Milagro en Auschwitz Capítulo 7 - El primer corte
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Capítulo 7 - El primer corte

El primer corte

Las noches en Auschwitz-Birkenau estaban pobladas de fantasmas e iluminadas por llamas diabólicas.

En medio del gentío humano, la soledad era rara, inevitablemente interrumpida, pero preciosa.

Yaakov Yosef Weiss amaba el alivio que traía consigo la oscuridad, que lo sacaba de sí y lo introducía en las vidas en peligro de desconocidos.

Los viernes por la noche procuraba cantar himnos judíos, pero no podía hacerlo con deleite, ya que su grupo de fieles estaba apiñado en un espacio reducidísimo sobre el frío suelo de piedra del barracón.

Todos los chicos reclamaban sus pocos centímetros de espacio y permanecían allí el mayor tiempo posible, con las piernas apretadas contra el pecho.

Si alguien tenía que salir para aliviarse en los barriles que hacían las veces de retretes, a su regreso ya no encontraba sitio.

Lo mejor a lo que podía aspirar era un hueco sobre el regazo de un amigo y el consuelo de una demostración rudimentaria de las leyes de la física, según las cuales el calor fluye hacia la fuente más fría hasta que se alcanza el equilibrio térmico. Una situación en la que todos ganan.

A Yaakov no le importaba estar fuera. Se agachaba junto al lateral del barracón y, de vez en cuando, echaba alguna que otra cabezada hasta el amanecer. Había tanto que procesar en la lucha diaria por sobrevivir que se perdía en sus pensamientos.

El escalofriante eco del silbido de un tren estimuló su imaginación.

Había llegado otro transporte, pero los nazis no permitían el desembarco en la oscuridad.

Aunque escapar no era una opción realista, había demasiadas sombras que atraían a los desesperados y aterrados y no valía la pena correr ese riesgo.

Yaakov visualizó las condiciones nauseabundas que estarían soportando los recién llegados; la falta de aire, el hambre y el miedo paralizante que experimentarían en sus últimas horas dentro del vagón de ganado.

Muchos de los que saldrían tambaleándose al amanecer no vivirían para ver el atardecer.

Le vino a la mente una palabra yidis de origen eslavo, nebach .

Su definición en el diccionario hace referencia a una «persona débil, indefensa o desafortunada».

Desde la perspectiva de Yaakov, era una poderosa expresión de compasión, una muestra de afinidad con los perseguidos y oprimidos.

Sentía su sufrimiento en lo más profundo de su ser.

Sabía qué esperar. Solo una pequeña parte de los pasajeros que llegaban ese día —chelek, por usar otro término hebreo— sobreviviría a la selección.

Pronto los vería deambular por el campo con el rostro ceniciento, en una pesadilla de desconcierto e incertidumbre.

El sentimentalismo era peligroso en la medida en que debilitaba la alerta de autoprotección que había desarrollado en cautiverio, pero Yaakov no podía obligarse a ignorar sus pensamientos ni sus emociones más poderosas.

Unida a los principios de su fe, su compasión por el prójimo le recordaba que aún no había perdido la esencia de su humanidad.

Sin embargo, era más vulnerable de lo que estaba dispuesto a admitir.

Los chicos húngaros vivían con los días contados.

El primer corte, en Rosh Hashaná, el Año Nuevo judío, fue el más profundo y segaría la vida de unos mil doscientos prisioneros de los que habían llegado entre mediados de mayo y principios de julio.

Tras convocarlos para la selección el domingo 17 de septiembre, coincidiendo con el inicio de Rosh Hashaná, los condenados fueron confinados al bloque infantil hasta el martes siguiente, 19 de septiembre, cuando concluirían los rituales del Año Nuevo judío.

Su asesinato no fue el único crimen contra la humanidad cometido aquel día, pues el avance ruso provocó varios intentos salvajes de ocultar el alcance de su culpabilidad por parte de los nazis.

Solo ciento ochenta de los tres mil trabajadores esclavos judíos del campo de concentración de Klooga, en Estonia, sobrevivieron a una purga sangrienta llevada a cabo por las SS mientras se acercaba el Ejército Rojo.

En el cercano campo de Lagedi, 426 judíos, en su mayoría mujeres y niños, fueron asesinados por sus captores cuando la liberación se hallaba a solo unas horas de distancia.

En Auschwitz, el presagio de la muerte era una figura familiar.

Josef Mengele supervisó la selección junto con el perverso médico Heinz Thilo.

No era la primera vez que Dugo Leitner se asombraba de los pocos guardias que rodeaban a Mengele, algo que no hacía sino incrementar el aura del monstruo.

Era como si supiera que era intocable. Los chicos estaban aterrados, porque sabían lo que en realidad significaba que les ordenaran reunirse para un recuento: Mengele quería eliminar a los enfermos, los flacos y los bajos.

Mordechai Eldar fue uno de los seleccionados para morir.

Se preparó mentalmente para «mi último día» y se consoló pensando que pronto se reuniría con sus padres.

Yosef Zalman Kleinman, convocado desde el Bloque 35 y obligado por los guardias a alinearse «deprisa y de manera ordenada», siempre se encontraba en el límite en cuanto a estatura y peso.

Se metió piedras en los zapatos para ganar altura y aparentar mayor corpulencia y permaneció de pie varias horas sin mostrar el dolor que experimentaba en las plantas de los pies.

Todo fue en vano, al menos en un principio, ya que cuando le ordenaron desnudarse de cintura para arriba no pudo ocultar lo hundido que estaba su abdomen.

Mengele lo descartó junto con los débiles y físicamente consumidos, pero una vez fuera del barracón Yosef echó a correr y logró llegar al bloque en el que se hallaba a salvo su hermano mayor.

Yaakov Yosef Weiss conocía el proceso; durante el tiempo que había pasado en aislamiento médico tras su llegada al campo, había visto a diario cómo eliminaban a los débiles.

Pensó en aquellas almas desafortunadas que obedecían la orden de sacar la lengua mientras los médicos buscaban signos de escarlatina.

La más mínima sospecha de infección bastaba para que apartaran a esos recién llegados.

Una ambulancia llegaba aproximadamente una hora después y todos los que presenciaban aquel trágico retablo sabían cuál era su destino: la cremación.

Nadie volvería a ver a aquellos recién llegados.

Esta vez no sería muy diferente, se dijo Yaakov.

Después se enteraría de que 337 chicos de su bloque habían sido señalados para la cámara de gas.

Esa noche también llevaron al recinto de detención para condenados a cuatro compañeros de clase de Dugo Leitner en Nyíregyháza.

Chaim Schwimmer vio a dos conocidos, un chico llamado Famele y su primo, morir a todos los efectos por su fe.

Habían adelgazado de una manera espantosa al negarse a comer alimentos no kosher durante sus primeros meses de cautiverio.

Rechazaban incluso el arroz, porque no se había cocinado bajo la supervisión de un rabino.

Los intentos de Chaim de convencerlos para que comieran se veían dificultados por el hecho de que él solo hablaba húngaro y los dos chicos, yidis, como la mayoría de los judíos asquenazíes.

Le afectó en lo más hondo porque, aunque los dos eran altos, sabía que su destino estaba sellado.

«¿Te puedes imaginar semejante sacrificio?

—preguntaba—. Hay que ser un ángel para hacer algo así».

Al igual que Yosef Zalman Kleinman, Chaim se había apresurado a meter un lecho de piedras en sus zapatos para aparentar mayor autoridad física.

Intentó leer el lenguaje corporal de Mengele.

La arrogancia era abrumadora, pero se fijó en la economía de movimientos.

El médico solía concentrarse en el rostro y el torso de la víctima potencial antes de tomar su decisión y rara vez miraba los pies.

En total, había alrededor de mil doscientos chicos retenidos en los bloques 11 y 13.

Recibieron raciones dobles, un intento ridículamente obvio de hacerles bajar la guardia.

Los que superaban la selección volvían a sus barracones y tenían miedo de salir por si se encontraban con kapos y otros funcionarios que cumplían órdenes para alcanzar sus cupos.

Era algo necesario, ya que algunos, como Mordechai Eldar y Yisroel Taub, el hermano menor de Hershel Herskovic, habían huido de los recintos de detención la noche previa a Rosh Hashaná.

Mordechai y Moses Shalem, su inseparable compañero, se ofrecieron para ser los primeros en intentarlo.

Su plan era escabullirse por una pequeña ventana, subir al tejado y saltar al patio, desde donde se dirigirían a las letrinas.

Mordechai lo consiguió tras calcular que tendría que saltar unos tres metros hasta una esquina en sombras cerca de la valla, alejada del camino y del guardia.

Recorrió a la carrera una corta distancia hasta los retretes, pero Moses tuvo que buscar una solución alternativa debido al alboroto provocado por otro chico, que se había lesionado el tobillo al caer y no podía caminar. Sus gritos alertaron a los guardias, que capturaron al resto de los fugitivos.