Capítulo 14 - La banalidad del mal
La banalidad del mal
Ricardo Klement era un hombre de costumbres.
Todas las tardes cogía el mismo autobús desde su trabajo como jefe de departamento en Mercedes-Benz hasta su casa familiar, construida por él mismo en la calle Garibaldi de San Femando, una barriada industrial a las afueras de Buenos Aires.
De la parada del autobús a la puerta de su casa había un corto paseo junto a un campo.
Se trataba de uno de los arquitectos de la Solución Final, identificado en un principio a través de fotografías de vigilancia por la forma de sus orejas, idénticas a las que aparecían en sus registros de las SS, y dio su consentimiento a someterse a juicio en Israel.
Once días después lo sacaron de manera clandestina en un avión de El Al y lo llevaron a Tel Aviv.
Su juicio fue catártico para los supervivientes del Holocausto que hasta ese momento habían sido reacios a contar sus historias por miedo a que no les creyeran.
Las reflexiones sobre una tragedia que casi superaba la comprensión humana se habían considerado de mala educación e inapropiadas.
La sabiduría tradicional, tan a menudo contradictoria, dictaba que no había que molestar a los fantasmas.
Las pruebas acumuladas cambiaron la actitud de una nueva generación de israelíes que, hasta que asimiló el desgarrador testimonio de los 112 testigos durante el juicio contra Eichmann, consideraba que el Holocausto era demasiado reciente, demasiado traumático, demasiado crudo, casi demasiado sagrado.
Se destapó así la realidad de la industrialización nazi de la muerte y la persecución sistémica e históricamente planificada de todo un pueblo.
Fue una catarsis colectiva nacional, que también contribuyó a contrarrestar la impresión de que millones de judíos se habían rendido con docilidad a su destino.
Otro elemento clave para una mayor comprensión, la película de 1993 La lista de Schindler , dirigida por Steven Spielberg, completó el proceso de cambio social.
El Holocausto se convirtió en un elemento esencial de la identidad judía, una experiencia educativa integral para los jóvenes, que visitaban en masa los campos de exterminio de Polonia para ratificar de forma indeleble los horrores de lo que allí había ocurrido.
Su eco sigue resonando a través de las generaciones.
La expresión «la banalidad del mal», acuñada por Hannah Arendt en su libro de 1963 Eich mann en Jerusalén , ha pasado a definir la idea de que seres humanos en apariencia normales pueden llegar a estar tan emocionalmente insensibilizados como para cometer actos de una maldad indescriptible.
La defensa desapasionada de Eichmann, que declaró que solo cumplía órdenes porque estaba vinculado por un juramento de lealtad a Hitler, contrastaba con el clima febril que ocasionó.
Los asistentes se abalanzaron sobre él mientras estaba sentado tras un cristal antibalas.
Cientos de personas enviaron amenazas de muerte.
El fiscal general de Israel, Gideon Hausner, que asumió las funciones de fiscal jefe y lloró en numerosas ocasiones durante el juicio, recibió unas diez mil cartas, en su mayoría de supervivientes que exponían su caso.
Para nuestros chicos, ahora hombres hechos y derechos, el día más significativo en esa sala de vistas con aire acondicionado fue el miércoles 7 de junio de 1961 a través del testigo más joven del juicio, Yosef Zalman Kleinman.
Tras sobrevivir a sucesivas selecciones, había logrado escapar de Auschwitz junto con su hermano Solomon colándose en un equipo de trabajo destinado a Kaufering, un subcampo de Dachau.
Las fotografías de la sala de vistas durante la sesión número sesenta y ocho muestran a Kleinman como un hombre bastante alto, de rostro delgado, con un emparrado en la cabeza y la frente despejada.
Viste un traje ligero de verano y el cuello de la camisa blanca le asoma por las solapas.
No tuvo tiempo de preparar su testimonio, ya que, como primer testigo suplente, tuvo que subir de manera apresurada al estrado después de que la supuesta estrella del día, el periodista Yechiel Dinur, se desmayara al intentar responder a la primera pregunta de Hausner.
El magistrado que presidía el tribunal, Moshe Landau, moderó la impaciencia habitual de Hausner subrayando que Kleinman podía tomarse todo el tiempo que necesitara para compartir sus experiencias en Auschwitz-Birkenau.
Kleinman se centró en lo que denominó «un capítulo desconocido en la historia del Holocausto»: las tribulaciones de «nuestro grupo sin precedentes» de chicos húngaros.
A diferencia de Nachum Hoch, que en su declaración del día siguiente hizo hincapié en la descripción de la cámara de gas de la que fue liberado junto con los otros cincuenta chicos, Kleinman puso el foco en la escala y la inhumanidad de las selecciones supervisadas por Mengele.
En particular, la audiencia mundial quedó electrizada con su vivido y extenso resumen de la selección en el campo de fútbol durante el Yom Kipur.
Tenía una memoria portentosa.
Vi más que los demás porque era curioso por naturaleza. Todo el mundo estaba ocupado sobreviviendo y no tenía ni tiempo ni paciencia para preocuparse de nada más. Pero yo creía que sobreviviría y que llegaría el día en que explicaría lo que había visto.
Me acuerdo de cuando estuvimos en un campo de tránsito en Italia.
Allí nos sentábamos durante horas, contando historias de nuestros milagros y nuestra salvación.
Eramos muy jóvenes y todos creíamos que Hashem [Dios] nos había salvado y nos había sacado del infierno.
Esa era la sensación: esperanza y gratitud. Eso es lo que he transmitido.
Esa sensación de tener una misión lo consumió cuando se estableció en el incipiente Estado de Israel tras haber estado internado en Chipre.
Durante varios años, el desaliento se apoderó de Kleinman después de acudir a varios periódicos, que no mostraron interés alguno por la historia de los chicos húngaros.
Pero en 1960 recuperó su entusiasmo al enterarse de que Yad Vashem estaba entrevistando de manera activa a los supervivientes.
Aunque al principio Kleinman recibió un trato indiferente por parte de una joven empleada del legendario centro conmemorativo del Holocausto en Jerusalén, una persona de rango superior, que enseguida comprendió la naturaleza única de su testimonio, salió tras él cuando ya se iba y le pidió que volviera a la oficina.
—Cuéntenoslo todo —le suplicó—. Todavía no hemos escuchado esta historia.
Con posterioridad, un amigo de la familia, el periodista Eli Rosenheim, recomendó a los fiscales del caso de Eichmann que llamaran a Kleinman, pues el hermano de Yosef, Solomon, lo había convencido de la autenticidad de su historia.
Rosenheim cubrió el juicio para varias agencias de noticias como parte de una presencia mediática mundial de setecientos cincuenta periodistas; las imágenes de los sucesos del día se enviaban cada noche a los telediarios de Estados Unidos.
En 1996, cuando Yad Vashem volvió a ponerse en contacto con él para que le diera su perspectiva, Kleinman concluyó:
En mi opinión, el juicio fue algo grandioso. Permitió que todo el mundo supiera lo que nos había pasado durante el Holocausto. Sin ese juicio, muchas cosas nunca habrían salido a la luz y la historia habría pasado en silencio por encima de todo.
Abrió un negocio de muebles con su hermano, aunque la necesidad de dar testimonio, incluso en su vejez, siguió motivando a Kleinman.
Hablaba en colegios y en grupos de formación militar porque «experimenté tantos milagros…
Tenía mucho que contar». Tenía ya más de setenta años cuando involucró a toda su familia en la publicación de su libro autobiográfico Chilatzta nafshi mimaves («Salvaste mi alma de la muerte»).
Sus dieciséis nietos recibieron el encargo individual de reflexionar sobre aspectos inspiradores de la vida de su abuelo y promover, dentro de un marco filosófico más amplio, el reconocimiento del significado espiritual de su salvación.
Se negó a regodearse en la autocompasión, a culpar a otros o a dejarse llevar por la ira excesiva.
En palabras de su hijo Meir, entrevistado antes del fallecimiento de su padre en mayo de 2021, a los noventa y un años, «el protagonista de sus historias es la fortaleza, no el sufrimiento».
Estas conservaban todo su poder emocional.
Yosef narró de una manera muy emotiva la llegada de su familia a Auschwitz y humanizó su calvario mediante el recuerdo de su padre, que estaba deshidratado y no daba crédito a lo que vivían.
Al percibir su angustia, Yosef había encontrado una pequeña taza, abandonada por un pasajero de un tren anterior, y recogido agua de lluvia para poder al menos humedecer los labios de su padre.
Fue su último acto de lealtad hacia el hombre que le había dado la vida.
Valoraba mucho el contenido de la mochila que llevó consigo durante su prolongado periplo de emigración a Israel.
Entre sus pertenencias se hallaban la gorra a rayas y otras prendas del uniforme de prisionero de Auschwitz-Birkenau, así como la camisa cara que le regaló un soldado estadounidense poco después de la liberación.
Este la había encontrado en la casa de un hombre acaudalado junto con la naranja que Yosef tanto ansiaba.
La libertad lo arrojó a un vacío de incertidumbre.
Cuando Kleinman decidió dirigirse hacia el sur, cruzando Europa montado en lo que describió como «un tren inmenso tirado por dos grandes locomotoras», descubrió que su sensación de pérdida contrastaba con la alegría de otros cuya nueva vida tenía cimientos más firmes.