Milagro en Auschwitz Capítulo 8 - La selección del campo de fútbol
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Capítulo 8 - La selección del campo de fútbol

La selección del campo de fútbol

En Auschwitz-Birkenau, todo estaba envilecido.

Los símbolos tradicionales de normalidad y las fuentes universales de placer se habían corrompido hasta el punto de volverse irreconocibles.

Hasta el campo de fútbol, escenario del sencillo deporte juvenil que cautiva al mundo entero, estaba contaminado, pues se encontraba junto a los crematorios.

A Ron Jones se le permitía jugar allí los domingos representando a Gales en una liga surrealista que también incluía a los equipos de Inglaterra, Escocia e Irlanda.

Desde allí veía lo que calificó de «esqueletos andantes» cavando zanjas y contempló cómo miles de personas hacían cola para morir al otro lado de una verja contigua.

En verano, el olor a carne quemada era insoportable.

La mayoría trabajaba con productos químicos peligrosos en la cercana fábrica de IG Farben, donde hacían turnos de doce horas seis días a la semana.

Los propietarios calificaban «nuestra nueva amistad con las SS» como «muy fructífera» y presionaban a los prisioneros para aumentar la producción de caucho y combustibles líquidos.

Como era inevitable, eso implicaba violencia; los trabajadores eran golpeados con frecuencia por delincuentes traídos a la fábrica para ejercer de kapos .

La ambivalencia de los directivos quedó ejemplificada por Maximilian Faust, el jefe de ingenieros, quien informó a la sede de la empresa de que, aunque se oponía a «azotar y maltratar prisioneros hasta la muerte», entendía que «lograr la productividad adecuada es imposible sin usar el palo».

Los nazis instalaron un campo de fútbol para dar una impresión favorable a la delegación de la Cruz Roja durante su única inspección del campo.

Su cinismo estaba muy arraigado y era letal; cuando la Cruz Roja incumplió su promesa de regresar al cabo de seis meses para verificar el progreso humanitario, los alemanes ejecutaron su plan para exterminar a veintiún mil gitanos.

La influencia más visible de la Cruz Roja, además de los paquetes de comida para los prisioneros de guerra, fueron los uniformes que suministraron para los cuatro equipos de la liga de las Naciones Unidas.

El fútbol era otro privilegio para los trabajadores favorecidos, a los que se les permitía llevar relojes, se les entregaban fichas para gastar en la cantina e incluso se les daba acceso gratuito al burdel del campo.

En enero de 2012, a los noventa y cuatro años y afincado en Newport, Ron Jones, el último miembro superviviente del equipo de Gales, contó «antes de que fuera demasiado tarde» la historia que lo había abrumado durante años.

Era algo que le había provocado pesadillas, porque los placeres básicos del juego, en su caso como portero haciendo paradas importantes, le resultaban extremadamente inapropiados.

«Creo que los alemanes creían que dejarnos jugar al fútbol era una forma rápida y sencilla de mantenernos a raya —recordaría en una entrevista con la BBC—.

Nos permitía conservar la cordura. Suponía un atisbo de normalidad, pero suena raro decir que guardo buenos recuerdos de jugar al fútbol teniendo en cuenta lo que pasaba justo al otro lado de la valla».

Ron creía que si había sobrevivido a la marcha de la muerte, que duró diecisiete semanas, a través de Polonia, Checoslovaquia, Alemania y Austria, era gracias a la forma física latente que tenía como jugador y a la camaradería de los compañeros con los que caminaba.

Se apoyaban mutuamente cuando la opción más fácil parecía ser rendirse.

Cuando los estadounidenses lo liberaron en abril de 1945, había perdido la mitad de su peso previo a la guerra.

De vez en cuando, las SS jugaban partidos en Auschwitz-Birkenau contra los prisioneros que trabajaban de funcionarios.

Cuenta la leyenda que a un kapo polaco, un portero de extraordinaria agilidad, lo advirtieron de que corría el riesgo de acabar en la cámara de gas si seguía desafiando a los delanteros alemanes.

En palabras del jugador austríaco Igor Fischer, «el rival en el terreno era muy especial, pues también podía matarte.

No en el terreno de juego, sino después».

En el mundo actual, el fútbol es un vehículo de riqueza, aceptación social y celebración nacional y cultural.

En 1944 ni siquiera bastó para proteger al patriota más acérrimo, que jugó para Alemania tras ganar la Cruz de Hierro de segunda clase por su actuación en las trincheras de la Primera Guerra Mundial.

Julius Hirsch, nacido en 1892 en la ciudad de Achem, en el suroeste de Alemania, fue el primer jugador judío en representar a la selección nacional.

Delantero fornido y zurdo, debutó a nivel internacional con dieciocho años y compitió en los Juegos Olímpicos de 1912 en Estocolmo, en los que Alemania perdió 5-1 ante Austria en la primera ronda, pero goleó a Rusia 16-0 en el torneo de consolación.

Hirsch ganó la liga alemana con el Greuther Fürth de Baviera y se retiró del fútbol profesional en 1925, pero su salud mental se resintió durante el auge del nazismo.

Intentó suicidarse cuando lo despidieron por ser judío y lo asignaron a trabajos forzados al estallar la Segunda Guerra Mundial.

No corría el riesgo de ser deportado porque se había casado con Ella, una protestante alemana, pero renunció a sus derechos al divorciarse para que ella y sus dos hijos se libraran de la persecución.

Pensaba que su historial militar y su estatus deportivo lo protegerían.

Lo enviaron a Auschwitz en marzo de 1943 y se cree que murió allí sin llegar a ser registrado.

En 1950 un tribunal alemán dictaminó que había fallecido el 8 de mayo de 1945.

En su honor, la actual Federación Alemana de Fútbol ha dado su nombre a un galardón por la inclusión.

Otro pionero judío del fútbol, el célebre entrenador Arpad Weisz, también murió en Auschwitz.

Fue un destacado innovador táctico que jugó para Hungría antes de retirarse por una lesión grave y descubrió a Giuseppe Meazza, uno de los mejores delanteros italianos de la historia.

Weisz dirigió al Inter de Milán hacia el triunfo en la liga italiana y ganó dos títulos más con el Bolonia.

Fue uno de los primeros entrenadores en ponerse el chándal y participar en los entrenamientos en lugar de quedarse en la banda vestido con traje como una figura de autoridad distante, lo cual era la moda en la época.

Supervisaba las dietas de los jugadores, exigía que el césped se cortara a una longitud precisa y se lo conocía como Il Mago.

El clima político cambiante lo llevó a cambiar su apellido por el de Veisz, pero cuando el régimen fascista de Mussolini tomó el poder se vio obligado a huir de Italia a Francia y luego a Holanda.

Resultó ser una tregua pasajera; en agosto de 1942, la Gestapo los detuvo a él y a su familia y, tras pasar tres meses en un campo de trabajo en Westerbork, los deportó a Auschwitz.

Su esposa, Elena, y sus dos hijos, Roberto y Clara, fueron asesinados a su llegada a Birkenau.

Agotado por las continuas brutalidades del trabajo forzado, Veisz (Weisz) murió allí en enero de 1944.

Junto a Ron Jones y Julius Hirsch, su vida se celebró en 2020 en un mural en Stamford Bridge encargado por Roman Abramovich, entonces propietario del Chelsea.

Una familiar mezcla de cinismo, ira y ego por parte de Mengele hizo que el campo de fútbol se usara como arma contra los chicos.

La selección vino precedida por el anuncio de que al día siguiente recibirían el tercio de una hogaza de pan y un poco de queso para que no pasaran excesiva hambre durante el ayuno de Yom Kippur.

El engaño quedó al descubierto poco después de las tres de la tarde, cuando los dos mil seiscientos chicos recibieron la orden de reunirse.

Fue entonces cuando se encontraron frente a una siniestra serie de ancianos de bloque, funcionarios con diversos grados de autoridad y guardias de las SS, que los organizaron en grupos de cien.

El motivo quedó claro cuando Mengele apareció montando en una bicicleta, que un ayudante apoyó en la pared de un barracón mientras él avanzaba a zancadas medidas hacia el campo de fútbol, transformado en patio de armas improvisado.

Subyugado, Yosef Zalman Kleinman describió la escena para la posteridad:

De pronto, un estremecimiento recorrió el patio de armas como una corriente eléctrica.

El Ángel de la Muerte apareció y se puso los brazos detrás de la espalda, con los labios apretados, como siempre.

Alzó la cabeza para observar la escena en su conjunto y entonces sus ojos se posaron en un chico de unos quince años, quizá catorce.

El chico estaba en la primera fila, no lejos de mí. Era un niño del gueto de Ł ód. Recuerdo bien su cara: rubio, muy delgado y muy quemado por el sol, con pecas en el rostro. Mengele se acercó y le preguntó: «¿Cuántos años tienes?». El chico se echó a temblar y contestó: «Dieciocho».

Mengele estalló:

—Yo te enseñaré —gritó.