Milagro en Auschwitz Capítulo 12 - Libres #2
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Capítulo 12 - Libres #2

Tuvieron que esperar a que hubiera plazas disponibles en los barcos que cruzaban el canal, en los que como era de esperar tenían prioridad los soldados que regresaban del frente.

Al final, navegaron desde el norte de Francia hasta el puerto de Dover mientras las palabras de un rabino resonaban en sus oídos: «El mundo descubrió el socialismo y el comunismo, pero sabemos cómo terminó: con barbarie.

Tened el valor de conservar las antiguas tradiciones».

Chaim, que había recuperado su antiguo porte y su fuerza de voluntad, se opuso al plan original de enviarlos a familias adoptivas de Buckingham y Birmingham y prefirió quedarse en un entorno más religioso en Londres.

A Hershel también le venía bien, aunque su prioridad inmediata era sobrevivir al mareo.

No paró de vomitar hasta que puso pie en tierra firme, desconocida pero, gracias a Dios, seca.

El legado de Gunskirchen fue brutal para todos los que pasaron por allí. El recuerdo más vivido de Dugo Leitner en el momento posterior a la liberación era el de despertar y encontrar a soldados y médicos estadounidenses alrededor de su cama.

—¿Cómo te llamas? —le preguntaron—. ¿Cómo has llegado aquí?

Su mente estaba borrosa y no pudo contestarles.

«Era incapaz de recordar nada», reconocería después.

No recuperó la memoria hasta al cabo de un par de días.

El catalizador, irónicamente, fueron los tatuajes de Auschwitz en la parte interior de su brazo izquierdo; uno que le habían borrado de forma burda y el segundo, debajo del codo, que lo marcaba como B14571.

Eso lo trajo todo de vuelta. Las imágenes eran inquietantes, un cuadro de pérdida y dolor.

Su infancia robada, la cocina y la bondad de su madre Golda.

La última cena de Pascua con su familia antes de que los condujeran al gueto, la agonía de la deportación en un vagón de ganado abarrotado.

Y lo más espantoso: el asesinato de su madre y sus dos hermanas al llegar al campo.

Dugo experimentó un impulso primitivo que lo llevó a querer rellenar las lagunas de su memoria.

Una vez dado de alta del hospital, se dirigió a Viena y luego a Budapest, viajando de forma precaria en el techo de una sucesión de trenes.

Como siempre, tiró de su ingenio para conseguir que lo llevaran en vehículos y completara sí los últimos doscientos ochenta kilómetros del viaje por carretera hasta su ciudad natal, Nyíregyháza.

Poco más de trescientos miembros de la comunidad ortodoxa regresarían.

El impacto directo de una bomba había destruido la casa familiar de Dugo.

«Había un enorme agujero en la casa, como el agujero de mi corazón —recordaba—.

Las paredes estaban desnudas y yermas. No había ni una cama ni una mesa.

Ni un armario ni una caja de zapatos llena de fotografías familiares».

Lo abrumó mucho ver lo que la ciudad había sido y en lo que se había convertido.

La espectacular sinagoga en la que había rezado era ahora un campo de ruinas.

Los nazis la habían hecho volar por los aires en octubre de 1944.

Lo único que quedaba era un ajuste de cuentas humano.

Tenía que saber qué había sido de su padre, Meir, y de su hermano Shmuel.

De camino a la antigua casa familiar, Dugo se encontró con un destacado funcionario judío local, Eliezer Blue, que en su día había trabajado para el Ministerio de Asuntos Exteriores. Blue se había acostumbrado a las preguntas atormentadas de los angustiados refugiados, así que tomó la iniciativa:

—Tu hermano está en casa —le dijo a Dugo.

—¿Y dónde está mi padre? —fue la inevitable e inmediata pregunta, pero Blue no la contestó.

El silencio fue opresivo, pero revelador.

La tristeza en la voz de Dugo refleja la naturaleza duradera de su pérdida: «En ese momento me di cuenta de que mi padre, al igual que mi madre, no había sobrevivido».

Aunque por naturaleza era un optimista empedernido, una nube negra se abatió sobre él.

Pasaría un tiempo antes de que descubriera los detalles de la muerte de Meir Leitner, ocurrida un par de semanas antes de que el tercer ejército estadounidense liberara Buchenwald el 11 de abril.

Saber que su padre había estado tan cerca de compartir la libertad de los veintiún mil prisioneros que sobrevivieron aquella tarde era como un cuchillo que se retorcía en las entrañas de Dugo.

Al igual que su hermano Shmuel, no veía ya futuro alguno en Hungría.

Aunque, al menos en apariencia, sus antiguos vecinos lo recibieron con cordialidad, la necesidad de autoprotegerse durante la purga fascista contra la población judía los había dejado con la sensación de que no se podía confiar del todo en ellos.

Demasiadas cosas habían cambiado como para que su presencia resultara cómoda.

Los miembros más jóvenes de la generación posterior al Holocausto amplificaron la fe de Meir Leitner en el principio del Estado de Israel.

Dugo, como la mayoría de quienes provenían de una tradición ortodoxa, se mostró reacio de entrada a la filosofía sionista, pero la labor de los activistas que promovían el futuro asentamiento en lo que entonces era Palestina, bajo mandato británico, comenzó a cobrar sentido poco a poco.

Bnei Akiva es hoy el movimiento juvenil sionista religioso más numeroso del mundo, con más de ciento veinticinco mil miembros en cuarenta y dos países.

Fundado en 1936, tenía una escala mucho menor justo después de la guerra, cuando operaba a nivel local pero desempeñaba un papel clave y proactivo en la preparación de los supervivientes del Holocausto para emprender la aliyá.

Traducido literalmente del hebreo como «ascenso», «elevación» o «subir», se ha convertido en un término universal para referirse a la emigración a Israel.

«Los jóvenes guardianes y constructores de la nación querían llevarme allí, pero al principio la idea no me gustaba —admitió Dugo—. Con el tiempo, cambié de opinión».

Se trasladó a una zona rural de Hungría, en la que Bnei Akiva gestionaba granjas que daban formación a los supervivientes en todos los ámbitos que necesitarían en la madre patria.

Durante dieciocho meses, Dugo forjó y alimentó una ambición: fundar un kibutz, las comunidades utópicas tradicionalmente basadas en la agricultura.

No le daba miedo el trabajo duro y le atraía la pureza de la idea, más allá de sus asociaciones ideológicas con el socialismo y el sionismo.

La Declaración de Independencia de Israel del 14 de mayo de 1948, junto con los tintes autoritarios de Europa del Este, lo convencieron de dar pasos prácticos para emigrar.

Fue un proceso peligroso y clandestino. Hungría había cerrado sus fronteras, que eran más fáciles de cruzar por el norte, hacia Eslovaquia.

Una vez en Bratislava, los emigrantes potenciales realizaban un trayecto relativamente corto por el este de Austria hasta llegar a Viena.

Desde allí, viajaban hacia el suroeste, a Italia, hasta llegar a Bari, la ciudad portuaria del Adriático en la que Dugo embarcó rumbo a Israel.

Cuando bajó a tierra el 21 de marzo de 1949, ya lo habían reclutado como artillero en las Fuerzas de Defensa de Israel.

Estaba preparado para luchar por el derecho a vivir como él eligiera.

También lo estaba Mordechai Eldar, que había sobrevivido a una ruta tortuosa hasta Gunskirchen que lo obligó a enfrentarse al mayor de los tabúes: el canibalismo.

Transportados desde Auschwitz-Birkenau a mediados de diciembre de 1944, en pleno invierno, muchos de los que lo acompañaban en vagones descubiertos con destino a Sachsenhausen murieron de frío e inanición.

Lo que nos ayudó un poco fue la lona que habían dejado en el suelo y que utilizábamos para cubrirnos. Desnudábamos a los muertos y nos poníamos su ropa y nos tumbábamos sobre los cuerpos porque el suelo estaba helado. Tras pasar varias semanas en Sachsenhausen, nos trasladaron a Mauthausen.

Un día un avión bombardeó el campo y hubo numerosos heridos y muertos.

Había partes de cuerpos esparcidas por el suelo.

Teníamos un hambre tan espantosa que nos las comimos.

Hay que hallarse en una determinada situación para entenderlo.

También comí gusanos, caracoles, pieles de patata y cosas tiradas a la basura.

Era necesaria una valentía singular para confirmar las consecuencias de la desesperación.

Mordechai rara vez había hablado en público sobre ese incidente hasta que, en febrero de 2016, viajó a Detmold, en Alemania, para testificar en el juicio contra Reinhold Hanning, quien se había ofrecido como voluntario para las Waffen-SS a los dieciocho años y cuya crueldad como guardia en Auschwitz era notoria.

Lo declararon culpable de asesinato en masa, pero murió en enero de 2017, a los noventa y cinco años, antes de poder cumplir su condena en prisión.

Aunque para entonces Mordechai se había convertido en un comentarista de la experiencia del Holocausto tremendamente respetado, el juicio resultó catártico, ya que le permitió abordar, con valentía y concisión, lo peor de sus recuerdos.

Habló de las ejecuciones públicas acompañadas por la orquesta del campo, con las víctimas «colgadas boca abajo».

Se refirió a Josef Mengele como «una vergüenza para el mundo» por sus «actos satánicos» y describió cómo habían sometido a experimentos a un amigo suyo, un gemelo.

Cuando se reencontraron años después en Israel, su amigo fue incapaz de hablar de los horrores que había vivido.

En su lugar, «derramó lágrimas amargas», abrumado.

El resumen que hizo Mordechai de la inhumanidad de sus captores resultó hondamente conmovedor: