Milagro en Auschwitz Capítulo 13 - Segundas oportunidades #3
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Capítulo 13 - Segundas oportunidades #3

De manera significativa, el punto de inflexión llegó en el Simjat Torá de 1945, el primer aniversario de su salvación de la cámara de gas.

Estaba paseando por la calle con un par de compañeros cuando un fiel de una sinagoga local se les acercó.

Al reconocerlos como judíos, les preguntó si querían unirse a ellos para formar un minyan , el cuórum de oración judío que requiere diez varones adultos mayores de trece años.

Aceptaron y la familiaridad de los rituales renovó en Yaakov su sensación de serenidad y pertenencia.

Entusiasmado por la bendición de su salvación, Yaakov proclamó:

—Esto es lo que soy.

Fue un acto de fe sencillo y sin artificios, un renacer espiritual que supuso la recalibración de su vida.

La comprensión llegó de repente, tal como le había sucedido a Eva Bobby Neuman en circunstancias similares mientras buscaba su rumbo filosófico después de la guerra.

Algo resonó en lo más hondo en Yaakov de una manera más visceral que filosófica.

Decidió ser un miembro ejemplar de su comunidad y prometió trabajar en sus defectos.

«No nos andemos con rodeos», reflexionaba con su intensidad habitual.

Después de la liberación, hubo un periodo durante el cual no sentía nada por la yiddishkeit [modo de vida judío]. Nada en absoluto. En realidad, no sé qué fue lo que me atrajo de nuevo. Es una larga historia. No me sentía conectado, pero no me preocupaba y no me dolía. Eso me desconcertaba.

¿Por qué no renuncié a mis creencias? Tal vez —y es solo mi interpretación— porque descendía de grandes personas con una gran fortaleza.

Desde entonces, me he fijado en que la mayoría de las personas que se mantuvieron frum [devotas] después de la liberación tenían zechus avos [término judío que se refiere a la idea de que los antepasados protegen a sus descendientes].

Pasamos por Auschwitz-Birkenau. Pasamos por el infierno.

Pero puedes darles la espalda a todos esos problemas y comenzar una nueva vida, porque Dios te ayudará.

Mi mensaje es que tu fuerza no es nada, tu sabiduría no es nada, tu riqueza no es nada.

Lo principal es perseverar, tener fe y ser buena persona.

Yaakov tuvo éxito gracias a su creatividad e inventiva, pero siempre se mostró precavido frente a los peligros del orgullo excesivo.

Sus principios se vieron desafiados por algunos de sus compañeros más ricos, que tendían a mirar por encima del hombro a los menos afortunados.

«Esa es una forma de orgullo que menosprecia a los demás —razonaba—.

No puedes decir: “Yo lo soy todo y tú no eres nada”.

Es mejor decir “Tú eres grande y yo también soy grande” que “Yo soy grande y tú no eres nada”».

Su fe en la caridad, la humildad y la humanidad nunca flaqueó:

Si una persona llama a tu puerta y dice: «Me muero de hambre, no tengo ni un céntimo en el bolsillo.

¿Puedes ayudarme?», hay quien piensa: «No tengo por qué ayudarte.

Ahí está Dios para ayudarte». Yo creo que Dios me ha dado bendiciones y es mi deber compartirlas.

Tienes que meterlo todo en su bolsillo, hacer todo lo que puedas. Dale pan, dale comida, dale dinero.

Yaakov empezó a cerrar el círculo de su vida en verano de 2011, cuando visitó su ciudad natal, Szilágysomlyó, que en la Rumania actual se llama Ş imleu Silvaniei.

Fue una especie de peregrinación durante la cual encontró la tumba de su padre, Naftali.

Para su alegría, la matzevah («lápida») original seguía en pie.

Mientras rezaba sobre la tumba, un ritual respetuoso, pensó en el rabino de su infancia, que había subido en su mismo tren en dirección a Auschwitz-Birkenau.

Yaakov revivió recuerdos dormidos de veranos lejanos, una época de inocencia frágil en la que jugaba con sus amigos entre las ruinas de un castillo del siglo XVI llamado Báthory.

Buscó sin éxito la sinagoga en la que en su día había rezado.

La comunidad judía, que antes de la guerra estaba compuesta por cuatrocientas cincuenta familias, es decir, alrededor de dos mil quinientas personas, se había reducido a solo unas cincuenta en el cambio de milenio, aunque poco a poco había empezado a crecer de nuevo.

Al despedirse, Yaakov tuvo la sensación de estar en paz.

«Era una zona muy agradable —recordaba—.

La ciudad en sí sigue siendo muy pintoresca.

Hay un río muy bonito que atraviesa el centro.

El aire es excelente, y la naturaleza, absolutamente fantástica.

Puede que no tenga una base espiritual increíble, pero sí tiene gente buena y honrada».

Wolf Greenwald sintió algo parecido cuando regresó a su ciudad natal, Hajduhadhaz, sesenta y ocho años después de haber sido deportado a Auschwitz-Birkenau.

Aunque al principio se mostraba reacio, acabó cediendo ante la insistencia de sus hijos, dos de los cuales se habían educado en Manchester antes de que la familia se mudara a Estados Unidos.

Ubicación de un brutal campo de trabajos forzados en 1944, Hajduhadhaz había sido despojada de muchos de los referentes de su infancia.

Tanto su primera sinagoga como su antigua casa familiar, de gruesos muros que se suponía que eran sólidos, ya no existían.

Sin embargo, un hallazgo casi increíble hizo que el pasado regresara de golpe.

Por pura casualidad, Wolf encontró el ejemplar de la Mishná —la primera obra de la literatura rabínica que data del siglo VI— que había pertenecido a su padre.

Lo reconoció al instante como parte de una colección de doce volúmenes impresa en Berlín.

Era casi como si se tratara de un regalo fantasmal.

Wolf había construido una segunda vida basada en las virtudes del servicio.

A menudo le asomaba un brillo travieso a los ojos y brindaba por su buena fortuna con whisky al grito de «L’chaim» («Por la vida»).

Tenía la clase de familia numerosa y cariñosa que había parecido un sueño irrealizable en el momento de su liberación del osario de Bergen-Belsen.

Sus recuerdos de andar tambaleante entre los montones de los trece mil cuerpos sin enterrar tras la llegada sin oposición de las tropas británicas y canadienses perduraban.

Wolf fue uno de los sesenta mil supervivientes demacrados y, si evitó convertirse en uno de los veintiocho mil que murieron en el plazo de un mes a causa de enfermedades o desnutrición, fue gracias al consejo de un prisionero igual de esquelético, pero muy espabilado:

Me conocía de Auschwitz y me dijo que no tocara nada que no fueran patatas hervidas con sal. Durante la primera semana, apenas comí nada. No es exagerado decir que, si comía algo y me abría la camisa, se podía ver la comida bajando hacia mi estómago.

Cuando las tropas llegaron aquel domingo, uno de los oficiales asomó la cabeza desde su tanque y nos pidió que no nos moviéramos de allí.

«No sé qué vamos a hacer para ayudaros —dijo—, pero haremos todo lo posible».

Por desgracia, cometieron el tremendo error de lanzar miles de paquetes con alimentos pesados. La gente moría con su última comida todavía en las manos. La enfermedad campaba a sus anchas.

Wolf sufrió de una manera espantosa por el tifus y solo logró saborear la libertad gracias a los cuidados de dos camilleros judíos, que le humedecían la boca con agua cuando la enfermedad estaba en su punto álgido y él se deslizaba entre la consciencia y la inconsciencia.

Actos de bondad como aquel solían marcar la diferencia entre la vida y la muerte.

Fue la cobertura inmediata y con un realismo sin precedentes de periodistas, fotógrafos y soldados la que expuso al mundo la blasfemia de Bergen-Belsen.

A diferencia de otros campos de exterminio, como Auschwitz, Sobibor y Treblinka, que habían sido destruidos o evacuados, Bergen-Belsen dejó al descubierto la grotesca realidad de la Solución Final.

Las pruebas de la barbarie estaban intactas.

Los testigos detallaron el sufrimiento de las víctimas y la culpabilidad de quienes las habían atormentado.

El juicio por crímenes de guerra celebrado por los británicos en Bergen-Belsen quedó en último término eclipsado por los juicios de Núremberg, organizados por los estadounidenses, pero los peores once perpetradores fueron ejecutados.

Como varios de los cincuenta y un muchachos que salieron con vida de la cámara de gas de Auschwitz-Birkenau en el Simjat Torá de 1944, Wolf Greenwald albergaba un pesar que nunca le abandonó.

Se sentía engañado porque Josef Mengele hubiera logrado evadir la justicia.

Sería el Mossad, la agencia de inteligencia exterior de Israel, la que aportaría cierta sensación de cierre.