Milagro en Auschwitz Capítulo 6 - Sesenta años después #4
46%

Capítulo 6 - Sesenta años después #4

El precio habitual por un diamante era de tres patatas y las chicas de Kanada tuvieron la suerte de encontrar un hermoso vestido plateado de seda.

La compañera de Eva se fijó en que los botones no eran iguales y, al inspeccionarlos más de cerca, vieron que se trataba de una ristra de grandes diamantes que la víctima había conservado en vano como garantía.

Era un instinto habitual; justo antes de su deportación, el padre de Eva le había mostrado en qué lugar del sótano estaban enterradas las joyas familiares.

El dinero y la riqueza material no significaban nada; Eva jamás tuvo intención de volver a su ciudad natal después de la guerra.

La sopa espesa por la que hacía trueques en Auschwitz-Birkenau y el pan que podía compartir no tenían precio.

En una ocasión en la que descubrieron su generosidad, la golpearon con tal brutalidad que el bastón del guardia de las SS se rompió al aporrear su espalda.

Pasó meses sin poder acostarse bocarriba.

Asignada después al turno de noche con la tarea de desinfectar las mejores prendas de ropa antes de enviarlas al mercado alemán, a menudo se quedaba dormida.

En una ocasión, un guardia de las SS con un solo ojo le dio una bofetada tan fuerte que le clavó un dedo en el ojo.

A pesar del dolor, Eva se resignó a las consecuencias de la brutalidad y se quedó atónita cuando el hombre de las SS regresó un par de días después y le dio una tableta de chocolate como disculpa.

Cínicamente, las chicas que la rodeaban lo interpretaron como una señal de que la guerra llegaba a su fin: un hombre que infligía ese tipo de castigos iba a necesitar a todos los amigos que pudiera tener.

El afán de Eva por sobrevivir le permitió soportar la marcha de la muerte hacia Neustadt Glewe, un subcampo de Ravensbrück en Alemania en el que, debilitada por el tifus, perdió el conocimiento y fue arrastrada a un montón de cadáveres durante la liberación por parte del Ejército Rojo a principios de mayo de 1945.

Habría muerto allí de no ser por un movimiento involuntario que alertó a un médico del ejército ruso, quien detectó un pulso débil.

El joven, que era judío, la cuidó a diario en el hospital del campo, donde la puso a dieta de leche.

—No saben que soy judío —le susurró en yidis un día que estaban solos—. Procura mantenerte alejada de los rusos; no son muy amables.

Eva nunca supo su nombre, pero, gracias a su regalo de despedida, un brazalete que decía tan solo «tifus», se aseguró de que los soldados se mantuvieran a distancia.

Alta y esquelética —pesaba apenas veintinueve kilos—, se mantuvo con vida gracias a la bondad del médico.

Siguiendo su consejo, hizo autoestop hasta la plaza principal de una ciudad alemana cercana, donde convenció a un conductor de autobús de que era una refugiada checa y de que la llevara a Praga.

Desde allí, Eva viajó a Bratislava y luego a Budapest, donde, tras desplomarse, la encontró por casualidad un primo suyo que buscaba a sus hermanas.

Se quedó con él durante tres años, barriendo suelos y haciendo las tareas domésticas sin ganas, mientras luchaba por aceptar un mundo que había cambiado de forma radical.

«Yo no era nadie —recordaba Eva—. No encajaba.

No quería pensar. El camino siempre estuvo allí, pero durante mucho tiempo no lo vi.

Mirando atrás, lo más seguro es que estuviera deprimida tras darme cuenta de que mis padres jamás regresarían».

Tenía poca voluntad de vivir y se alimentaba mal, hasta el punto de engordar de manera descontrolada.

Tras hacerse a regañadientes profesora de parvulario y sucumbir a la presión para afiliarse al Partido Comunista ruso, Eva compró documentos falsos y huyó a Viena, con el objetivo final de llegar a Palestina.

La detuvieron cerca de la frontera austriaca y, como la cárcel local estaba llena, la pusieron bajo arresto domiciliario.

Ella ideó un plan de huida con un hombre judío, un matarife ritual de ganado y aves: recolectaron con astucia vino, whisky, schnapps y slivovitz que había en la casa y los introdujeron en una botella que le dieron al guardia principal.

Aburrido y sin motivación, este se emborrachó hasta quedar inconsciente.

«No podríamos haberlo despertado ni con una piedra», explicaba Eva muchos años después, con una alegría infantil.

Escapó a través de tierra de nadie, un corredor de un kilómetro y medio entre Austria y Hungría.

Su plan de emigrar a Palestina cambió en la cola para obtener los permisos, cuando la advirtieron de que era probable que los británicos la enviaran a un campo de detención en Chipre.

Una tía suya contactó con su único primo varón superviviente, Pinchas Tibor Rosenbaum, un líder de la comunidad judía en Ginebra.

Pinchas había salvado la vida de cientos de judíos durante la guerra haciéndose pasar por un oficial alemán de las SS o un gendarme húngaro de alto rango.

Cambió el rumbo de la vida de Eva al reintroducirla en su fe y en los valores con los que la habían educado.

Durante una cena de viernes por la noche celebrada por los suegros de Pinchas, los Stem, Eva se vio abrumada por la emoción.

Tuvo que excusarse y se puso a llorar en el baño mientras Pinchas cantaba los himnos judíos que su padre solía recitar alrededor de la mesa.

«La realidad me golpeó —recordaba—. Fue muy doloroso, pero era lo que estaba buscando».

Eva se casó al año siguiente, se mudó a Inglaterra y se instaló allí para construir una familia cada vez más numerosa.

Durante más de sesenta años no contó a nadie sus experiencias, ni siquiera a su marido Leopold.

«No quería que mis hijos crecieran con ningún tipo de culpa o lástima ni que me compadecieran».

Su vida volvió a dar un giro en 2006, cuando su nieto Daniel Goldberg le pidió que regresara a Auschwitz en una visita organizada por Naftali Schiff y su institución benéfica, JRoots.

Ella se negó una y otra vez, pero al final accedió «porque es un chico maravilloso.

¿Cómo podía negarme? Es imposible». Eva viajó con la condición de que, si la experiencia la superaba, la llevaran de inmediato al aeropuerto.

Al final, acabó hablando con veintisiete miembros de su familia en uno de los barracones.

El entorno no la impresionó demasiado, pues le parecía superficial en comparación con sus vivencias, pero la visita le permitió cerrar un capítulo, ya que el crimen que el campo representa es demasiado inmenso, demasiado espantoso, para darle una explicación racional.

Decidió ser testigo de su propio dolor.

Parecía tan natural estar en aquel barracón, con todos a mi alrededor.

Sus rostros se desencajaron, porque nunca me habían oído hablar de esas cosas, pero me alegro de haberlo hecho.

Reforzó mi convicción vital de que, si haces cosas por los demás, no estás tan ocupado con tu propia tristeza y puedes olvidarte de ti mismo.

Si otras personas dependen de ti, eso alivia el sufrimiento. Recuerdo un incidente en la marcha de la muerte. Una mujer —la llamábamos «la anciana» aunque apenas tenía cuarenta años— se apoyaba en mí con desesperación. «No puedo detenerme —pensé—; si lo hago, será igual que matarla».

Eso fue lo que me hizo seguir adelante, sin parar. He aprendido que cuidar de los demás, compartir con ellos, es sin lugar a duda una cura. Da amor y apoyo a tus hijos. Escúchalos. Recuerda que vivir es dar. El odio no logra nada. El odio te destruye.