Milagro en Auschwitz Capítulo 10 - Milagro
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Capítulo 10 - Milagro

Milagro

Yaakov Yosef Weiss se había entregado a un poder superior.

Estaba rezando con fervor cuando escuchó un grito, percibió un repentino temblor ocasionado por el movimiento y vio una rendija de luz que se expandía hasta inundar el suelo de la cámara de gas.

En su cabeza, la salvación todavía no era una posibilidad; solo tuvo la inmediata sospecha de que los perseguidores de los chicos habían preparado una nueva forma de tortura.

A diferencia de aquellos cuya desesperación los llevó a lanzarse de manera impulsiva hacia el aire puro y la puerta de entrada, él se contuvo mientras los guardias creaban un corredor caótico empujando a los muchachos hacia una pared.

A los ocupantes más mayores de la cámara los agruparon en el otro lado.

Según Hershel Herskovic, entre ellos había un grupo de judíos griegos recién llegados que se había creído la mentira de que iban a darse una ducha para lavarse.

De pronto, a Yaakov se le aceleraron los pensamientos.

Necesitaba tiempo para pensar, para analizar las posibilidades.

«Parecía que iban a comenzar una nueva selección», recordaría una eternidad después.

Hice exactamente lo contrario de lo que era de esperar. En lugar de avanzar a empujones con el resto, me coloqué lo más atrás posible. ¿Por qué? Porque quería saber qué estaba ocurriendo.

Nadie creía ni en sueños que íbamos a salir de allí.

Vi al doctor [Heinz Thilo, uno de los tres alemanes que ordenaron la suspensión temporal del proceso de exterminio] y yo tenía tantas preguntas sin respuesta…

¿Quieren tan solo comprobar si estamos lo bastante sanos o fuertes para gasearnos?

¿O es que no tienen suficiente gas para todos?

¿Quieren usar perros para que nos ataquen?

¿Quieren usar balas? ¿Nos sacarán para dispararnos?

Da igual. La única duda es cómo van a deshacerse de nosotros.

Ni por un segundo contemplamos la posibilidad de que nos dejaran vivir.

Los alemanes querían ocultar que existía algo llamado «cámara de gas».

Dugo Leitner tenía pensamientos parecidos.

Imaginaba el cercano bosque de abedules donde estaban quemando los cuerpos en fosas y temía que los esperara un destino similar.

Continuaba tan convencido de que iba a morir que siguió el consejo de su madre asesinada: pedir ayuda al Todopoderoso siempre que estuviera en peligro.

—¡Mesías! —exclamó—. Ven a salvarme. Me van a asesinar.

A pesar de la confusión y de una frenética curiosidad, Yaakov tuvo suficiente autocontrol para mantenerse atrás y evaluar la situación.

Se había formado una suerte de fila a la que conducían con brusquedad fuera de la cámara, hacia el oficial superior de las SS Johann Schwarzhuber, que supervisaba el programa de gaseamiento.

Saltaba a la vista que se estaba llevando a cabo algún tipo de procedimiento.

Mientras observaba a Schwarzhuber tomar el control, Wolf Greenwald percibió el desconcierto de los guardias.

«Sabíamos que, una vez cerradas las puertas, solo las abrían para sacar a los muertos —recordaría—. “¿A qué viene esto?”, se preguntaban los hombres, pero él dio la orden de que los chicos salieran».

Nachum Hoch era el tercero de la fila. Había pasado tanto frío al entrar en la cámara y tanto miedo por la agonía en apariencia inevitable que lo esperaba que «era incapaz de pronunciar ni una sola sílaba».

Reconoció al hombre de las SS que había al frente de la fila: era quien lo había separado de su padre al llegar al campo.

Schwarzhuber agarró por los hombros al primer muchacho de la fila, le palpó los bíceps y le ordenó hacer diez sentadillas y luego esprintar hacia una pared cercana y volver.

Satisfecho con la rudimentaria demostración de su forma física, le dio la vuelta y lo empujó a la derecha para formar una nueva fila.

Sruli Salmanovitch, el chico transilvano que se había ofrecido voluntario para liderar el intento de fuga de la noche anterior, en gran parte fallido, fue el siguiente en someterse a la revisión. Como era bastante bajo, Schwarzhuber le preguntó su edad.

—Casi cien años —respondió él.

Su actitud desafiante le costaría la vida. Indignado por la insolencia y la falta de respeto del muchacho, el oficial de las SS lo empujó hacia la izquierda y señaló a su espalda, hacia la cámara de gas.

— Du schwein! [«¡Cerdo!»] —gritó—. Sprichst du so mit mir? Du wirst sofort wieder da reingeschickt [«¿Así me hablas? Te vamos a mandar de vuelta allí»].

Hoch estaba petrificado por el miedo. Apenas era capaz de mirar a los ojos a Schwarzhuber, quien le ordenó con impaciencia ejecutar la serie de ejercicios que decidirían si tenía un futuro o no.

Hizo lo suficiente para convencer al oficial de su utilidad y se dirigió dando traspiés hacia el lado derecho para unirse al primer muchacho al que habían salvado.

Mientras tanto, Yaakov observaba con atención entre el tumulto de gente.

Casi podía contar las gotas de lluvia que había en los uniformes de los alemanes.

Estaba desconcertado por el proceso de selección, porque no lograba detectar ningún patrón evidente para escoger a los que recibían una aparente prórroga y a los desafortunados a los que enviaban a empujones a la fila de los muchachos condenados de nuevo.

«Solo seleccionaban a un número reducido de personas», recordaría.

No había indicio alguno de que eligieran a un grupo concreto por su altura, su salud o su musculatura. Uno era un tipo grande y alto, y el siguiente, muy menudo. Era imposible saber cuál era el objetivo de los alemanes.

Todos formábamos parte del pueblo de Adam HaRishon [una referencia en hebreo al concepto de Adán, el primer hombre, que es la esencia de la humanidad posterior], pero había diferencias respecto a selecciones anteriores, en las que, si alguien quería unirse a su hermano, primo o amigo en el camino a la muerte, se le permitía hacerlo.

Aquí nadie podía moverse después de que lo eligieran. Si lo intentabas, los soldados que custodiaban las filas con sus bayonetas te golpeaban con gran fuerza. Era incapaz de entender adonde llevaría todo aquello.

En ese momento crucial, Yaakov confió en el poder latente de su fe y entabló una conversación directa con Dios por primera vez desde que lo habían transportado a Auschwitz-Birkenau. No era una oración normal, hablada o ni siquiera cantada, sino que se parecía más a un diálogo entre padre e hijo:

Le dije a Ribono Shel Olam [término hebreo que significa «Dueño del Universo»]: «No sé qué decir. No sé cómo responder a sus preguntas. No sé qué me van a pedir. Por favor, ayúdame. Por favor, pon las palabras adecuadas en mi boca. Haré lo que me digas».

A continuación, empezó a abrirse paso hacia el frente.

Los muchachos que superaban la selección se alineaban en filas de cinco.

Hershel Herskovic estaba en la tercera fila como decimocuarto chico seleccionado.

«A pesar de todo, conservaba la esperanza —explicaría unos ochenta años después—.

Por alguna razón, tenía la seguridad de que íbamos a sobrevivir.

Me decía a mí mismo: “Él enviará un ángel para salvarnos”».

Su primo Chaim Schwimmer era el siguiente en la fila para la selección. Mucho más menudo que Hershel, pensó que no tenía nada que perder con un alegato directo a sus captores:

— Ich möchte arbeiten [«Quiero trabajar»] —anunció al tiempo que trataba de llamar su atención con un torpe intento de mostrar sus músculos.

— Das sagen Sie alle [«Eso es que lo decís todos»] —fue la seca respuesta de un guardia, pero su gesto relajó el ambiente y le valió la salvación.

A pesar de que lo habían seleccionado, Dugo Leitner seguía sintiendo una vorágine en su interior:

Sabía que era nuestro fin. ¿Quién iba a creer que nos estaban salvando? Pensé que iban a hacer jabón con nosotros. Íbamos a morir para la santificación del Señor, pero, de repente, nos encontramos fuera. Mi cerebro no podía procesarlo.

Recordó el salmo 74, que había recitado mientras estaba en la cámara de gas.

La relevancia de los versículos 12 y 13 no podía ignorarse: «Mas Dios es mi rey desde la antigüedad; Él es quien trae la salvación sobre la Tierra».

La providencia divina parecía la única explicación para lo que ocurría a su alrededor.

La escena era apocalíptica. A ambos lados de la línea divisoria, los chicos estaban desnudos y encorvados.

Hacía tiempo que los habían despojado de toda dignidad.

Los que habían sido rechazados empezaban a comprender el probable destino que los esperaba; sollozaban y se pusieron a gemir hasta que los golpearon para imponer un silencio relativo.

Algunos temblaban de miedo, otros se estremecían por el frío; era imposible distinguirlo.

Hasta los miembros del Sonderkommando , que habían visto cosas que un ser humano jamás debería ver, los miraban con compasión.

Eran niños, apiñados como ganado seleccionado para el matadero.

Aquel proceso no era un acto de misericordia, aunque parecía evidente que algunos tal vez sobrevivieran.

Ofrecer una falsa esperanza a la mayoría añadía aún más crueldad a la experiencia.