Milagro en Auschwitz Capítulo 12 - Libres
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Capítulo 12 - Libres

Libres

El sueño se mostró esquivo mientras Hershel Herskovic empezaba a asumir la pérdida de su vista. El canto matutino de los pájaros le servía de referencia y, aunque sentía la presencia de su hermano Yisroel junto a la cama, no estuvo seguro hasta que oyó su voz.

Tenía hambre, pues llevaba varios días sin comer, y luchaba contra una abrumadora sensación de impotencia que desafiaba los instintos que le habían permitido sobrevivir a la guerra.

La nueva realidad era onerosa: cuando le pidió a Yisroel que lo sacara del hospital para poder mendigar en la calle, descubrió que no tenía fuerzas para moverse con libertad.

Las sensaciones y limitaciones de la ceguera no lo afectaron psicológicamente mientras estuvo asolado por el agotamiento físico, pero, a medida que se fue recuperando y adaptando al ritmo de una nueva forma de vida cotidiana, sí le afectaron en lo más hondo.

Estaba dividido; no sabía adonde ir ni qué hacer.

La esperanza de que su ceguera fuera temporal resultaba comprensible, pero acabó siendo perniciosa.

Lo llevaron a un oftalmólogo austríaco, que le administró inyecciones intravítreas para suministrarle la medicación directamente en los globos oculares.

La decepción cuando las inyecciones resultaron ineficaces fue aplastante.

Tras un periodo en un centro de rehabilitación, regresó a Hungría a principios de agosto.

Aferrándose a la esperanza de que su dolencia fuera susceptible de tratamiento, hizo una parada en Bratislava para someterse a más pruebas en el hospital judío.

Una vez más, el especialista concluyó que su ceguera era permanente.

Mientras esta búsqueda infructuosa de aliento tenía lugar, su padre, Abraham, se había dedicado a velar a diario en la estación principal de Budapest con la esperanza de ver a sus hijos entre los pasajeros que desembarcaban de los trenes procedentes de Alemania o Austria.

Por casualidad, mientras preguntaba a los pasajeros mencionó los nombres de sus hijos a un chico rumano que había acompañado a Hershel e Yisroel al abandonar el hospital militar.

Informado de que buscaban tratamiento en la capital eslovaca, su padre viajó allí de inmediato.

Hershel supo que había llegado antes que Yisroel porque escuchó su voz preguntando por ellos a las enfermeras.

Pese a su fragilidad, los chicos no cabían en sí de gozo.

Yisroel en concreto estaba enfermo; tenía líquido en los pulmones y no tardaron en enviarlo a recuperarse en el aire limpio y puro de la cordillera de los Tatras, en la frontera entre Polonia y la actual Eslovaquia.

Cada una de estas improbables reuniones que los desposeídos protagonizaban por todo el continente era, a su manera, una demostración del fracaso del credo homicida de los nazis.

Sin embargo, las placas tectónicas de un mundo imperfecto e incierto seguían moviéndose.

Tras más pruebas fallidas en un hospital de Budapest, donde Hershel se reunió con su hermano mayor Berish, que había sobrevivido a Buchenwald junto con su padre, se dirigió a una ciudad natal que apenas reconoció.

Solo dos familias judías de Munkacs, la del profesor Eliyah Rubin, superviviente de Auschwitz, y la de los Ungar, relojeros de la ciudad, estaban incólumes.

El resto había sido destruido o diezmado; más del ochenta y cinco por ciento de la población judía previa a la guerra había sido aniquilada.

Las propiedades judías habían sido pasto de los robos; el Liceo Hebreo, una institución educativa clave, había cerrado, y las sinagogas se usaban como almacenes.

La ciudad estaba a todas luces bajo influencia comunista después de pasar a formar parte de la Unión Soviética de manera oficial en junio de 1945.

Los servicios religiosos públicos requerían una licencia y las autoridades confiscaron el edificio que albergaba una sinagoga improvisada.

Hershel reconoció los peligros de una nueva tiranía y escuchó ecos inquietantes de viejos prejuicios:

Nada más llegar, tuve la sensación de que no quería quedarme allí.

Parecía una ciudad fantasma. La manera en la que hablaban y se comportaban los soldados rusos me convenció de que tenía que salir de allí.

Mi padre no lo sentía con tanta intensidad, quizá porque era mayor, pero yo seguí insistiendo.

Todavía celebrábamos las fiestas judías, pero todo parecía provisional.

El telón de acero había empezado a caer.

El plazo para una emigración limitada a Checoslovaquia había expirado y a su padre lo detuvieron en la frontera cuando intentó llevar a Hershel a Praga para que le realizaran más pruebas.

En un principio, el guardia se negó a darles permiso para salir, pero cedió cuando le explicaron la urgencia médica.

Tras dejar a Hershel en el hospital de la capital checa, su padre regresó a Munkacs con la intención de llevarse a Berish a Praga, pero había perdido su oportunidad.

Cuando volvió sobre sus pasos hasta la frontera con su hijo mayor, esta ya estaba cerrada.

Ambos eran súbditos soviéticos, prisioneros de la historia.

Una vez más, la familia se había fragmentado.

Mientras estaba en Praga, Hershel conoció a representantes de la comunidad judía de Londres, cuyo comité de refugiados había recibido permiso del Gobierno británico para reubicar en Inglaterra a trescientos chicos judíos.

La única condición presentaba un problema evidente: para poder viajar, debían estar sanos.

Hershel no cumplía ese requisito. Sin desanimarse, usó la astucia propia de un veterano de los campos y convenció a un doctor checo para que, en contra de su opinión médica, escribiera una carta en la que indicaba que el chico tenía posibilidades de recuperar la vista si recibía más inyecciones y contaba con la experiencia del sistema médico británico.

Eso bastó para garantizar a Hershel el billete hacia una nueva vida.

Lo acompañaría su primo Chaim Schwimmer, a quien había salvado de hecho en los cruciales días posteriores a la liberación al presionar a las tropas americanas para que lo llevaran al hospital.

El tifus había consumido el cuerpo de Chaim y también había minado su espíritu.

Estaba tan desmoralizado que no tenía ni la energía ni las ganas para sumarse a las multitudes alegres que recibían a los estadounidenses. Más adelante, reflexionaría:

Imagínatelo. Habíamos aguardado y rezado para ver a los americanos, pero cuando llegaron ni siquiera fui a verlos. Miles de personas morían a mi alrededor. Yo estaba muy enfermo, pero sabía que sería una tontería comer las carretadas de comida enlatada que traían en los camiones.

Mucha gente que llevaba mucho tiempo sin comer apenas nada murió.

Su estómago no pudo soportarlo. En cambio, nosotros tres —Hershel, Yisroel y yo— salimos a los campos de los alrededores para recoger patatas el sábado por la tarde.

No estaban podridas, así que las cocinamos y nos las comimos con la esperanza de que nos dieran fuerzas.

Al final los llevaron a la localidad de Gunskirchen en la parte trasera de un camión que transportaba a un grupo de soldados afroestadounidenses, quienes, impresionados por su aspecto desesperado, desobedecieron las órdenes de no dejarlos subir.

Vestidos aún con sus andrajosos uniformes a rayas, los tres deambularon sin rumbo antes de regresar al campo.

Estaban tan condicionados a la disciplina del internamiento que, con bastante lógica, les daba miedo que los castigaran por faltar a una inspección.

Chaim en concreto se había exigido demasiado. Se tumbó en el suelo, entró en coma y perdió los siguientes cinco días de su vida.

Al principio, mi primo pensó que había muerto. Cuando se dio cuenta de que estaba inconsciente, empezó a suplicar que me llevaran al hospital. Al final nos llevaron allí en la parte trasera de una grúa.

El hospital lo dirigían monjas. Yo estaba tan lleno de piojos de arriba abajo que apenas se veía un centímetro de mi piel.

Me los quitaron con cepillos de acero, me metieron en agua y me lavaron.

Estaba muy cansado. Me acostaron en la cama y dormí durante…

no sé, un día y medio o dos. Cuando desperté, era una persona nueva.

A salvo del peligro inmediato, lo trasladaron a una planta superior, donde surgieron nuevas preocupaciones.

Su presión arterial era peligrosamente baja y sus venas estaban tan dañadas que las enfermeras tenían serias dificultades para tomarle muestras de sangre.

Chaim también tenía la mente confundida y estaba convencido de que debería haber estado celebrando Shavuot, la festividad judía de dos días que conmemora la entrega de la Torá a Moisés en el monte Sinai.

Eso había ocurrido casi una semana antes, mientras él estaba en coma.

Estuvo bajo observación intensiva durante una semana antes de que se tomara la decisión de trasladarlo a una clínica de reposo en la montaña, «un lugar precioso» en el que Chaim permaneció casi un mes.

Comía bien, a pesar de su preocupación por que la carne no fuera kosher , a diferencia de las verduras frescas, que consumía con entusiasmo.

Ganaba peso a buen ritmo y comenzó a planificar su futuro inmediato, en última instancia ligado al de su primo.

Chaim también consiguió una plaza en el programa para llevar jóvenes judíos a Inglaterra.

Durante una estancia de tres semanas para recuperarse en Taverny, en los suburbios del noroeste de París, se reencontró con Hershel.