Milagro en Auschwitz Capítulo 12 - Libres #3
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Capítulo 12 - Libres #3

Nuestras vidas estaban controladas por el Blockälteste , el kapo, sus ayudantes y, por supuesto, el comandante de las SS. No nos dejaban ni un momento de tranquilidad. El kapo era cruel y su autoridad no tenía límites.

Se le permitía golpearnos, matarnos de hambre, asesinamos, privarnos del sueño o llamamos a formar filas en mitad de la noche.

El kapo también ideaba acciones de especial crueldad, como extraer dientes de oro de forma brutal, sin ninguna consideración por el dolor.

Su ayudante volcaba la olla de sopa y todos nos arrodillábamos para lamer la comida del suelo, como perros.

Organizaba peleas entre dos prisioneros que él mismo escogía y, si no luchaban con entusiasmo, los golpeaba con dureza. El colmo de esa crueldad, según recuerdo, fue una pelea entre dos hermanos que parecían gemelos. El kapo los apaleó de una manera tan salvaje que murieron dos días después.

Lanzaba pan o una patata contra la alambrada electrificada y acechaba a quien intentara hacerse con un poco de comida.

Quien se atrevía a acercarse a la valla se arriesgaba a morir electrocutado o por una bala disparada desde el puesto de guardia.

Muchos eligieron esta opción. Y quien sobrevivía recibía una paliza por parte del kapo .

En una ocasión, yo mismo fui víctima de una de esas palizas.

Su fortaleza le permitió sobrevivir a la marcha de la muerte desde Mauthausen hasta Gunskirchen, pero a Mordechai apenas le quedaba un hilo de vida el día de su liberación, cuando un soldado estadounidense lo encontró tirado en una zanja cerca de la entrada principal.

Como tantos de los cincuenta y un muchachos, recobró la salud en un hospital militar hasta que, con determinación férrea, partió hacia su ciudad natal, Câmpulung la Tisa, «para ver quién había sobrevivido y a quién habían asesinado».

Varios miembros de su familia extensa habían muerto, pero encontró a sus hermanas, Ita y Sarah, y a una tía.

Su hermano mayor, Yehuda, al que habían sacado de Auschwitz para usarlo como trabajador esclavo, encontró a Mordechai en enero de 1946 en Baviera, adonde se había mudado con un grupo de amigos de la infancia de Budapest.

Los cuatro hermanos decidieron emigrar a Palestina, de manera ilegal si era necesario, y se encontraban entre los cuatro mil quinientos supervivientes del Holocausto que viajaron en el rebautizado Exodus 1947, un viejo buque de vapor costero que se convirtió en un símbolo global de lucha tras emprender un viaje de un simbolismo provocador desde el puerto francés de Séte.

El 18 de julio de 1947, mientras se encontraba fondeado a veinte millas náuticas de la costa palestina, frente al puerto de Haifa, el barco fue interceptado, embestido por un destructor británico, el HMS Childers, y tomado al asalto por tropas británicas.

A la familia Eldar la ubicaron entonces en uno de los tres barcos de transporte de la Marina.

Las autoridades francesas se negaron a desalojar por la fuerza a los refugiados a su llegada a Port-de-Bouc, en el sur de Francia, y, tras una huelga de hambre de veinticuatro días durante la cual los pasajeros se negaron a desembarcar, el barco zarpó rumbo a Hamburgo.

Alojados en un campo de personas desplazadas en la zona británica, Mordechai y sus hermanos se negaron a rendirse.

En junio de 1948, viajaron de Alemania a Marsella, desde donde zarparon hacia Tel Aviv en el SS Kedmah, considerado por muchos el primer barco en izar la bandera sionista.

Tras pasar un breve periodo en un campo de reasentamiento en Hadera, Mordechai comenzó la que sería una carrera de treinta años en el Ejército israelí.

Avigdor Neumann, otro superviviente al que con el tiempo se reconocería como héroe en varias guerras, también sobrevivió a la marcha de la muerte hacia Gunskirchen.

Comparado con algunos de los cincuenta y uno, estaba relativamente en forma, pero lo consumía una extraña inquietud, ya que la libertad lo obligó a enfrentarse a realidades abrumadoras:

Soy un chico de catorce años solo en el mundo.

¿Qué voy a hacer? Sabía que no tenía padres ni familia.

No creía que mi hermana estuviera viva. La depresión comenzó a apoderarse de mí.

Sí, ya no era cautivo de los alemanes, pero esa tristeza, esa impotencia, me embargaron.

«¿Adónde voy y para qué?», me preguntaba.

Él también hizo caso a su instinto de regresar a su hogar y volvió a Nagysz ő l ő s, que había sido rebautizado como Vynohradiv al incorporarse a Ucrania.

En lo que describió como una escena de «gran alegría», Avigdor encontró a su hermana, Sima Rachel.

Desde ese momento, «ella lo significó todo para mí: padre y madre».

Al ser cuatro años mayor que él, tenía más conciencia de los peligros de la época y sabía que ya no estaban a salvo en lo que una vez habían considerado su hogar.

Pasaron un tiempo en Bélgica antes de llegar a Israel a bordo del Theodore Herzl en abril de 1947.

Sobre el costado del barco colgaba una pancarta escrita a mano: «Los alemanes destruyeron a nuestras familias.

Por favor, no destruyáis nuestra esperanza».

El llamamiento a la conciencia de los administradores cayó en saco roto.

El barco fue interceptado por los británicos y los dos hermanos acabaron internados en un campo de detención en Chipre.

Sin dejarse vencer por el desaliento, en diciembre de ese mismo año regresaron a Israel, donde Avigdor retomó sus estudios en Bnei Brak, al este de Tel Aviv, antes de que lo reclutaran para el Ejército en noviembre de 1948.

En 1953 se casó con Rivka, con la que tuvo dos hijos.

En 2025 su familia había aumentado hasta incluir siete nietos, cuarenta y tres bisnietos y un tataranieto.

Sentía que lo habían salvado para «una misión sagrada»: transmitir enseñanzas vitales a la nueva generación.

«Yo salí de Auschwitz, pero Auschwitz no ha salido de mí», reflexiona.

Tiene una enfermedad cardíaca crónica que ha requerido la implantación de tres stents y, en consecuencia, «cada mañana doy las gracias al despertarme».

A sus noventa y cuatro años, es un embajador incansable y altruista de su causa y da conferencias a grupos juveniles, escuelas y unidades militares.

Igual que Dugo Leitner, que visitó Auschwitz treinta y ocho veces para ofrecer su perspectiva durante visitas de estudio, Avigdor regresa a menudo al campo para compartir sus experiencias.

Rechaza todas las ofertas de pagarle por su tiempo, «porque eso dañaría la santidad del acto».

En 2019, con ochenta y ocho años, incluso celebró allí su tardío bar mitzvá.

De una manera muy propia de él, al día siguiente de que Naftali lo entrevistara en 2024 tenía previsto viajar a Polonia, a pesar de tener una pierna muy inflamada.

Tenemos el deber de compartir nuestra verdad.

Las personas que me escuchan han nacido en una realidad que dan por sentada.

Hay un Estado, un Ejército. Soldados judíos, policías judíos.

Yo tuve un papel en la construcción de mi país.

Participé en su fundación, su defensa, su fortalecimiento.

¿Cómo me sentía al llevar el uniforme de mi nación? Es indescriptible.

Cuando hablo con alemanes, les digo que esta es nuestra venganza contra Hitler.

Él quería que yo no existiera. Quería que nadie nos recordara a ninguno de nosotros.

Sin embargo, seguimos aquí. Tenemos descendencia.

Con la ayuda de Dios, nacerán más y más de nosotros.

Me pasé años sin hablar. No contaba nada.

Pero, una vez que dejé de ser introspectivo, supe lo que debía hacer.

Me llena de orgullo lo que he tenido el privilegio de hacer.

A pesar de todo, construí una familia maravillosa.

De la nada, encontré la voluntad para levantarme.

Le digo a la gente que aprenda de mí. No te dejes vencer por la tristeza.

No hay lugar para la desesperación. Es posible levantarse de las cenizas.

Somos un pueblo eterno y nada puede derrotarnos.