Capítulo 11 - Marchar o morir #2
Alertados por los cañonazos que señalaban la inminencia de un ataque ruso definitivo sobre Blechhammer, los pocos hombres de las SS que quedaban evacuaron el campo el domingo 21 de enero.
A los evacuados de Auschwitz no les dieron nada de comer ni beber y los obligaron a caminar ocho kilómetros hasta una estación ferroviaria.
Por casualidad, los chicos se encontraron allí con Dugo Leitner, que llevaba ya tres días marchando.
«Caminaba con los ojos cerrados», recordaría después.
No podía abrirlos bien por el fuerte viento y la intensa nieve. No había comida. La mayoría de los presos que me rodeaban eran rusos, polacos, ucranianos. No había muchos judíos. Era imposible no quedarse dormido, incluso de pie.
Me puse a llorar por un sueño. En él, mi madre me lleva a una habitación llena de un montón de cosas buenas.
Me dice que pronto iremos a Israel, donde los bilkelach [pequeños rollos de jala, una especialidad casera] crecen en los árboles.
Tengo hambre y le suplico que me dé uno.
Ella me dice que solo podrá hacerlo cuando estemos juntos en Jerusalén.
Le insisto, pero ella continúa diciendo que no. Por eso lloraba cuando me desperté. Nunca perdí la fe en que debía sobrevivir. Tenía que atravesar los campos para volver a casa y contarle al mundo entero lo que los halcones le hicieron al pueblo de Israel.
Aguantaba recurriendo también al recuerdo de su padre, quien siempre le aconsejaba recitar el salmo 20 en los momentos de mayor peligro: «El Señor te responderá en los momentos de dificultad; Él, oh, Dios de Jacob, te protegerá. Te enviará ayuda desde el santuario y desde Sion te sustentará».
La nueva amenaza llegó desde el aire. Mientras el tren se dirigía al sur, en otro viaje de cinco días de una lentitud insoportable, fue bombardeado por los aviones aliados, alertados por un convoy que había un poco por delante de ellos en la vía y que transportaba armas al frente.
Sentado en un vagón descubierto cerca del que llevaba carbón, Dugo se hallaba en la línea de fuego y tuvo una suerte extraordinaria al sobrevivir al incidente, que se cree que costó la vida a siete de los cincuenta y un chicos húngaros indultados.
Aunque Dugo no podía poner nombre a los jóvenes rostros que seguían vivos en su memoria aún en la vejez, sus recuerdos eran auténticos:
Imagínatelo. Estoy sentado allí, en el vagón, cuando el avión se lanza sobre nosotros. De repente, dispara: ratatá… ratatá… ratatá. Siete de mis amigos, sentados al otro lado del vagón, todos muertos. A mí me llevaron a otro vagón en el que apenas había espacio, pero me había salvado.
Hershel Herskovic también tuvo la suerte de zafarse de ese mismo ataque.
Un evacuado del vagón más cercano al suyo fue alcanzado y murió.
Los chicos se habían visto reducidos a comer nieve o chupar hielo arrancado de los laterales de los vagones, pero unos funcionarios checos los salvaron en una rara muestra de compasión al permitir el reparto de café durante una breve parada.
Estaba flojo, pero maravillosamente caliente.
Al llegar a Mauthausen a principios de febrero, Hershel se dio cuenta enseguida de que era «un lugar terrible, mucho peor que Birkenau».
Destinado en un principiona aquellos descritos de manera oficial como «enemigos políticos incorregibles del Tercer Reich», era el único campo de categoría III de los nazis.
Cerca de la mitad de sus doscientos mil prisioneros, retenidos entre agosto de 1938 y el día de la liberación del campo el 5 de mayo de 1945, murieron allí.
Entre ellos había prisioneros polacos que habían trabajado en el crematorio n.
° 1 de Auschwitz-Birkenau y que fueron ejecutados dos semanas antes de la liberación del campo.
Las primeras impresiones de Hershel siguen siendo vividas: «Teníamos que caminar montaña arriba desde el tren hasta el campo, que parecía tocar el cielo y estaba muy fortificado.
Había gruesos muros de piedra, vallas electrificadas y torres de vigilancia.
Daba la sensación de llevar allí desde la creación del mundo».
Dugo recordaba unas «vistas impresionantes, pero un frío siniestro», y también que los residentes locales atacaban a los chicos con horcas mientras estos ascendían hacia el campo.
Imagínatelo. Los alemanes dijeron a la población local que éramos criminales que llegaban a su pueblo. Decenas de ellos nos empujaban y pinchaban.
—¿Quiénes sois? —nos preguntaban.
—Venimos de Auschwitz-Birkenau.
—¿Qué es Auschwitz? ¿Qué es Birkenau? ¿Dónde están vuestros padres?
—Los asesinaron en Birkenau.
—¿Qué? ¡Estáis borrachos! Estáis locos. Os habéis escapado de un manicomio de Budapest.
Mientras esto ocurría, la gente resbalaba por el camino de la montaña y se rompía brazos y piernas.
Alabado sea Dios, nuestro Señor, que me protegió; recibí algunos pinchazos de las horcas, pero no me caí.
Dos filas de hombres de las SS nos esperaban al llegar al campo de arriba y golpeaban a todo el que entraba. Sentíamos que nos llevaban a la muerte.
Los llevaron a la zona de baños, en la que, para su alivio, las duchas dejaban escapar chorros intermitentes de agua fría.
Aquello no duraría mucho: al cabo de más o menos un mes, en el campo ya no quedaban instalaciones para lavarse.
Las enfermedades se propagaban de manera desenfrenada y los presos estaban infestados de piojos.
Aunque no recibieron ropa nueva y limpia, al menos pudieron aclarar los andrajos sucios con los que habían llegado.
Dugo se las apañó incluso para lavar sus zapatos malolientes, sobre los que había defecado.
«Imagínate el aroma», recordaba con su característica sonrisa.
El lema de Mauthausen era «aniquilación mediante el trabajo».
Elegido por su abundante cantidad de granito, que se usaba en proyectos de construcción civil, su cantera era una trampa mortal.
Los prisioneros trabajaban desde el amanecer hasta el anochecer extrayendo pesadas piedras, que luego cargaban por la llamada «escalera de la muerte», compuesta por 186 rocas irregulares que alcanzaban hasta medio metro de altura.
Miles murieron allí, ya fuera por agotamiento o por la brutalidad de los guardias de las SS, que se situaban a lo largo del camino de subida armados con látigos.
A algunos presos los mataron empujándolos desde el acantilado de la cima.
A otros los enviaron a subcampos que abastecían la industria de armamento o aeronáutica.
Muchos otros acabaron como mano de obra esclava para empresas locales, que pagaban a las autoridades por ese privilegio.
A los chicos no les asignaron los trabajos más duros, pero aun así los obligaban a salir de sus tiendas para realizar interminables recuentos, que comenzaban poco después del amanecer.
Ellos emulaban el sistema de calefacción humana que ya habían usado en Auschwitz, agrupándose en grupos de diez o doce y rotando sus cuerpos para que todos tuvieran tiempo de calentarse en el centro.
«Hacía mucho frío y viento, pero ese sistema de rotación nos mantenía lo más calientes posible —recordaba Hershel—.
Yo no pensaba en el mañana. Lo único que importaba era aguantar ese día, hacer todo lo necesario para seguir adelante».
Las esporádicas ocasiones en las que podían ayudar a descargar pan, que posibilitaban robos subrepticios, fueron salvavidas literales.
El último calvario de los chicos comenzó a principios de abril, cuando los enviaron en una marcha de la muerte de más de sesenta kilómetros desde su ciudad de tiendas de Mauthausen hasta Gunskirchen, un subcampo recién abierto para diecisiete mil judíos húngaros que consistía en poco más que una serie de barracones primitivos, alfombrados de cuerpos a los que se había negado la dignidad de un entierro.
Por primera vez, Hershel percibió la vergüenza de los residentes locales que se cruzaban con ellos por el borde del camino. No querían mirar a ese patético río de prisioneros demacrados. Los paseantes parecían encogerse, retraerse en sí mismos y desvanecerse en las sombras.
La lluvia implacable atravesaba la fina camisa de Dugo.
Las tentaciones eran traicioneras. Por la noche descansaban, por así decirlo, en los prados, pero cualquiera que se saliera del grupo para intentar desenterrar patatas recién plantadas era fusilado.
Dugo se mantenía a base de babosas: «¡Cómo masticábamos las más grandes y vivarachas! ».
El hecho de que sus pantalones estuvieran a punto de caerse a pedazos le resultaba humillante.
Una pernera le llegaba hasta la rodilla, y la otra, hecha jirones, hasta la espinilla.
Fue durante ese trayecto cuando, frío, malnutrido y con los primeros síntomas de tifus, Dugo alcanzó un punto crítico:
Me senté; no quería seguir caminando. Sabía que era el final porque no tenía fuerzas para continuar.
Entonces vi que alguien se acercaba con un arma y, de pronto, tuve un arranque de energía y corrí a reunirme con mis compañeros.
Por alguna razón, no me dispararon. ¿Por qué la muerte no me reclamó?
«No estoy en tu lista —le dije—. Mándame de vuelta».
Fuera de contexto, esa manera de rechazar la muerte podría parecer una actitud increíblemente desenfadada, pero la perspectiva de Dugo, moldeada en un principio por su supervivencia al Holocausto, se matizó con su servicio militar después de la guerra.
En 1949 emigró a Israel y, de inmediato, lo reclutaron para las Fuerzas de Defensa de Israel, con las que participó en varios conflictos.