Capítulo 9 - Rebelión #2
Tras la evacuación de Auschwitz el 18 de enero de 1945, Gabbai soportó una marcha de la muerte con temperaturas de veintitrés grados bajo cero.
Fantaseaba con los veranos calurosos que había vivido en Grecia y tenía reservas físicas suficientes para resistir la siguiente prueba: excavar túneles para las SS en Austria.
Esclavizado en dos de los peores campos de concentración, Mauthausen y Melk, fue liberado del campo de concentración de Ebensee por la 80.
a División de Infantería estadounidense el 6 de mayo.
Nunca había mencionado su condición de miembro del Sonderkommando , puesto que, como los nazis intentaban por todos los medios borrar cualquier prueba de sus crímenes, eso habría significado una muerte segura.
Prisioneros como él eran considerados geheimnisträger , «depositarios de secretos», y la Gestapo conservaba sus documentos de identificación.
Tras trabajar para Naciones Unidas durante un breve periodo, Gabbai regresó a Grecia, donde se reunió con su hermano y su cuñada.
En 1951 emigró a Estados Unidos y, aunque en un principio se estableció en Cleveland invitado por la comunidad judía local, no tardó en trasladarse a California.
A su muerte en Los Ángeles en marzo de 2020, a los noventa y siete años, se lo consideraba el último miembro superviviente del Sonderkommando .
Había dedicado su vida a humanizar a los hombres que realizaron el trabajo más deshumanizante y a rendir homenaje a las víctimas a las que no tuvo más remedio que procesar.
Con un aspecto gallardo que lo llevó a actuar en varias películas, Gabbai se enorgullecía de su buena forma física y conducía un Mustang azul.
Sin embargo, era incapaz de disimular su culpa y su vulnerabilidad.
«¿Cómo voy a tener paz mental? —se preguntaba—.
Vi a personas que hacía un instante estaban vivas, a madres con sus hijos en brazos, algunas con marcas negras y azules por el gas, aún de pie, muertas».
Gabbai comparaba sus experiencias en los crematorios con un virus que permanecía latente en su interior hasta que la memoria le tendía una emboscada.
Reconocía que había habido momentos en los que la muerte parecía una opción mejor, pero nunca rehuía los detalles de su horrible tarea, pues se había prometido en sus momentos más oscuros arrojar luz sobre la barbarie del Holocausto.
Atormentado todavía por el sonido de madres y niños que lloraban y arañaban las paredes de la cámara de gas mientras morían, recibió ayuda para contar su historia por parte del cineasta Sheldon Lazarus y del rabino Shaul Rosenblatt, un reconocido educador y director de una organización benéfica con sede en el Reino Unido.
Describir el engaño necesario para convencer a las víctimas de que se desnudaran, así como detallar la mecánica del asesinato, supuso un desafío a su propia conciencia.
Su tarea consistía en sacar los cuerpos de la cámara de gas con un bastón con gancho y llevarlos a un montacargas eléctrico que los transportaba a la planta baja, donde los llamados «fogoneros» los metían en los hornos y supervisaban un proceso de cremación que duraba entre quince y veinte minutos.
Otros se encargaban de extraer los dientes de los cadáveres después de que Gabbai hubiera cortado el pelo a las víctimas femeninas dentro de la cámara.
En una ocasión, al apoyar los pies sobre el vientre de una mujer muerta para hacer palanca, escuchó el sonido del gas al salir entre sus labios.
—¿Dónde está Dios? —exclamó, una cuestión que cada vez preocupaba más a algunos de los chicos.
Condicionados por el instinto de supervivencia, se esforzaban por establecer buenas relaciones con los miembros del Sonderkommando , ya que estos siempre estaban dispuestos a compartir con ellos parte de sus raciones adicionales, que incluían comida enlatada recuperada de la ropa desechada en las salas para desvestirse de la zona de exterminio.
En casos extremos, como el de Max Steinmetz, a quien ocultaron durante la selección del 9 de octubre, los Sonderkommando también estaban dispuestos a asumir el riesgo de ofrecer refugio.
La historia puede verlos como figuras indefinidas, espectrales, consumidas por la terrible naturaleza de sus tareas, pero un análisis más profundo revela que mostraron compasión y un espíritu de resistencia comedido, pero no por ello menos humano.
Su percepción como autómatas e incluso como colaboradores es engañosa.
Eran maridos, padres, hijos que habían visto cómo exterminaban a su familia.
No podían permitirse ahondar en su dolor ni en su deseo de venganza, pero lo sentían en el fondo de su alma.
La única manera de seguir adelante era bloquear sus emociones, pero considerarlos meros robots es negarles su humanidad, que es precisamente lo que los nazis pretendían.
Solo cuatro de las incontables fotografías tomadas en los campos retratan a miembros del Sonderkommando .
Tomadas de manera clandestina, con prisas y en circunstancias de enorme peligro, una de ellas muestra a un grupo de mujeres desnudas corriendo, en apariencia hacia la cámara de gas.
Las otras fotografías, hechas desde lejos, muestran cadáveres a los que están quemando en un bosquecillo de abedules vallado, cerca del crematorio n. ° 5.
Las fotos se sacaron a hurtadillas de Auschwitz-Birkenau en un tubo de pasta de dientes y se entregaron a la resistencia polaca de Cracovia, que hizo llegar el carrete a través de la red clandestina para su revelado en el Reino Unido.
Iba acompañado de una nota fechada el 4 de septiembre de 1944 y firmada por Stak ł o, alias del líder de la resistencia en el campo, Stanis ł aw K ł odzi ń ski.
El deseo de compartir su testimonio con el mundo llevó a los prisioneros a enterrar cientos de notas en latas y botellas por todo el campo, en las que documentaban el destino de sus familias, detalles sobre los transportes, tasas de mortalidad, bocetos y sus propias experiencias.
Las latas y botellas también contenían cenizas y fueron el Ejército Rojo y el Museo Estatal de Auschwitz-Birkenau los que las encontraron tras la liberación.