Capítulo 8 - La selección del campo de fútbol #3
Zev Wolf Greenwald se jugó la vida en varias ocasiones durante un terrible Día de la Expiación. Al igual que Toivoi Gruen, había fracasado una y otra vez en la selección, pero mantenía una temeraria actitud desafiante. La paciencia de Mengele, sin embargo, se agotó:
— Wenn du noch einmal vor mich trittst, erschieße ich dich auf der stelle [«Si te presentas una vez más ante mí, te dispararé en el acto»], —le advirtió.
Wolf no dudaba de su palabra, pero se negó a perder la esperanza.
Calculó que su última oportunidad llegaría en el torbellino de cuerpos a los que hostigaban de vuelta a los recintos de espera temporales.
Muchos chicos tropezaban mientras avanzaban a ciegas; él mantuvo la vista fija en la periferia del grupo.
En cuanto vio un claro, echó los hombros hacia atrás y salió disparado.
Un kapo logró agarrarlo por la chaqueta, que Wolf dejó atrás mientras reunía sus últimas fuerzas para zafarse.
Luego echó a correr como un poseso por los pasajes que había entre los barracones hasta llegar al Bloque 17, donde un jefe de bloque alemán, mucho más amable, le salvó la vida de forma efectiva e inexplicable:
— Junge, komm her! [«¡Chico, ven aquí!»] —vociferó al tiempo que mantenía abierta la puerta del barracón, que cerró de un portazo a la espalda del chico, consumido por el pánico.
Su inesperado salvador lo calmó, lo escondió en una litera y esperó a que sus perseguidores suspendieran la búsqueda.
Wolf regresó con sus amigos supervivientes al abrigo de la oscuridad.
Max Steinmetz describía así la escena de su barracón aquella noche: «Nos sentamos en las literas, con el corazón roto y destrozados, y recordamos oraciones y súplicas.
¿Qué mejor momento para concentrarse en estas oraciones y peticiones, recitadas con devoción, que en el lugar y la situación en que nos encontrábamos? Esa es la pura verdad».
A pesar de lo traumático del día, Yaakov Yosef Weiss conservó la conciencia espiritual.
Para él, los tratados teológicos no eran ejemplos arcanos de principios religiosos, sino elementos vivos y palpables de la realidad cotidiana.
La oración y la fe eran las piedras angulares de su existencia y de su determinación por sobrevivir.
Le habían enseñado que el hombre tenía dos opciones: subir la escalera o caer por el desagüe.
Era fácil ser impuro, sucumbir a las inclinaciones malvadas; la puerta se abría y uno caía en las profundidades.
Era más difícil hacer el bien, mantener una fe básica en la humanidad; la escalera era empinada, pero se podía subir.
«El propósito principal de la vida —filosofaba— es seguir subiendo a pesar de los reveses.
Te caerás y te levantarás, te caerás otra vez y, aun así, encontrarás la fuerza para reanudar la subida.
Dios te ayudará. Lo importante es no rendirse nunca».
Hershel Herskovic se hacía eco de sus pensamientos: «Nunca te rindas, sean cuales sean las circunstancias.
Haz todo lo posible por salir adelante. Hacer algo positivo o pensar en positivo genera un ambiente de esperanza e ilusión. Si te rindes, es fácil perderse».
Incluso alguien con una personalidad tan positiva como Dugo Leitner se quedó inusualmente callado mientras se esforzaba por aceptar lo ocurrido ese día.
Había visto a veinticinco de sus compañeros de clase fracasar en la selección.
A su primo Samuel Leitner también lo habían enviado a la cámara de gas.
Mengele había jugado a ser Dios con un efecto devastador. Todo había ocurrido muy deprisa.
Sin embargo, en medio de su inquietud y sus desventuras, Dugo nunca había sentido miedo.
Era como si encontrara consuelo al mirar al abismo.
Encontraba perspectiva en su fe y en los rituales de una época más feliz.
Aunque no era un pensador profundo por naturaleza, se encontró meditando sobre el significado hondo, casi insondable, de la Unetané Tokef , una conmovedora y evocadora oración que reflexiona sobre la mortalidad y se recita en los días sagrados. Dice así:
En Rosh Hashaná se inscribirá el decreto, y en Yom Kipur se sellará, de cuántos morirán y cuántos nacerán, quién vivirá y quién morirá; quién llegará a su fin en el momento que le corresponde y quién a un fin prematuro; quién perecerá por fuego y quién por agua; quién por la espada y quién por la bestia; quién por hambre y quién por sed; quién por terremoto y quién por la peste; quién por estrangulamiento y quién por apedreamiento; quién descansará y quién vagará; quién tendrá serenidad y quién estará confuso; quién estará tranquilo y quién atormentado; quién se empobrecerá y quién se enriquecerá; quién será rebajado y quién será elevado.
Esas preguntas estaban aún por responder.
Mientras Dugo pensaba para sí: «No estamos muertos…
todavía», alrededor de dos mil cuatrocientos chicos húngaros habían sido llevados a la muerte en dos horribles días sagrados.
Se había desatado una tormenta, pero existía una poderosa sensación de que otra tormenta, igual o incluso más violenta, se hallaba justo más allá del horizonte.