Milagro en Auschwitz Capítulo 10 - Milagro #2
67%

Capítulo 10 - Milagro #2

La apuesta de Yaakov de quedarse atrás lo dejó en una situación peligrosa.

Hubo un revuelo repentino mientras los guardias se concentraban en contar a los chicos del lado derecho, cosa que sugería que estaban a punto de completar algún tipo de cupo.

Aunque en ese momento no lo sabía, se estaba acercando a un punto sin retomo: a menos que lo seleccionaran entre los últimos cinco, estaba condenado.

Cuando Yaakov se presentó ante Schwarzhuber, este no disimuló su preocupación por el rasguño que tenía en la rodilla.

Los labios del oficial de las SS estaban fruncidos, señal de que no le convencía el argumento del chico de que no era «nada».

La vida de Yaakov pendía de un hilo; el diálogo posterior se le quedó grabado en la memoria durante años:

— Kannst du laufen? Kannst du marschieren? [«¿Puedes correr? ¿Puedes marchar?»].

— Ja .

— Dann lauf [«Pues corre»].

Yaakov salió disparado hacia la pared, regresó y a continuación obedeció la orden de tumbarse junto al chico que lo había precedido.

Sin entender del todo lo que sucedía, se levantó con rapidez sin que nadie se lo indicara.

Schwarzhuber lo empujó con ademán distraído hacia la que sería la última fila de afortunados.

Después de que un par de chicos más se unieran a él, el oficial nazi se volvió hacia los guardias.

— Es ist fertig [«Hemos terminado»] —les indicó. Luego señaló a los cincuenta chicos del lado derecho y añadió—: Diese. Lass sie sich anziehen [«Estos. Que se vistan»].

De inmediato, adoptó un tono siniestro mientras hacía un gesto despectivo en dirección a los condenados del lado izquierdo:

— Werfen sie sin in den ofen [«Arrojadlos al horno»] —ordenó con palabras teñidas de amenaza.

Yaakov se dio cuenta de que se había salvado y experimentó un alivio abrumador, mezclado con incredulidad y sentimiento de culpa.

Por el rabillo del ojo, vio al chico con el que había tenido un intercambio amargo al entrar en la cámara de gas, provocado por su profesión de esperanza.

Lo estaban conduciendo de nuevo al lugar del que habían salido.

El griterío instantáneo proporcionó a un joven bastante pequeño, a quien Dugo Leitner reconoció como compañero del Scheisskommando , la brigada de las aguas fecales, el abrigo necesario para salir disparado hacia las filas de los indultados y esconderse entre un montón de ropa desechada, del que salió cuando los guardias estaban distraídos.

Cincuenta y un chicos vivirían para ver un nuevo día.

Reinaba tal revuelo que nadie descubrió su treta.

Otro chico había proporcionado una macabra distracción al soltarse y lanzarse sobre la alambrada electrificada.

Su cuerpo desnudo y esquelético convulsionó durante un instante y luego quedó allí colgando.

El suicidio era tan habitual que se consideraba más una molestia que una reafirmación simbólica del control de un individuo sobre su propio destino.

Yaakov intentó, sin éxito, aislarse de la desesperación de los condenados:

Sus gritos llegaban hasta el cielo. Sabían que era el final. Gritaban todo tipo de cosas, pero no puedo recordar qué. Cuando una multitud grita al mismo tiempo, no se distingue lo que dice. Yo me concentré en vestirme rápido. No sabía qué coger, así que me limité a agarrar lo que tenía a mano.

Se puso un pantalón y encontró un trozo de pan en su interior.

Solo más tarde se preguntó qué habría sido del chico que había guardado aquel pedazo de sustento.

Eran los restos de una comida que nunca terminaría, la ilustración de una vida que, con toda probabilidad, nunca llegaría a vivir.

El destino rara vez le había parecido tan lúgubre.

Hasta los guardias de las SS parecían descolocados por lo sucedido. Wolf Greenwald mantuvo una conversación surrealista e insólitamente compasiva con uno de ellos, que le dijo que cogiera toda la ropa que quisiera.

Se quedó allí hasta que todos tuvimos lo que necesitábamos.

Yo me hice con tres o cuatro calzoncillos, dos trajes, un abrigo de invierno, zapatos y calcetines.

Cuando terminé, me preguntó: Jugend. Bist du zufrieden?

[«Muchacho. ¿Estás satisfecho?»]. Le di las gracias y, con educación, él me deseó buenas noches.

La lluvia había cesado y el cielo empezaba a despejarse.

Hershel Herskovic sigue convencido de que vio un arcoíris sobre el campo.

Mordechai Eldar, que al igual que Hershel fue uno de los primeros en pasar la selección, guarda un recuerdo bastante más sobrio de ese momento.

No tardó nada en recoger algo de ropa y esperó delante de la cámara a recibir nuevas órdenes.

Estaba lo bastante alejado del edificio como para ver a un soldado con máscara que subía al tejado cargado de latas con cápsulas de gas.

Los gritos de los atrapados en el interior pronto se irían apagando y se desvanecerían.

La muerte estaba a punto de reclamar su poder.

Los cincuenta y uno no supieron por qué los habían indultado ni para qué los necesitaban hasta que regresaron a los barracones. La única pista se la proporcionó un miembro del Sonderkommando mientras los alineaban para marchar:

—Niños —murmuró, sin querer llamar la atención tras la carnicería de la revuelta de dos días antes—, os habéis salvado porque el doctor Mengele os necesita para trabajar.

Un segundo miembro del Sonderkommando no daba crédito.

—Nadie ha salido de aquí con vida. Sois los primeros. Nunca había pasado.

Estaban a punto de emprender el camino de regreso desde el crematorio n.

° 5 cuando se encontraron de frente con otro grupo de chicos, cuya ejecución estaba programada después de la suya.

Yaakov Yosef Weiss captó así la confusión del momento: «Ellos nos miraban y movían la cabeza y nosotros hacíamos lo mismo, como diciendo: “¿Qué hacéis aquí?”.

Nadie sabía lo que pasaba. ¿Estaban ellos ahora en la cola para la selección?

». En aquel grupo se hallaba Avigdor Neumann, que se quedó consternado al reconocer los rostros familiares de Hershel Herskovic y Dugo Leitner.

«Acabábamos de llegar a las puertas al crematorio y vi a los chicos caminar hacia nosotros. “¿Cómo es posible?”, pensé».

Instintivamente, se temió lo peor y recordó las historias de víctimas arrojadas vivas a las fosas al aire libre porque la cámara y el crematorio estaban saturados.

Sin embargo, a su grupo también le ordenaron que diera media vuelta y lo mandaron de regreso a los barracones, en el antiguo recinto de los gitanos.

Generaciones después, el alivio de Avigdor se refleja en la ligereza de su risa:

Siempre digo que la Parca no me quiere. Es un sentimiento profundo. Ese día alguien ahí arriba decidió que regresara del crematorio. Puede que tengas hambre, piojos, que estés enfermo, que sufras, pero debes creer. Las cosas no las escribes necesariamente tú.

Estoy vivo gracias a mi fe. La mamé con la leche de mi madre. Mientras crecía, no conocí otra cosa. Soy un ser humano con defectos humanos, pero tengo mi fe, mis valores. No estudié Psicología, pero estoy convencido de que mi fe me dio la voluntad y la confianza necesarias para sobrevivir.

Enfrentarse a la muerte es una experiencia muy extraña. No es tan sencillo como saber lo que va a pasar y no creértelo. Puedes convencerte de que quizá —quizá— no es verdad y no ocurrirá, pero por otro lado lo aceptas. Ya sabes: «Hasta aquí he llegado».

Los cincuenta y uno tenían un aspecto fantasmal.

Los que los veían daban por sentado que los habían conducido a la muerte apenas unas horas antes.

Del mismo modo que los miembros del Sonderkommando habían retrocedido sorprendidos ante lo que consideraban un giro sin precedentes de los acontecimientos, el guardia de la entrada principal pareció de algún modo ablandarse ante su lucha interna por creer lo que veía con sus propios ojos.

«Siempre hay un guardia ahí plantado cuando vuelves al campo —reflexionaba Yaakov—. No puedo perdonarle que nos sonriera, pero vimos que, de alguna manera, apreciaba de verdad que hubiéramos regresado. Que un goy [no judío] y un sádico como él tuviera sentimientos me resultó curioso».

Hershel no tuvo tiempo de sentir nada a su regreso al mundo de los vivos, pero su aturdimiento se vio reemplazado por la euforia cuando su hermano menor, Yisroel Taub, que había permanecido escondido durante toda la noche, lo recibió en los barracones.

Nunca olvidó la calidez de aquel abrazo.

Los hermanos volverían a separarse como desplazados en el caos de la Europa de posguerra tras su liberación, pero al menos esa noche, mientras se aferraban el uno al otro con desesperación, besándose y llorando, se convencieron de que jamás permitirían que los separaran.

«Nuestra alegría era inmensa, pero, a decir verdad, estábamos conmocionados», recordaba Dugo Leitner.

El prisionero que gestionaba los barracones estaba embargado por la gratitud, porque Dugo había ideado un soborno que salvó a sus dos hijos.

El funcionario le metió un trozo de pan en la boca y le prometió que haría cualquier cosa para ayudarlo.

—¿Ves? Dios existe. Te has salvado. Mis dos hijos también se han salvado.