Capítulo 7 - El primer corte #3
¿Dónde está la pluma y dónde el escritor, capaz de plasmar sobre el papel mis sentimientos más íntimos al entrar en el bloque? Es un milagro que mi corazón no se rompiera en pedazos al ver las decenas de ojos juveniles y escuchar sus terribles sollozos.
Con lágrimas ardientes y voces que imploraban al cielo, se empujaban para besar mi mano y tocar mi ropa sin dejar de clamar: «Rebe, rebe, ten piedad, ten piedad», y súplicas similares insoportables de escuchar.
Ni siquiera me dejaron continuar con la oración antes de tocar del shofar .
Aunque era algo que ponía mi vida en peligro, levantó los ánimos de los desolados prisioneros y les proporcionó cierta paz mental.
Volvió a tocar el shofar cuando cayó la oscuridad, situándose cerca de la alambrada mientras cargaban a los chicos en los camiones. La imagen de los muchachos a los que conducían a la muerte lo acompañó hasta su propia muerte en enero de 1974.
Estaban llenos de alegría y me suplicaban que tocara deprisa los cien sonidos antes de que la verja se abriera y se marcharan hacia quién sabe dónde. Los sollozos que estallaron todavía resuenan en mis oídos.
De manera comprensible dada su huida previa, Yosef Zalman Kleinman tampoco pudo borrar la escena de su memoria:
Las SS comenzaron a cargarlos en los camiones, y sus gritos eran terribles: «¡Escucha, oh, Israel…
Madre… Padre!». El proceso duró varias horas.
Nunca había oído nada parecido. Durante el verano, en Auschwitz solían condenar a cientos de miles de personas a las cámaras de gas.
Esa gente no sabía adonde la llevaban. Pero nosotros, que ya éramos veteranos del campo, nosotros sí lo sabíamos…
Wolf Greenwald fue otro de los prisioneros que intentó, en vano, borrar la banda sonora de una tragedia en curso.
Pensó en la noche anterior, cuando se había despedido de todo.
A pesar de su fingido optimismo, que le llevó a decir a sus amigos que, según había oído, los enviaban a aprender un oficio, nadie le creyó.
—No somos bebés —le dijo uno con tristeza y sencillez.
El campo hervía con rumores de que Mengele había recibido una llamada directa de Heinrich Himmler, el principal arquitecto del Holocausto, para acelerar las tasas de mortalidad.
Yosef Herczl, que había escapado del Bloque 11 la noche anterior y sería uno de los dos únicos chicos de su transporte desde Hungría que sobreviviría, se hallaba entre los prisioneros a los que reunieron esa tarde para una selección sorpresa.
Supuestamente, los nazis buscaban trescientos voluntarios para una cuadrilla de trabajo fuera del campo.
Yosef pidió consejo al rabino Meisels, quien sugirió que valía la pena aprovechar cualquier oportunidad de salir de Auschwitz, pero sin darse cuenta eso puso a Yosef en peligro, porque sufría de eczema.
Tras obedecer la orden de desnudarse de cintura para arriba, Mengele lo señaló al grito de « Du kratzige hund!
». [«¡Perro enfermo!»] y lo envió a la enfermería.
Por lo general, eso equivalía a una sentencia de muerte, pero en realidad le salvó la vida.
Se recuperó deprisa, mientras que los prisioneros desnutridos de esa selección fueron enviados a las cámaras de gas y nadie volvió a ver a los escogidos para la cuadrilla de trabajo.
En otra época y otro lugar, los chicos habrían disfrutado del lujo de la ingenuidad y de la libertad necesaria para asimilar las contradictorias emociones y experiencias de la adolescencia.
Habrían tenido amores juveniles, triunfos formativos, tribulaciones.
Habrían tenido el privilegio de cometer errores sin consecuencias mortales.
Nunca se habían sentido tan solos. Los habían arrancado de las familias que los habían guiado y de las comunidades que los habían moldeado.
No podían entregarse a los caprichos de la infancia, aunque algunos intentaron inventar juegos rudimentarios con los compañeros de bloque para aliviar su carga.
Irónicamente, los seleccionados para los trabajos forzados al menos tenían algo que hacer.
Una depresión colectiva se cernió sobre ellos a medida que sus opciones se volvían cada vez más limitadas.
No había oportunidad de llorar a los amigos ni manera de procesar las monstruosidades que soportaban.
Se obsesionaron con sus probabilidades de morir y con cuándo ocurriría.
Las pesadillas eran intensas, aterradoras.
El hacinamiento era tal en los barracones que todos se veían atrapados en un ciclo de tormento psicológico.
Los diez días siguientes a Rosh Hashaná se llaman los Días del Asombro.
Todo apuntaba a la próxima fecha que los propagandistas nazis habrían marcado en lo que los prisioneros llamaban, con temor, el «calendario de Goebbels»: Yom Kipur, el Día de la Expiación, el más sagrado del calendario judío. Un tiempo de reflexión solemne.
Según algunos estudiosos religiosos, es también el día en el que solo mueren los virtuosos.