai le temblaban las manos y le daba miedo no ser capaz de recargar el fusil en medio del estrés de la batalla.