Capítulo 11 - Marchar o morir #3
«No le tengo miedo a la muerte, me es indiferente —reconocía en sus últimos días de vida en el asentamiento de Nir Galim, el cual contribuyó a fundar junto con otros supervivientes cerca de Ashdod, en la llanura costera del sur de Israel—.
Te pondré un ejemplo. En una guerra, nadie puede decir que no tiene miedo, y yo he estado en dos guerras totales.
Cuando te disparan, tienes miedo. No te la juegas, pero no puedes sucumbir al pánico.
Tienes que guardarte las espaldas y estar alerta a los peligros, pero no te puedes dejar dominar por el miedo».
La anarquía, sin embargo, es impredecible por naturaleza.
Despoja de cualquier noción de certeza. El campo de Gunskirchen era mortal porque estaba totalmente desorganizado y abrumadoramente superpoblado.
La disentería y el tifus asolaban a los prisioneros hambrientos y esqueléticos.
Hershel recuerda que «había cuerpos esparcidos por todas partes».
Chaim Schwimmer describió a «vándalos que corrían por todas partes» en el bosque en el que los habían abandonado. Vivían en chozas sin techo y dormían entre cadáveres congelados. Hasta alguien con el instinto de supervivencia de Dugo parecía menoscabado.
Ya me he sumido en un letargo. El tifus me está devorando. Los piojos ya me han devorado. Es un lugar terrible.
Estoy tan enfermo que ya no me siento vivo.
Tengo la sensación de estar viviendo mis últimos momentos.
Pero entonces un hombre de las SS decide intentar salvar su propio pellejo repartiendo comida de la Cruz Roja.
Estamos famélicos, muriendo de inanición.
Empezamos a aporrear las puertas del almacén de comida y los de las SS empiezan a disparar con ametralladoras.
No sé a cuántos mataron, pero yo conseguí escapar.
Esa noche Dugo regresó a una relativa seguridad y lloró porque «estaba muy desanimado por mi vida». En la oscuridad, mantuvo una conversación imaginaria y airada con su padre:
—Papá, cuando estaba en Birkenau me pediste que sobreviviera, que resistiera y volviera a casa. Mírame ahora, aquí sentado sin comida y sin ropa. ¿Cómo me estás protegiendo?
—David, cálmate —me dice mi padre—. Encuentra algo que ponerte.
A la mañana siguiente, regresó al lugar de la matanza del día anterior, le quitó los pantalones a un cadáver y se los puso. Luego le arrancó el abrigo a otro cuerpo. Como es comprensible, la desesperación había superado las convenciones habituales de la decencia; al menos así estaría más abrigado.
Tras las advertencias de que una repetición de los disturbios del día anterior conllevaría nuevas represalias, Dugo fue uno de los primeros prisioneros en hacerse con un paquete de la Cruz Roja, que contenía dos paquetes de galletas, dos latas de sardinas, dos paquetes de mermelada y un cartón de leche. Lo protegió con su vida.
En cuanto a Hershel, pensó en huir al bosque, pero dudaba que pudiera sobrevivir, ya que se hallaba al borde de la extenuación.
Aun así, conservaba su ingenio natural. Al ver una brecha en la valla que rodeaba el almacén, se hizo con algo de comida, la escondió entre su ropa y se la llevó de vuelta al campo.
Estaba a punto de compartirla con su primo Chaim y con Yisroel Taub cuando otros prisioneros se abalanzaron sobre él.
La gente tenía mucha hambre y a mí apenas me quedaban fuerzas para resistirme. Me robaron y se alejaron a la carrera, cuando un guardia alemán se dio cuenta de que me estaban atacando. Yo me hallaba en el suelo y él sacó su pistola y se preparó para dispararme.
Nunca sabré por qué no lo hizo. Lo más seguro es que ya no le quedaran balas.
Yo no podía correr, así que se limitó a golpearme con fuerza en la cabeza con su arma.
Me quedé inconsciente durante un rato y, cuando me levanté, estaba mareado.
Al menos pudimos repartir la comida que me quedaba.
Sin eso, seguramente habríamos muerto de inanición.
Chaim, aquejado por un caso grave de tifus, e Yisroel, extremadamente debilitado por la diarrea, cuidaron de Hershel durante cuarenta y ocho horas, hasta que la tarde del viernes 4 de mayo se corrió la voz de que los estadounidenses habían tomado la ciudad: eran libres para hacer lo que desearan.
Cuando los liberadores llegaron a las diez de la mañana del día siguiente, las SS ya habían huido tras un intento apresurado de obligar a los prisioneros a enterrar a algunos muertos.
El testimonio del capitán J. D. Pletcher, de la 71.
ª División de Infantería, resiste el paso del tiempo como un reflejo claro de la depravación de la situación:
Mientras íbamos hacia el campo en nuestro jeep , la primera señal de que nos acercábamos fueron los cientos de prisioneros hambrientos y medio enloquecidos que bordeaban las carreteras, suplicando comida y cigarrillos.
Muchos de ellos no habían podido avanzar más que unos pocos centenares de metros desde la verja antes de desplomarse y morir.
Por muy débiles que estuvieran, la posibilidad de ser libres, la oportunidad de huir, eran tan poderosas que no podían resistirse, aunque eso significara tambalearse apenas unos pasos antes de que la muerte los alcanzara.
De todos los horrores de aquel lugar, tal vez el olor fuera el más impactante de todos.
Estaba compuesto de toda clase de hedores: excrementos humanos, olores corporales nauseabundos, ascuas de hogueras de basura, tabaco alemán —que ya de por sí apesta—, todo mezclado en una atmósfera densa y húmeda, en un bosque espeso y embarrado en el que apenas circulaba el aire.
El suelo de todo el campo era pastoso, removido por el paso constante de miles de pies hasta alcanzar la consistencia de una masilla tibia, una mezcla de barro con heces y orina.
El olor de Gunskirchen provocaba náuseas a muchos de los estadounidenses que llegaron allí.
Es un olor que nunca olvidaré, totalmente distinto a cualquier otra cosa que haya experimentado.
Casi podía verse y flotaba sobre el campo como una niebla de muerte.
Cuando entramos en el campo, los esqueletos vivientes que aún podían caminar se agolparon a nuestro alrededor y, aunque queríamos avanzar con el jeep hasta más adentro, la multitud que se arremolinaba y empujaba no nos lo permitía.
No es una exageración decir que casi todos los prisioneros estaban enloquecidos por el hambre.
La mera visión de un estadounidense provocaba vítores, gemidos y alaridos.
La gente se acercaba a nosotros para tocar a un estadounidense, para tocar el jeep , para besarnos los brazos; quizá solo para asegurarse de que era real.
Los que no podían caminar se arrastraban hacia nuestro jeep .
Los que ni siquiera podían arrastrarse se incorporaban como podían sobre un codo y, de algún modo, a través de todo su dolor y sufrimiento, expresaban con la mirada la gratitud y la alegría que sentían al ver llegar a los estadounidenses.
El primer pensamiento de Dugo fue dirigirse a las cocinas, pero otros se le adelantaron y cometieron el error fatal de darse un atracón. Algunos no eran conscientes del riesgo, pero Hershel se encontró con un muchacho condenado que le dijo:
—No me importa morir mientras tenga suficiente comida.
Aunque Hershel estaba «en los huesos», tuvo la suficiente lucidez como para no comer la comida rica y grasienta que repartían los libertadores, que no habían previsto las consecuencias que tendría para los prisioneros famélicos.
Rechazó la carne y se limitó a comer patatas, pan y galletas secas antes de conseguir llevar a Chaim e Yisroel, que ya estaban muy enfermos, a un hospital militar.
A Hershel también lo ingresaron y al principio se sintió un poco mejor, pero su estado empeoró con rapidez cuando cayó presa del tifus.
No comió ni bebió durante cinco días. Fue luego, al despertarse de un sueño profundo, cuando se dio cuenta de que «la luz había desaparecido de mi ojo derecho».
Cerró los dos, se puso las manos delante de la cara y volvió a abrirlos.
Su campo de visión se estaba reduciendo a una velocidad aterradora.
Al cabo de diez minutos, ya no veía nada.
Se había quedado ciego debido a una combinación de la enfermedad y la brutalidad del soldado de las SS que luego había desaparecido en la noche.
Su última imagen consciente es la de cadáveres congelados y esparcidos por el paisaje.