Milagro en Auschwitz Capítulo 8 - La selección del campo de fútbol #2
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Capítulo 8 - La selección del campo de fútbol #2

A continuación ordenó a Berthold Epstein, el médico judío reclutado a la fuerza que ejercía las funciones de ayudante, que trajera un martillo, clavos y una tabla.

Se hizo un silencio mortal. Cuando Epstein regresó tras cumplir su encargo, Mengele escogió a un chico eslovaco alto y guapo, lo agarró por los hombros y lo llevó a uno de los dos postes de la portería.

Yaakov Yosef Weiss temía que Mengele fuera a golpear al chico con el martillo en una demostración de su poder ilimitado.

Apenas se atrevió a mirar mientras el doctor ordenaba colocar la tabla sobre la cabeza del chico y clavarla en uno de los postes.

El involuntario cómplice medía, según todos los testigos, alrededor de un metro sesenta y cinco.

Él sobreviviría; los chicos que no llegaran a la tabla, alineados en fila india, estaban condenados.

No hacían falta explicaciones. Alterados, los chicos se estiraban para alcanzar la máxima altura posible.

«Todos querían ganar un centímetro de más —observó Yosef Zalman Kleinman Yo también me estiré todo lo que pude, pero me desesperé al ver que ni siquiera los chicos más altos que yo tenían la altura necesaria.

Su cabeza no llegaba a la tabla». Su hermano Shlomo, que ese día cumplía dieciséis años, pasaría la prueba sin problemas, pero enseguida se dio cuenta de la grave situación en que se hallaba Yosef.

—Quieres vivir —le susurró—. Haz algo.

Con disimulo, Shlomo le desató los cordones de los zapatos y, como ya le iban grandes, los llenó de piedras con relativa facilidad.

El problema de Yosef era que, en esas condiciones, no podía mantenerse en posición de firmes.

Al percatarse de su incomodad, Shlomo rasgó su gorra en pedazos y se los tendió para que hiciera una especie de funda que lo protegiera de las piedras.

Yosef ganó un par de centímetros de altura, pero, tras consultar con un amigo de la tercera fila, Shlomo reconoció que «no es suficiente».

A su alrededor, todos tomaban decisiones de vida o muerte.

Yaakov, siempre alerta, se dio cuenta de que estas se veían complicadas por un cambio fundamental en el proceso de selección: los chicos destinados a morir se enviaban a la izquierda en lugar de a la derecha, como era habitual.

Aunque podía tratarse de un ardid, también era posible que se debiera a un pragmatismo desalmado, ya que así los condenados acababan más cerca de los bloques reservados para ellos.

La mente se disparaba y se adentraba en territorios extraños.

A Hershel Herskovic le dio la impresión de que estaban centrándose en los chicos mayores, de unos dieciséis o diecisiete años, y se preguntó si aquello formaba parte de un plan maestro nazi para asegurarse de que los chicos más maduros no sobrevivieran y no pudieran formar futuras familias.

Él y su primo, Chaim Schwimmer, tenían la intención de seguir un principio muy trillado que habían aplicado desde sus primeros días en Auschwitz-Birkenau: no colocarse nunca demasiado cerca del frente durante el recuento ni formar parte de la primera tanda de cualquier selección.

Era mucho mejor buscar refugio entre la multitud y esperar hasta que la selección estuviera ya avanzada, cuando el tedio pudiera haber hecho mella.

Ambos estaban consumidos por un terror silencioso.

Chaim en concreto sabía que tenía pocas posibilidades de superar la selección.

Se mantuvieron en la retaguardia sin llamar la atención y esperaron hasta alrededor de las cinco de la tarde, dos horas después del comienzo del tormento, momento en el cual el miedo los venció y decidieron huir.

Un grupo de prisioneros rusos que pasaban por allí, ennegrecidos y sucios por su trabajo, les proporcionó la cobertura que necesitaban.

Tras especular que los guardias de las SS estarían distraídos por la gran cantidad de chicos que había que procesar, se infiltraron en la fila de los rusos, que se cerró protectora a su alrededor mientras se dirigían al bloque de las duchas.

«Conseguimos colarnos en el baño —recordaría después Chaim, como si no diera crédito a su buena suerte—.

Nos metimos entre la porquería más sucia y nos quedamos allí unas dos horas.

Al final tuvimos que salir porque sabíamos que, si faltaba alguien en el appel [recuento] de la tarde, podían matarlo a golpes.

Por suerte, los alemanes que habían hecho la selección de ese día ya se habían ido y pudimos volver con los nuestros».

Yosef Zalman Kleinman también depositó su confianza en la teoría del caos como forma de supervivencia.

Esperó a que los guardias estuvieran distraídos y entones corrió hacia el grupo de chicos altos que ya habían pasado la selección.

El plan habría funcionado de no ser porque Mengele descubrió a otro chico bajito que había tenido la misma idea.

—¿Qué estáis haciendo? —les gritó a los guardias de las SS y a los kapos —. Esto es sabotaje.

A continuación, ordenó que el grupo entero volviera a pasar la prueba.

Astuto y perspicaz, Yosef Zalman logró abrir un estrecho pasadizo y regresó con su grupo previo de amigos, que aún no había pasado por el proceso de selección.

Se quedó con ellos unos quince minutos antes de volver a unirse a los chicos más altos, que vivirían para ver otro día.

A todas luces, aquellas deberían haber sido las últimas horas de vida de Yosef Herczl.

Era menudo para su edad, pero, mientras aguardaba su destino en medio de un grupo de chicos igual de desesperados que él, un oficial de las SS se le acercó y lo apartó de los demás.

Había escuchado el perfecto alemán de Yosef y necesitaba un intérprete.

Tal como había ocurrido en Rosh Hashaná cuando escapó de un recinto de detención temporal, Yosef había burlado a la muerte.

La marea de humanidad fluctuaba alrededor del campo de fútbol, donde reinaba la confusión.

Reunir gatos habría sido más sencillo que controlar a esos niños histéricos y aterrorizados.

Además de los que intentaban escapar, los chicos a los que habían separado de sus hermanos hacían todo lo posible por permanecer junto a ellos, sin importar las fatales consecuencias.

Entonces, en medio del bullicio, Yaakov Yosef Weiss fue testigo del acto definitivo de desesperación de aquel día. Así lo recordaba:

Yo era lo bastante alto como para alcanzar la tabla, pero un chico que estaba dos o tres puestos detrás de mí en la fila, Toivoi (Toby) Gruen, estiró el cuello y no logró tocarla.

Mengele lo envió a la izquierda con una sonrisa y un leve gesto del dedo y observó divertido cómo Toivoi lo intentaba de nuevo.

Este dio un pequeño salto, en vano. A la tercera, saltó más alto y logró alcanzar con la cabeza la parte superior del trozo de madera.

Toivoi sacó fuerzas para dirigirse directamente a Mengele en alemán: Ich möchte arbeiten und ich möchte leben [«Quiero trabajar y quiero vivir»].

Mengele lo insultó y lo envió de nuevo hacia la izquierda.

Entonces Toivoi empezó a gritar: Ich kann arbeiten und ich möchte leben [«Puedo trabajar y quiero vivir»].

Todos nos preguntamos cómo podía alguien tener tanto valor.

A Mengele no le habría costado nada sacar su pistola y dispararle.

Nadie se lo habría impedido y no habría sido la primera vez que hacía algo así.

Para él, matar a un judío era menos molesto que matar a una mosca.

No éramos nada para él. Pero Dios quiso que Toivoi riviera.

Mengele lo miró fijamente y dijo: Gehen sie, leben sie [«Vete y vive»].

Fue un indulto asombroso en un día teñido de muerte.

En otra parte del campo, como cada sábado y cada festividad judía, estaban sacando de la enfermería a aquellos considerados demasiado enfermos para ser útiles.

A los llamados museimänner , que se hallaban en las últimas etapas de la inanición, los llevaban con ellos a las cámaras de gas al caer la noche.

Escenas similares tenían lugar en toda la red de campos de exterminio. Leon Szalet, un judío alemán prisionero en Sachsenhausen, ofreció un testimonio inolvidable de sufrimiento en Experiment E , las memorias que escribió en la posguerra:

La luna brillaba a través de la ventana.

Esa noche, su luz era deslumbrante y confería un aspecto fantasmal a los rostros pálidos y consumidos de los prisioneros.

Era como si toda la vida se hubiera evaporado de ellos.

Me estremecí de pavor, porque de pronto se me ocurrió que yo era el único hombre vivo entre cadáveres.

La historia necesita tiempo para ofrecer validación. Pasarían dieciséis años antes de que el mundo se estremeciera ante un ejemplo de crueldad que se produjo en Auschwitz-Birkenau aquella noche y que había pasado inadvertido hasta entonces.

La víctima fue Nachum Hoch, el joven transilvano que utilizó la plataforma mundial del juicio a Adolf Eichmann en Israel para reflexionar sobre su castigo por intentar conseguir comida con la que aliviar su ayuno de Yom Kipur:

Introdujeron la parte superior de mi cuerpo en un horno, del tipo que tenían en Auschwitz, y me golpearon la parte inferior con un palo muy grueso.

Era uno de los que usaban para llevar los baldes de comida.

Al principio me dieron diez golpes. Me desmayé.

Me echaron agua por encima y entonces me propinaron la segunda tanda de diez golpes.

Volví a desmayarme. Me echaron agua de nuevo, hasta que recibí veinticinco golpes.

Ya no podía moverme. Me dejaron allí y aún hoy solo puedo sentarme sobre el lado izquierdo.

No puedo hacerlo sobre el lado derecho por culpa de aquellos golpes.

Los huesos no se rompieron, pero todavía tengo un trozo de carne totalmente mutilado, una herida roja.