Milagro en Auschwitz Capítulo 11 - Marchar o morir
71%

Capítulo 11 - Marchar o morir

Marchar o morir

A primera hora de la mañana del día siguiente, jueves, caía una nevada copiosa y la temperatura rondaba los veinte grados bajo cero, aunque la sensación térmica era aún menor debido al viento.

Greenwald y los chicos húngaros que aún quedaban con vida estaban entre los cincuenta y seis mil prisioneros a los que obligaron a enfilar la carretera para marchar o morir.

No tenían comida ni agua. Las SS disparaban a cualquiera que tropezara, dudara u osara salirse de la fila.

Es difícil determinar la cifra exacta, pero se calcula que hubo alrededor de nueve mil fallecidos.

Los pueblos situados en las rutas de las dos principales marchas de la muerte aún conservan monumentos que conmemoran a esas almas exhaustas que sucumbieron o fueron asesinadas a sangre fría.

Los lugares de sepultura —en Brzeszcze, Mied ź na, Ć wiklice, Pszczyna, Brze ź ce, Studzionka, Bzie Zameckie, Jastrz ę bie Zdrój, Mszana, Wilchwy, Wodzis ł aw Ś l ą ski, Bieru ń Stary, Miko ł ow, Mokre, Borowa, Wie ś y Gliwice— constituyen un auténtico mapa del sufrimiento.

Alrededor de veinte mil evacuados de Auschwitz, entre ellos los últimos cien miembros del Sonderkommando , se dirigieron a pie hacia el suroeste hasta llegar a Wodzis ł aw Ś l ą ski, donde a la mayoría los subieron a trenes que los trasladaron a campos de concentración dentro del Tercer Reich, como Gross-Rosen, Buchenwald, Bergen-Belsen, Mauthausen, Ravensbrück y Sachsenhausen.

La mayor parte de los chicos se sumó a una columna más grande que recorrió una distancia similar, sesenta y cinco kilómetros, hacia el noroeste hasta alcanzar Gliwice, otro nudo ferroviario.

Greenwald estaba helado hasta los huesos, «pero cada vez que tenías la tentación de rendirte, veías a las SS disparar a los que se quedaban atrás, así que seguías adelante».

En la tarde del viernes 19 de enero, estuvo tentado de tomarse un breve respiro en Blechhammer, uno de los subcampos de Auschwitz, pero un prisionero polaco con quien había entablado una suerte de relación mientras avanzaban con la cabeza gacha, entre el viento y la nieve, lo disuadió.

El joven tenía veintitrés años, siete más que él, y Wolf se dejó convencer por su temor a que cualquiera que se detuviera allí acabaría ejecutado.

Hershel Herskovic tenía motivos de sobra para arriesgarse, a pesar de que Blechhammer, donde se encontraban dos plantas de producción de petróleo sintético de gran importancia estratégica, era un objetivo de los bombardeos aliados.

Hacía casi veinticuatro horas que llevaba prácticamente a rastras a su primo, un paso tras otro, con los brazos alrededor de su cintura y las manos metidas en los bolsillos de su chaqueta.

Chaim Schwimmer estaba al borde del colapso y Hershel también estaba enfermo de gravedad.

Le costaba respirar, se sentía débil y tenía diarrea.

«No podía caminar por mis propios medios —reconoció Chaim—. Estaba agotado y si fui capaz de continuar subiendo y bajando aquellas colinas fue solo gracias a la ayuda de los demás». A diferencia de Hershel, lamentaba haber abandonado Auschwitz:

Fue una estupidez, porque las SS estaban asustadas hasta la médula. Sabían que los rusos se acercaban y dejaron quizá a dos o tres hombres para vigilar todo el campo. Deberíamos haber hecho lo que hicieron los más listos: escondernos. Ellos sobrevivieron, porque no había nadie que los molestara.

En Blechhammer, Chaim creó un grupo de autoayuda con Hershel y Yisroel Taub. Tal como recordaba Chaim:

Allí tenían edredones y hacía calor porque había carbón.

Nos fuimos a dormir y, por la mañana, los guardias habían desaparecido y las torres de vigilancia estaban vacías.

El campo se hallaba en medio de la ciudad y salimos a buscar comida.

Los vecinos debieron de avisar a las SS, ya que poco después llegó un grupo y se nos llevó de allí.

Durante un par de días, sin embargo, pudimos descansar de las marchas.

«Ni siquiera estábamos seguros de que las SS tuvieran munición», recordaría Hershel con una sonrisa irónica.

Tal vez eso explicara por qué se sentía más seguro allí que en Auschwitz, donde «en las últimas horas reinaban tal confusión e incertidumbre entre los alemanes» que «era difícil saber quién estaba al mando».

Wolf Greenwald pasó la noche del viernes en un barracón de Gliwice, antes de que los obligaran a marchar al otro lado de la ciudad, donde los encerraron en otro de los cuatro subcampos de Auschwitz que había en la zona.

La guerra llegó hasta ellos a una velocidad aterradora; aunque el blanco principal de una incursión de aviones británicos y estadounidenses era la infraestructura ferroviaria, una bomba explotó en el centro de su alojamiento temporal.

El Ejército Rojo ocuparía Gliwice el 24 de enero y llevaría a cabo una terrible venganza contra los más vulnerables.

Más de mil habitantes, en su mayor parte mujeres, niños y ancianos, fueron asesinados.

Los hombres en edad de trabajar fueron deportados a minas soviéticas como mano de obra esclava.

Estas atrocidades eran un recordatorio, si es que era necesario, de que la inhumanidad de la guerra asolaba ambos bandos del conflicto.

Greenwald fue uno de los evacuados de Auschwitz que partió cuatro días antes de que la ciudad cayera en manos de los rusos.

Calculaba que habían obligado a varios miles de personas —nadie conocía las cifras exactas, dado que el pánico era tangible y los alemanes ya no llevaban registros— a apiñarse en sesenta vagones descubiertos con la intención de llegar al campo de concentración de Mauthausen, al norte de Austria.

El lento viaje hacia el sur fue brutal. Expuestos a los elementos, los prisioneros se empapaban con la lluvia gélida y se acurrucaban unos junto a otros para minimizar el efecto del viento.

Congelados y hambrientos, algunos renunciaron a luchar y murieron.

La cifra de fallecidos no dejó de aumentar durante casi una semana, pero la llegada a Mauthausen, al oeste de Linz, no trajo consigo alivio alguno.

Alarmados por un brote de tifus, los alemanes se negaron a permitir que los evacuados desembarcaran y redirigieron el tren hacia el norte, a través de Praga y Alemania, en dirección al campo de concentración de Sachsenhausen, al norte de Berlín.

Wolf recuerda cómo los campesinos checos arrojaban comida desde los puentes, pero para muchos era demasiado poco y demasiado tarde.

A pesar de la tentación, Wolf no se unió a aquellos de su sección que saltaron del tren y se lanzaron a la espesa capa de nieve.

Apostaron sus vidas a que sería la forma más fácil de escapar, ya que la población local parecía solidaria y no había hombres de las SS en los alrededores.

El transporte estaba custodiado por veteranos de la Wehrmacht, que carecían del vigor y la severidad de sus temidos compatriotas.

Los muertos se descargaron sin ceremonia alguna en un bosque cercano al campo, el primero de su tipo en crearse cuando Heinrich Himmler asumió la jefatura de la Policía alemana en julio de 1936.

A los vivos se les ofreció refugio, por llamarlo de alguna manera, en hangares cercanos a las fábricas de aviones Heinkel, ya que el campo principal estaba lleno hasta los topes.

El ciclo de miedo y represalias se intensificó durante las dos semanas que Wolf pasó allí.

A principios de febrero, una unidad especial de las SS encabezada por Otto Moll, uno de los monstruos de Auschwitz, cumplió la orden de los altos rangos de liquidar a unos tres mil prisioneros considerados «peligrosos», ya fuera porque habían recibido entrenamiento militar o porque estaban clasificados como «no aptos para marchar».

El 13 de febrero Wolf se sumó al cargamento humano transportado sin paradas hacia el oeste, al campo de Bergen-Belsen, en un trayecto ferroviario de cuatro horas que, dadas las circunstancias anteriores, resultó relativamente soportable.

Sin embargo, las condiciones que encontró a su llegada fueron espantosas.

Belsen estaba asolado por un brote de tifus tan virulento que las SS habían optado por custodiar el perímetro del campo sin entrar en él.

Era inevitable que el sistema estuviera expuesto a la corrupción.

El registro de los recién llegados lo llevaban a cabo otros prisioneros y, a cambio de favores previos, en algunos casos se anotaba a ciertos presos como fallecidos durante el transporte para que pudieran asumir la identidad de quienes habían muerto en el campo víctimas de enfermedades o inanición.

Otros prisioneros eran asesinados con impunidad para quedarse con sus paquetes de comida de la Cruz Roja.

A Wolf le llamó la atención el ambiente de apatía, anarquía y confusión: «Nos daban algo de comida cada día, pero no trabajábamos.

Pasábamos la mayor parte del tiempo de pie durante cinco o seis horas, con unas condiciones meteorológicas muy adversas, mientras nos contaban. La gente se desplomaba sin más».

Mientras Greenwald esperaba la llegada de los Aliados —que se produciría el 15 de abril—, Hershel Herskovic, Chaim Schwimmer y su hermano Yisroel Taub formaban parte de los veinte mil presos que sobrevivían en precarias tiendas de campaña en Mauthausen, el llamado «campo sin retorno».

Su viaje hasta allí, en los mismos vagones descubiertos usados para transportar a grupos previos, fue peligroso y larguísimo.