Capítulo 13 - Segundas oportunidades #2
«Fue un matrimonio por amor», recuerda Hershel, con un cariño teñido de nostalgia.
Daphne y él se prometieron al cabo de dos meses y se casaron en la biblioteca de Tottenham el 8 de marzo de 1955.
Una vez más, Hershel convirtió la negatividad de los demás en algo positivo: «“¿Cómo vas a mantener a tu esposa?”, me preguntaron, y yo respondí que, con una esposa y una familia, tendría más incentivos para triunfar».
Aunque Daphne no provenía de un entorno muy ortodoxo, abrazó el estilo de vida y la comunidad jasídica de su marido.
Tuvieron cuatro hijos. Para entonces, él ya estaba recogiendo los frutos de una estancia en Estados Unidos organizada gracias a los contactos que le habían proporcionado sus amigos de la yeshivá de Staines, que también le brindaron apoyo económico.
Regresó a Gran Bretaña «con un nuevo sentido de la aventura» y una ambición desprovista de vergüenza.
Su primo estadounidense decía que, cuando estaba en Estados Unidos, Hershel bromeaba con que acabaría siendo alcalde de Londres.
Hershel contrató a Yuri Kurtis como aprendiz en su negocio inmobiliario.
Nacido en Budapest, Yuri había sobrevivido a tres campos de concentración y, como muchos de su generación, tenía dificultades para encontrar trabajo.
Como es comprensible, Hershel le causó una honda impresión: «Todo el mundo creía que no sabía lo que se hacía —recordaba—.
Al entrar en una propiedad, daba golpecitos en las paredes y saltaba sobre las tablas del suelo para saber a qué se enfrentaba.
La gente pensaba que estaba loco. Lo subestimaban».
El fino olfato de Hershel también le permitía evaluar la calidad de las casas que inspeccionaba, ya que podía detectar hasta el menor signo de humedad.
También separaba los pies para notar si el suelo estaba nivelado.
Autosuficiente por naturaleza, confiaba en su capacidad para detectar lo bueno y lo malo en las personas, a menudo concentrándose en su tono de voz.
Tenía un firme sentido de la perspectiva.
Las conversaciones en el hogar familiar no giraban en torno a los negocios, sino a la fe, la Biblia, la historia y la política municipal, nacional e internacional.
A pesar de ser una perspectiva adquirida con dolor, sigue siendo poderosa, ya que refleja los parámetros de la vida de Hershel:
El principal problema es que todo el mundo siente que no tiene límites. En tus mejores momentos piensas que puedes conquistar el mundo, ir al Sol y a la Luna. En tus peores momentos, te deprimes mucho si no tienes una comprensión básica de cómo vives tu vida.
Hay quien logra amasar una gran fortuna, pero teme perderla o que alguien se la arrebate. Mi consejo es aceptar todo lo que te pase. Debes tener paz interior. No busques más. No envidies a los demás.
Hershel cree en el principio de la tzedaká , una palabra hebrea que se traduce como «justicia» o «rectitud», pero que se usa de manera más habitual para referirse al concepto de la caridad, un principio fundamental del judaismo.
Este implica una obligación moral de ayudar a los débiles, los pobres y los necesitados.
Se anima a las personas a compartir sus recursos con quienes lo necesitan, aunque dichos recursos sean escasos.
En Auschwitz-Birkenau, Hershel puso en práctica a fondo ese principio al regalar su cartilla de racionamiento de comida a otro chico para que sobreviviera a la selección de Yom Kipur.
Los nazis, siempre en busca de fugados, exigían la tarjeta como prueba de que el portador no había estado en el bloque de detención.
«Aún puedo ver a ese chico ante mis ojos, porque estaba muy cerca de él.
Era de Irshava, en la antigua Checoslovaquia, menudo y muy joven. Lo recuerdo como si fuera ayer».
Hershy le dio su cartilla y le dijo:
—No me preocupa porque no me escogerán. Soy lo bastante alto como para pasar la selección.
Así fue como el chico conservó la vida, aunque, trágicamente, no sobrevivió a una pequeña selección que tuvo lugar varios días después.
A pesar de ello, el gesto de garantizarle al menos un aplazamiento temporal es indicativo del carácter de Hershel como ser humano.
Como es habitual en él, solo confirmó la historia a su familia cuando su primo la contó.
El núcleo familiar es la piedra angular de su vida. No ha sido fácil; después de que Daphne falleciera el 13 de abril de 1978, Hershel crio solo a sus hijos. Cocinaba, contaba con la ayuda de una limpiadora y, junto con sus hijos, se las apañó para sacar adelante su hogar.
Como muestra de su resolución para reunir a su familia, dio una entrevista en la BBC y lanzó una campaña de presión sostenida.
Él y Daphne, quien aparece mencionada en los archivos del líder laborista Hugh Gaitskell en relación con una propuesta de visita a la URSS en enero de 1963, realizaron gestiones con políticos destacados como Gaitskell y Harold Wilson para intentar convencer a las autoridades soviéticas de que permitieran que el padre de Hershel y su hermano mayor, Berish, salieran de Ucrania para reunirse con ellos en Inglaterra.
Hershel visitó la URSS dos veces para exponer su caso e incluso se ofreció a comprar la libertad de sus familiares.
En un principio, Berish se negó a abandonar a su padre, pero en 1972, cuando este falleció y los soviéticos suavizaron su postura tras la guerra de los Seis Días, se garantizó su libertad con la ayuda de la embajada británica en Moscú.
Después de pasar un tiempo en Inglaterra, Berish decidió emigrar a Israel, donde se estableció en Bnei Brak, un núcleo de judaismo jasídico en la llanura central costera del Mediterráneo.
Yisroel, el otro hermano superviviente de Hershel, se planteó la idea de mudarse a Canadá, pero acabó viviendo con discreción en Londres hasta su fallecimiento en 2018 a los ochenta y nueve años.
De una religiosidad fervorosa, se casó poco después de la guerra y a partir de los años cincuenta trabajó en la industria textil.
Hershel era, con mucho, el más sociable de los hermanos.
Sus hijos, David y Abraham, tienen vividos recuerdos de las vacaciones familiares en Suffolk, que a su padre le recordaban el antiguo molino de la familia, en una zona rural de las afueras de Munkacs.
Hershel desafiaba su ceguera por los caminos rurales, montado en el asiento delantero de un tándem para llegar al pueblo.
Cuando llegaban a un cruce, era tarea del chico que fuera detrás avisarlo de si venía un coche por la izquierda o por la derecha.
Hershel también tenía una bicicleta individual que montaba con deleite y una vez saltó desde un barco para nadar en el mar antes de regresar por su cuenta a la playa.
Le encantaba nadar en la costa de destinos tan remotos como Bournemouth y Eilat, en Israel.
La que quizá fuera su mayor hazaña la reservaba cada año para Simjat Torá, cuando, ya entrado en la mediana edad, bailaba en la sinagoga antes de hacer el pino sobre una mesa central junto a otra en la que descansaba la Torá.
Se trataba de una celebración de su milagrosa salvación en un entorno que significaba mucho para él.
Simjat Torá es también el día del cumpleaños hebreo de Hershel, que siempre dice que nació dos veces ese día.
Su alegría de vivir era contagiosa, pero con su coraje moral, su fe inquebrantable y su naturaleza decidida también tenía mucho en común con Yaakov Yosef Weiss, otro miembro destacado de los cincuenta y uno.
No estaban especialmente unidos, pero se vieron varias veces antes de la muerte de Yaakov en 2013.
Yaakov mismo reconocía que, justo después dela liberación de Gunskirchen, había ido a la deriva en un sentido tanto espiritual como geográfico.
En un principio gravitó hacia la ciudad austriaca de Linz, a medio camino entre Viena y Salzburgo, pero se describió a sí mismo como «fuera de combate» durante cuatro o cinco meses, mientras se tomaba su tiempo para asimilar que la tan esperada libertad no era en sí una solución mágica.
«Después de la liberación no había una organización real, así que cada uno hacía lo que quería», explicaba Yaakov.
Lo más importante, dado lo hambrientos que estábamos todos, era la comida. Nunca teníamos suficiente. Durante semanas y semanas, fuimos de casa en casa intentando conseguirla.
Tenías que cuidar de ti mismo. Llamábamos a las puertas y, muy a menudo, los dueños de la casa no querían darnos nada. Entonces encontrábamos a un soldado americano y este iba con su arma, golpeaba la puerta y les ordenaba que sacaran toda la comida que tuvieran. Estábamos desesperados.
No teníamos ropa —yo tenía una camisa, un par de sandalias y unos pantalones—, así que la libertad supuso una gran decepción.
En el campo no habría podido imaginar que, cuando todo acabara, la gente seguiría peleando por un trozo de pan o un poco de comida.
Pensaba que el Mesías vendría a salvarnos.
Para usar su reveladora expresión, la fe de Yaakov «no fue una cadena ininterrumpida».
Su desilusión conllevó un debilitamiento de su identidad como judío practicante.
Había perdido su afinidad con los preceptos y tradiciones de la comunidad religiosa que habían moldeado su personalidad y filosofía antes y durante su encarcelamiento.