Milagro en Auschwitz Capítulo 13 - Segundas oportunidades
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Capítulo 13 - Segundas oportunidades

Segundas oportunidades

La segunda vida de Hershel Herskovic está marcada por contradicciones de una emotividad irresistible.

Ríe con los ojos, aunque siempre los tiene cerrados.

Confiesa ser una persona sensible, pero se protege recurriendo a un análisis clínico de ciertos aspectos de su pasado.

Nunca ha sido consciente de derramar lágrimas; cuando llora, sus mejillas permanecen secas.

«No sé si es porque soy ciego —reconoce, aunque muchas personas invidentes lloran con normalidad—. No tengo ni idea».

Responde con intensidad a estímulos tan habituales como la alegría, el orgullo, la ira o la angustia; las señales —quizá un nudo en la garganta, un cambio en el tono de su voz o una ligera falta de aliento— varían sutilmente.

Liberar la tensión de esa manera es una forma natural de compensación, al igual que su acentuada capacidad para percibir el lenguaje corporal, los movimientos, los ruidos y otras alteraciones en el entorno.

Constituye una prueba apasionada y expresiva de la idea errónea de que las emociones de los ciegos están de algún modo limitadas.

«Para mí, no ver es algo natural. No echo nada de menos, porque me he acostumbrado.

No he visto nada durante setenta años; ochenta, para ser exactos.

¿Qué pasaría si mañana pudiera ver? Lo más seguro es que durante varios días no fuera capaz de orientarme, pero uno no echa de menos lo que no conoce».

Tiene una frente alta y en gran parte inmaculada, aunque la edad ha dejado su marca en él.

Las arrugas bajo sus ojos parecen el árido lecho de un río de profundas experiencias.

Sin embargo, hay al mismo tiempo una suavidad en su rostro, lleno de vida.

Su risa, que suele ser estruendosa y descarada, permite que su juventud interior salga a jugar.

Cualquiera que pase tiempo con él y conozca los retos que ha superado reconocerá esta descripción que hizo Naftali, mi colaborador en este libro: «Es plenamente genuino, hasta decir basta; una de las personas más seguras de sí mismas, con mayor fortaleza mental y fuerza de voluntad que he conocido».

Dicho por alguien que ha mirado a los ojos a cientos de supervivientes del Holocausto y recopilado una serie de testimonios excepcional, es todo un aval.

Cada superviviente tiene una fuerza vital tangible, pero el espíritu de Hershel es especialmente íntegro, inagotable.

Su hijo David, abogado, lo describe como una persona «con una fuerza de voluntad extraordinaria y un marcado sentido de la justicia. Nunca le ha gustado seguir al rebaño y nos enseñó a pensar por nosotros mismos. A pesar de todo lo que tuvo que pasar, sobrevivió con su sonrisa y sus canciones».

Esas cualidades se manifestaron con rapidez a su llegada a Inglaterra, una vez que los gloriosos lujos de las sábanas limpias, la ropa cálida y la comida abundante de su campo de acogida en Dover permitieron que el agotamiento abrumador que lo había consumido durante el año posterior a la liberación comenzara a desaparecer.

Pasó un tiempo en un refugio en el East End de Londres, antes de que lo apartaran debido a su condición una vez se confirmó que era permanente.

La Sociedad Judía para Ciegos, cuyo abuso de autoridad pronto empezó a incomodarlo, lo envió a Henshaws, una ilustre escuela para ciegos en Manchester.

Hershel no quería ir, porque sentía que eso pondría en peligro su fe.

Era el único alumno judío del colegio y no había instalaciones kosher , aunque contó con la enorme generosidad de una familia judía local.

Para envidia de sus compañeros, que echaban de menos las comodidades del hogar, cada viernes se lo llevaban del internado para disfrutar de las tradicionales celebraciones del sabbat .

Volvía al inicio de la semana académica con una serie de sándwiches apropiados, preparados por la señora de la casa para su consumo diario, ya que no podía ni quería comer la comida del colegio.

Este acuerdo duró seis meses, pero se vio socavado de manera irremediable por su malestar ante una forma más amplia de exclusión social:

Tengo que decir que, aunque la familia me cuidó mucho y fue muy amable conmigo, nunca he estado de acuerdo con cómo tratan aquí a las personas ciegas. Puede que no vea, pero me considero igual que los demás. ¿Por qué debería estar separado del resto de la sociedad?

Académicamente, le iba muy bien en el colegio, fundado en 1837 como «asilo para ciegos indigentes» gracias a una donación de veinte mil libras en el testamento de Thomas Henshaw, un empresario de Oldham.

Hoy en día cuenta con trescientos sesenta empleados, reforzados por más de doscientos voluntarios.

Juntos dan apoyo a los individuos, sus familias y sus cuidadores.

El director de aquel entonces resultó ser un aliado influyente para Hershel, que se resistió a los insistentes intentos de la Sociedad para Ciegos de que se trasladara a una institución de Worcester que atendía a alumnos con un nivel educativo más avanzado.

Su inteligencia nunca fue un problema; querían que ampliara sus estudios con la intención de que se hiciera abogado.

La Sociedad y el comité de refugiados judíos ayudaban a los supervivientes, pero querían que se asimilaran, se anglicanizaran o formaran parte de una comunidad judía que no es necesariamente religiosa. Mi instinto me llevaba a oponerme a todo ello, así que siempre estábamos a la gresca.

Soy un individualista por naturaleza. No siempre sigo la corriente de lo que me rodea. Ser frum [devoto] es muy importante para mí, pero incluso hoy, cuando voy a davening [oración] cada mañana, sigo teniendo mis ideas personales. Nunca pensé en renunciar a mi forma de vida en ningún sentido.

A decir verdad, tal vez fuera demasiado joven para analizarlo en su totalidad, pero al mirar atrás creo que adopté la actitud correcta.

Si hubiera pensado que no debíamos ser judíos y hubiera renunciado a nuestra fe, no habría sobrevivido a los campos.

Muchos líderes judíos han pasado por ese proceso y han acabado creando escuelas y condiciones para que nuestro pueblo pueda prosperar.

Los campos inmunizaron a Hershel contra la intimidación.

Cuando has estado tan cerca de la muerte que puedes olería y saborearla, pones en perspectiva las instrucciones de las instituciones, por bienintencionadas que sean.

La Sociedad para Ciegos tuvo un indicio de lo que estaba por venir cuando se negó a usar un bastón blanco «porque el blanco es un signo de rendición.

Nosotros no nos rendimos ante las dificultades. Buscamos la manera de adaptarnos».

La rebeldía de Hershel resulta convincente porque está muy bien expresada: «En pocas palabras, mi principio fundamental es no tener miedo y ser independiente en todos los sentidos posibles.

Puede que la gente quiera ayudar, según su manera de pensar, pero no son mejores que nadie.

A mí me gusta seguir mi propio camino». Se negó a trasladarse a Worcester porque, una vez más, sentía que eso amenazaría su identidad como judío.

«Creían que era lo mejor para mi futuro.

Cuando me negué, me dijeron: “Aun así, irás”.

“He sobrevivido a los campos de concentración y os sobreviviré a vosotros. No iré”, les respondí».

Al darse cuenta de que se hallaban en un punto muerto inútil, el director de Henshaws intervino y les dijo a las autoridades que dejaran a Hershel en paz para que forjara su propio camino.

En última instancia, eso conllevó su traslado, en contra de los deseos de la Sociedad para Ciegos, a una yeshivá, un colegio teológico que en un principio se había establecido en Staines, pero que luego se trasladó a Egham, en Surrey.

Allí atendieron sus necesidades espirituales y físicas.

A menudo dormía al aire libre y conseguía verduras cultivadas en la zona. «Fue allí donde me curé», insiste.

Se ganaba la vida, por irónico que parezca, como operador telefónico de la Sociedad para Ciegos, pero acabó sintiéndose frustrado.

Aunque se había resistido con éxito a su presión para someterse, a un nivel subliminal la sugerencia original de que emprendiera una carrera legal había calado.

Tomó clases particulares en Kensington y aprobó sus exámenes preliminares de Derecho solo para enfrentarse a más problemas prácticos a la hora de encontrar un despacho de abogados donde trabajar de pasante.

Era difícil encontrar una organización que respetara sus prioridades devotas y le permitiera observar todas las festividades judías y salir temprano los viernes por la tarde en invierno para estar preparado cuando comenzara el sabbat al anochecer.

Se sentía cómodo viviendo en la comunidad jasídica de Stamford Hill, en el distrito londinense de Hackney, y el destino intervino cuando su futura esposa, Daphne Woolf, se le acercó en una charla para personas ciegas y se ofreció a ayudarlo con sus estudios como lectora dos veces por semana.

Ella había nacido en Inglaterra; su madre, cuya familia era de Lituania, murió en Stoke Newington durante el Blitz.

En un giro del destino, la familia de su padre era alemana.

Aunque no hablaba yidis, su relación con Hershel floreció.

A él le habían propuesto parejas como parte de la cultura de matrimonios concertados y, al ser ciego, las sugerencias eran las que la casamentera consideraba «adecuadas» para una persona con discapacidad visual. Pero Hershel las rechazó todas.

—¿Qué te crees, que se casará contigo una actriz? —le dijo su casera en un momento dado, pero él perseveró hasta encontrar a quien él quería.