Milagro en Auschwitz Capítulo 6 - Sesenta años después #3
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Capítulo 6 - Sesenta años después #3

Como era de esperar, en abril de 1944, el día después de la Pascua, la comunidad judía del distrito se vio obligada a marchar hacia Munkacs.

Grandes grupos de jóvenes vestidos con camisas negras recorrían las calles saqueando casas y robando a los deportados.

A Eva, que tan solo tenía quince años, la obligaron a quitarse sus joyas más preciadas y entregárselas a los ladrones, que rebuznaban de júbilo.

Una sinagoga hizo las veces de campo de detención temporal antes de que enviaran a Eva, sus padres y sus hermanos pequeños, Shmuel e Yitzchak Isaac, a un gueto instalado en una fábrica de ladrillos.

Como muchos otros, Eva nunca había oído hablar de Auschwitz cuando, en un revelador ejemplo de la microrregulación del asesinato en masa, los cargaron en vagones de ganado siguiendo un orden alfabético.

Eso supuso que la mayoría de los cerca de noventa deportados que viajaban en su vagón fueran familiares.

Su tío mayor estaba muy débil y no logró sobrevivir al trayecto; a los niños se les ocultó su muerte, pero Eva conservaba recuerdos vividos del ambiente que reinaba durante el viaje.

«No había noción del tiempo —recordaba en una entrevista de 2019—.

Solo llantos infantiles, silencio, incredulidad».

De manera sorprendente, su llegada quedó registrada en el llamado «álbum de Auschwitz», la única prueba visual que se conserva de judíos llegando a un campo de exterminio.

Aunque estaba estrictamente prohibido fotografiar en la rampa, esas imágenes fueron tomadas por uno de los dos hombres de las SS, Ernst Hofmann o Bernhard Walter, responsables de tomar fotos de identificación y huellas dactilares a los considerados aptos para el trabajo.

El álbum constaba de once capítulos, cada uno de los cuales detallaba un aspecto del llamado procedimiento de «tratamiento especial».

El día de su liberación del campo de concentración de Mittelbau-Dora, en Alemania, Lilly Jacob, una judía húngara que tenía dieciocho años cuando asesinaron a toda su familia al llegar a Auschwitz-Birkenau, encontró el álbum en unos barracones abandonados de las SS.

Se convirtió tanto en una bendición como en una maldición silenciosa.

Lilly utilizó el dinero obtenido por la venta de copias en placas de vidrio del álbum al Museo Judío de Praga para financiar su emigración a Estados Unidos junto con su marido, Max Zelmanovic, y su hija Esther.

La familia prosperó en Miami, donde Lilly trabajó como camarera, aunque nunca logró escapar de sus recuerdos más terribles.

El álbum se convirtió en una especie de santo grial para numerosos supervivientes del Holocausto, que viajaban a Florida desde todo el mundo para buscarla con la esperanza de encontrar en las fotografías la imagen de un familiar perdido.

Lilly lloraba con ellos cuando, de manera casi inevitable, se llevaban una decepción.

Solo en contadas ocasiones fue posible la identificación; en esos casos, al familiar se le entregaba la fotografía como un recuerdo único, casi sagrado.

El álbum se donó en 1980 al Yad Vashem, el célebre Centro Mundial de Conmemoración del Holocausto en Jerusalén, donde se conserva hasta el día de hoy.

Lilly falleció el 17 de diciembre de 1999, con su legado intacto.

Esas imágenes de madres agobiadas con pañuelos en la cabeza y niños de ojos abiertos e inocentes nos hablan desde la tumba.

Humanizan una historia que, en esta época de desinformación y negacionismo, algunos aún se resisten a aceptar.

Como era habitual, la familia de Eva Birnbaum fue destruida de inmediato en la rampa de Auschwitz.

A su madre y sus hermanos los enviaron a la cámara de gas.

Así fue como se quedó sola por primera vez en su corta vida hasta que se reunió por casualidad y brevemente con su padre después de que ambos sobrevivieran a la selección y los hubieran duchado y rapado.

Se hallaban en filas separadas, esperando a que los tatuaran, cuando Eva lo reconoció, vestido con un uniforme de prisionero que le quedaba corto.

Ajena al peligro, corrió hacia él cruzando una cuerda divisoria.

—¿Dónde está mamá? —preguntó.

Su padre la agarró por los hombros y acercó el rostro al suyo. Eva jamás olvidaría la compasión y la urgencia en su voz, que delataban su miedo.

—No te preocupes por mamá —le dijo—. Cuidará de sí misma y pronto la verás. —Apenas tuvo tiempo de ofrecerle una bendición antes de que los separaran de nuevo—. Debes seguir adelante —le dijo—. Quiero que seas fuerte. Cuídate y recuerda que eres judía. Hashem [Dios] te ayudará.

Sus palabras le vinieron muchas veces a la cabeza en sus momentos de mayor tribulación, que llegaron enseguida, después de que la enviaran a trabajar en un almacén revisando las pertenencias de las víctimas.

El almacén recibía el nombre sarcástico de «Kanada» por ser una tierra de abundancia.

Las nuevas realidades de su vida insensibilizaron a Eva, que se había integrado con rapidez en el campo y había aprendido trucos de las prisioneras veteranas, como pellizcarse las mejillas para parecer saludable durante el recuento matutino.

—No te desmayes —le susurraban—. No te muevas. No hagas nada.

Su equipo de trabajo operaba con disciplina militar.

Aprendió a escuchar con atención y a observarlo todo, pero nada habría podido prepararla para el impacto humillante de encontrar una de las posesiones más preciadas de su madre: un neceser que contenía las cintas de la infancia de Eva y su pelo grueso y trenzado.

Cuando se lo habían cortado, fue la primera vez que vio llorar a su madre.

Incapaz de separarse del chal de su madre, el último regalo que había recibido de ella, lo escondió en su barracón, donde «las chicas casi me matan porque sabían que podían pegarnos un tiro a todas por hacer algo así».

Eva sabía que no le quedaba más remedio que obedecer a las demás y en cuanto pudo se deshizo de él. «No era más que un símbolo del pasado», recordaba casi ochenta años después, con una tristeza que resonaba a través de las generaciones.

Pero lo peor estaba por llegar.

Otras personas envidiaban su puesto, ya que, al igual que los chicos que recogían cadáveres, las mujeres encontraban de vez en cuando comida en los bolsillos de los abrigos o pantalones.

«Eso significaba que teníamos suerte —recordaba Eva—, aunque no la tuviéramos a nivel mental, porque trabajábamos muy cerca del crematorio.

Nuestro trabajo consistía en coger las pertenencias de las personas que entraban en él.

Al cabo de tres o cuatro días, me di cuenta de que nuestras vidas no estaban destinadas a durar mucho.

Cualquiera que trabajara en esos lugares no podía sobrevivir, porque los nazis no querían testigos».

Se equivocaba, ya que trabajó en Kanada durante casi nueve meses, hasta la marcha de la muerte que salió de Auschwitz-Birkenau en enero de 1945.

Sin embargo, un día vio horrorizada a su abuela materna en una fila delante de la cámara de gas.

Eva corrió hacia la anciana, que le preguntó en tono suplicante:

—¿Dónde está tu mamá, dónde está tu mamá? No sé nada de ella desde hace días.

La niña había llegado a un punto de inflexión.

—No te preocupes —le dijo a su abuela, a pesar de saber el destino que le esperaba—. Entra ahí y estarás con mamá.

En cuestión de minutos, escuchó los consabidos gritos, las invocaciones del « Shemá Israel », una plegaria que se recita cuando la muerte está cerca, y luego silencio.

Años después, Eva seguiría atormentada por sus actos. Llegó a estar convencida de que, en su momento, a sus compañeras y a ella las drogaron para neutralizar sus sentimientos. «Es algo a lo que le he dado vueltas durante muchísimo tiempo», decía.

Ninguna sentía lo que deberíamos haber sentido en esas situaciones. No llorábamos. No estábamos tristes. Los kapos nos decían lo que ocurría y luego ya dependía de nosotras creerlo o no.

Fue entonces cuando me deshumanicé. ¿Cómo puede un ser humano hacer esas cosas?

Verlo, estar allí y vivir con ello. ¿Quién soy yo?

¿Cómo puede alguien hacer eso? No es normal que un ser humano lo vea y no enloquezca.

¿Cómo puedes vivir escuchando a madres y niños gritando el « Shemá Israel » cuando apoyas la cabeza en la almohada por la noche?

Es terrible, más allá de la comprensión de una niña.

Su aceptación del peligro manifestaba un típico abandono al destino y su actitud ante la muerte evocaba la de Mordechai Eldar:

Arriesgar la vida no daba miedo. Al contrario. Cada noche nos acostábamos y elaborábamos un plan para tocar la alambrada. Esa era la única salida. Pero, cuando llegaba el momento, siempre decíamos: «Mañana».

Eva llevó las cosas aún más lejos al intercambiar di mantés, recogidos con discreción mientras estaba de servicio en Kanada, por productos básicos, como sal y pan. Lo hacía a través de un preso judío que venía a recoger ropa, supuestamente destinada a las tropas nazis y al consumo doméstico.

—Pase lo que pase —le dijo él un día que los guardias de las SS estaban distraídos—, no les des los objetos de valor a los alemanes.

Eva y una amiga siguieron sus instrucciones y, tras esconder los diamantes en los baños, los enterraban en un lugar cercano para poder recuperarlos con facilidad.

La siguiente fase del plan consistía en conseguir zapatos para el preso.

Un zapatero que había en su barracón creaba tacones huecos en los que se podían meter joyas y piedras preciosas.