Milagro en Auschwitz Capítulo 7 - El primer corte #2
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Capítulo 7 - El primer corte #2

Aquella época desesperada exigía medidas desesperadas.

Siguiendo el ejemplo que le habían contado acerca de unos prisioneros de guerra rusos fugados, Mordechai se ocultó doblando el cuerpo dentro del agujero en el que los chicos hacían sus necesidades.

Calculó que no lo molestarían durante las horas de oscuridad y eligió un pozo con apenas heces, sin importarle mojarse los pies.

Esperó hasta el recuento matutino, momento en el que avanzó pegado a la pared antes de unirse a los chicos de los que lo habían separado un par de horas antes.

Sus caras de póquer disimulaban su sorpresa y alegría.

Después de todo, estaban juntos en aquello.

Moses nunca reveló cómo había evitado que lo capturaran, pero él también estaba allí para el registro.

Yaakov llevó a cabo varios intentos infructuosos de conseguir un indulto para un amigo.

Nunca perdonó al chico, un ayudante de cocina, que se negó a facilitarle un trozo de pan para usarlo como parte de un soborno al Blockälteste , el anciano del bloque, que tenía la responsabilidad total sobre las 337 víctimas bajo su control.

La identidad de esos 337 chicos no preocupaba demasiado ni al anciano del bloque ni al Lager Schreiber , el secretario del campo.

Estos solo necesitaban cumplir su cupo individual.

Wolf Greenwald sabía muy bien que si ellos o sus aliados en las SS sacaban un beneficio de tapadillo, mejor todavía.

Después de la selección, vieron a Wolf hablando con el ayudante del anciano del bloque.

Un chico llamado Lieby Kaufman se le acercó y le pidió en voz baja que saliera con él.

Fuera lo esperaba un prisionero veterano, un eslovaco, que quería saber a quién debía sobornar para salvar la vida de su sobrino y primo.

Cuando Wolf sugirió que el secretario era el más maleable, el eslovaco sacó un sobre robado de las oficinas administrativas.

Contenía dos billetes de veinte dólares que había guardado durante casi dos años.

Kaufman se arriesgó a actuar como intermediario, se los entregó con sigilo al secretario y el trato quedó cerrado.

Dos vidas más acabarían antes de tiempo.

Entretanto, el clima imperante de amoralidad generó a Yaakov un dilema moral. Se dio cuenta de que salvar al niño A implicaba condenar al niño B, un inocente al que se llevarían en su lugar para que las cifras cuadraran. Razonó que lo más probable era que aquello fuera en contra de la ley halájica.

Eso entraba en la jurisdicción del rabino Tzvi Hirsch Meisels, juez de un tribunal religioso conocido como el Dayan de Vác, una ciudad milenaria ubicada en la orilla oriental del Danubio, justo al norte de Budapest. Tenía cuarenta y dos años y no ocupaba ningún cargo oficial en el campo, al que lo habían enviado el 10 de julio en uno de los últimos transportes desde Hungría.

Su esposa Henna y seis de sus once hijos fueron asesinados a su llegada.

Un séptimo había muerto después de que lo reclutaran en un batallón húngaro de trabajos forzados.

En última instancia, el rabino Meisels cumplió su promesa de sobrevivir y dar testimonio tras la marcha de la muerte hasta Braunschweig y luego a Bergen-Belsen.

En Auschwitz llevaba ropa de prisionero y, aunque había renunciado a la barba y los peot , era venerado como líder espiritual.

En muchos sentidos, Meisels se encontraba en una posición imposible.

El padre de uno de los chicos condenados lo abordó para pedirle que dictaminara la legalidad, en términos religiosos, de pagar un rescate para asegurar la liberación de su único hijo.

Estaba dispuesto a entregar todos los objetos de valor que había logrado esconder, ya que también había oído que algunos guardias, ancianos de bloque y kapos aceptaban sobornos para salvar a ciertos chicos.

El padre era una figura angustiada porque, al igual que Yaakov, entendía que según los preceptos de su fe podía ser culpable de asesinar al chico que ocuparía el lugar de su hijo.

—Por favor, deme una resolución conforme a la Torá —le pidió al rabino—. Haré lo que usted diga.

El rabino Meisels se hallaba ante un dilema. Tomar decisiones de vida o muerte es una carga pesada en las mejores circunstancias, pero allí, sin el apoyo de sus colegas y sin libros halájicos que consultar, se sentía incapaz de guiar al hombre.

—Debido a las grandes dificultades y calamidades que nos afligen —le dijo—, no tengo el sosiego necesario para emitir un juicio.

El padre rompió a llorar y le suplicó una y otra vez que le diera algún tipo de orientación. El rabino lloró con él. Insistió en que no le prohibiría salvar a su hijo y dejó la decisión a la conciencia de su suplicante.

—Haz lo que quieras —subrayó—, como si no me hubieras consultado.

La desesperación del padre era inimaginable, pero aceptó la situación «con amor y alegría» porque, «si fuera permisible más allá de toda duda, usted me lo diría.

Mi único hijo será quemado de acuerdo con la Torá».

(Comparaba su situación con la de Abraham, a quien Dios ordenó sacrificar a su hijo Isaac en la cima de la montaña en el capítulo 22 del libro del Génesis de la Biblia hebrea).

Otro dilema moral al que se enfrentó el rabino fue el de un chico de quince años, llamado Akiva Mann, que quería salvar a su amigo de la escuela Moshe Rosenberg, un destacado erudito religioso.

Al igual que el padre desesperado, buscaba autorización para pagar un rescate.

Cuando Meisels se negó a dársela, Mann decidió ofrecerse como sacrificio.

—Moshe es un verdadero erudito de la Torá —alegó—. Todo el mundo se beneficiará de él, mientras que yo solo soy un ignorante sin valor. Si merezco el privilegio de llevar a cabo el elevado acto de entregar mi vida, que no vale ni un céntimo, ¿por qué no debería hacerlo con gusto?

El rabino permaneció impasible y reafirmó su fallo de que, según la ley halájica, la vida de Akiva tenía prioridad sobre la de su amigo.

Si Akiva lo desobedecía y llevaba a cabo su plan, estaría coqueteando con el pecado del suicidio.

Nunca la postura del rabino había resultado tan dolorosa y profunda.

Sin embargo, su devoción hacia la pureza religiosa no menguó su espíritu desafiante.

Al enterarse de que el envío a la cámara de gas del primer grupo de mil doscientos chicos húngaros había sido perversamente programado para Rosh Hashaná, desafió la ley religiosa arriesgando su vida al insistir en realizar uno de los rituales más sagrados del Año Nuevo judío.

Tocaría el shofar , un cuerno de carnero que produce una gama de sonidos lastimeros según la alineación de los labios y los músculos faciales del ejecutante, para que los chicos condenados recibieran sustento espiritual cuando más lo necesitaban.

Fue un acto de gran significado y a la vez singularmente subversivo, pues constituía un desafío directo y sin precedentes al desprecio de los nazis por la cultura de sus víctimas.

El rabino Meisels había recibido el shofar de manera clandestina después de que lo hallaran entre las pertenencias del almacén Kanada. Su hijo de catorce años, Zalman Leib Meisels, le suplicó con lágrimas en los ojos que no lo usara.

—Por favor, padre, eres todo lo que tengo. Esto me convertirá en un huérfano. Ribono Shel Olam [Dios como creador y maestro del Universo] no te pide esto.

Los presos veteranos le habían dado a Zalman un trabajo en las cocinas como muestra de respeto, lo que le salvó la vida cuando un kapo polaco lo atrapó después de compartir un trozo de pan robado.

Sabedor de que eso conllevaba morir en la horca, el kapo le dio veinticinco latigazos en lugar de entregarlo a las SS.

Antes le aconsejó que no gritara y Zalman se mordió los labios con tal determinación que le brotó sangre de la boca.

—¡Es un milagro! —exclamó el kapo —. Le he pegado en la espalda y sangra por delante.

En apariencia encantado con su chiste malo y consciente de haber salvado las apariencias ante sus superiores, se alejó después de propinarle tres o cuatro golpes más. El honor, de algún modo, se había restaurado.

El rabino Meisels le dijo a su hijo que, en un lugar como Auschwitz, «seguramente mi vida llegará pronto a su fin de todos modos» y le ordenó que hiciera de vigilante mientras él entraba en el recinto de detención en pleno crepúsculo, el momento más peligroso del día.

Avanzó entre los chicos impartiendo bendiciones, ofreciendo ánimos y citando versículos de los Salmos antes de hacer sonar el shofar cien veces, conforme a la tradición.

Los chicos enloquecieron.

—Escucha, Israel —proclamaron al unísono—. El Señor es nuestro Dios. El Señor es Uno.

Hondamente conmovido, el rabino habló con fortaleza y emoción:

—Chicos, aunque una espada penda sobre nosotros, no dejaremos de orar a Dios por la salvación.

Sus palabras resultarían proféticas.

Hubo muy poco tiempo para reaccionar al impacto que habían causado o a la humillante visión de su amigo, el rabino de Debrecen Yehoshua Fleischman, entre los condenados.

Los que estaban fuera, entre ellos Yaakov Yosef Weiss y el hijo de Meisel, enseguida se dieron cuenta de la amenaza que pesaba sobre el rabino cuando los alemanes superaron su confusión inicial y se lo llevaron a la fuerza.

Yaakov había intentado escuchar el discurso, pero no pudo asimilarlo porque su cerebro estaba sobresaturado.

El rabino Meisels también sobrevivió a la guerra y ayudó a personas desplazadas en Bergen-Belsen antes de convertirse en el rabino del sector británico.

En 1947 se mudó a Chicago, donde se casó y tuvo nueve hijos más.

Al recordar el incidente del shofar en su autobiografía, desahogó emociones reprimidas durante mucho tiempo: