Capítulo 9 - Rebelión #3
La angustia existencial del hermano de Dario Gabbai, Yaakov, que murió en 1994 a los ochenta y dos años, es impactante.
«Cada uno habíamos incinerado por separado a varios de nuestros familiares y conocidos —le contó al historiador Gideon Greif—.
Recogíamos las cenizas de cada persona y las enterrábamos dentro de latas.
Anotábamos el nombre de la víctima, su lecha de nacimiento y la fecha de su asesinato.
Enterrábamos las latas y hasta recitábamos el Kadish [una oración judía por los muertos] sobre ellas.
Ahora bien, ¿quién recitará el Kadish por nosotros? ».
Solo 105 miembros del Sonderkommando conservaron la vida tras la revuelta y la investigación posterior, durante la cual al menos una docena de miembros de la resistencia murió debido a las torturas.
A treinta y cinco los trasladaron a trabajar en el crematorio n.
° 5, el destino de los muchachos. Los otros setenta recibieron la orden de ocultar la magnitud de los crímenes cometidos en Auschwitz-Birkenau destruyendo los demás crematorios.
En el campo reinaba la agitación. Puede que los prisioneros estuvieran acostumbrados a la muerte y la destrucción a una escala casi inimaginable, pero el vano heroísmo de los miembros del Sonderkommando asesinados tuvo un gran impacto.
A pesar de la brutalidad con la que las SS reprimieron la revuelta, la audacia de esta intensificó la sensación de que el rumbo de la guerra había cambiado de manera irrevocable y de que la victoria les rozaba los talones.
La cápsula del tiempo de los escritos secretos de Zalman Lewental documenta el destino de los muchachos a su llegada al crematorio n.
° 5 el 10 de octubre, así como la frívola brutalidad a la que los sometieron.
Su descripción de los hechos desde el momento en que se les ordenó desnudarse recoge su horror, su pánico y su absoluta impotencia:
Los chicos vieron el humo que escupía la chimenea y enseguida dedujeron que los llevaban a la muerte.
Empezaron a correr de un lado a otro de la plaza, presa de un terror desenfrenado, arrancándose el pelo y sin saber cómo salvarse.
Muchos se deshicieron en un mar de terribles lágrimas y en espantosos lamentos.
El Kommandoführer y su ayudante golpearon con brutalidad a los indefensos chicos para obligarlos a desnudarse.
Su porra llegó a romperse debido a los golpes, así que cogió otra y continuó golpeándoles las cabezas hasta que la violencia se impuso.
Los muchachos se desvistieron con un terror instintivo ante la muerte.
Desnudos y descalzos, se apiñaron para esquivar los golpes.
Con una urgencia desesperada, muchos corrieron hacia los judíos del Sonderkommando y se abrazaron a sus cuellos suplicando ayuda. Otros correteaban desnudos por la gran plaza en un intento de escapar de la muerte. El Kommandoführer hizo señas con una porra de goma al sargento para que lo ayudara.
Con cada minuto que pasaba, las voces de los jóvenes, cristalinas e infantiles, resonaban cada vez más altas hasta que al final se transformaron en sollozos amargos.
Aquel espantoso lamento se oía desde muy lejos.
Nos quedamos totalmente horrorizados y como paralizados ante ese llanto desgarrador.
Con una sonrisa de satisfacción, sin el menor atisbo de compasión y con expresión de orgullosos vencedores, los hombres de la SS los empujaban hacia el búnker asestándoles terribles golpes.
El sargento estaba plantado en los escalones y, si alguien corría demasiado despacio hacia la muerte, le propinaba un golpe mortal con la porra de goma.
A pesar de todo, algunos muchachos seguían correteando confundidos, buscando la salvación.
Los hombres de las SS los perseguían, golpeaban y apaleaban hasta que lograron dominar la situación. Su alegría era indescriptible.
Chaim Schwimmer calculaba que el calvario, desde que los denudaron por la fuerza hasta que los condujeron a la cámara de gas, duró unas cuatro horas. Con la demora, un chico percibió que algo no iba bien y preguntó al menudo miembro judío del Sonderkommando qué ocurría.
—Me han dicho que espere —respondió él.
En última instancia el proceso se reanudó y no fue hasta que las puertas delanteras de la cámara estaban a punto de cerrarse cuando el destino intervino.
Mientras tanto, en el segundo grupo de condenados, Avigdor Neumann aguardaba a conocer su destino. No tenía una explicación simple para la intensidad de su fe, pero creía como nunca antes había creído. Su confianza en la intervención divina era firme, y sus oraciones, sentidas:
Señor del Mundo, tú también eres padre y a veces un padre abofetea a un hijo, pero ¿por qué?
Tengo que levantarme cada mañana para afrontar el hambre, las palizas, el frío, el calor, la humillación.
Espero que alguien me golpee o me dispare en cualquier momento.
Si estás enfermo, te callas, porque si te llevan a la clínica no vuelves.
Puedes tocar esa alambrada electrificada y solucionar el problema. Te quemarías en un segundo.
Así pues, ¿por qué luchar por la vida? Por la fe en que Dios, en un abrir y cerrar de ojos, nos sacará de aquí.