Milagro en Auschwitz Capítulo 6 - Sesenta años después #2
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Capítulo 6 - Sesenta años después #2

Dos de los peores monstruos del campo eran mujeres.

La supervisora de las SS Maria Mandl recibía órdenes directas del comandante Rudolf Höss.

Si un prisionero era lo bastante imprudente como para cruzar una mirada con Mandl mientras ella estaba en la puerta principal de Auschwitz-Birkenau, se lo llevaban de allí con rapidez y nunca más se volvía a saber de él.

Mandl decretó la muerte de miles de mujeres y niños a su llegada al campo y con posterioridad organizó una serie de selecciones destinadas a eliminar a los prisioneros que consideraba débiles, agotados o no aptos para el trabajo.

En enero de 1948 fue ejecutada por crímenes contra la humanidad.

En mayo de 1944, Mandl designó a Irma Grese, una conocida sádica y pervertida sexual de quien se rumoreaba que había tenido un romance con Josef Mengele, para que dirigiera el campo de mujeres húngaras en Birkenau.

Este ascenso a Oberaufseherin , el segundo rango más elevado al que podía aspirar una Aufseherin de las SS, le otorgó poder ilimitado sobre más de treinta mil prisioneras.

Irma Grese las azotaba en los pechos con un látigo de celofán, lo que les provocaba espantosas infecciones, o bien las golpeaba con un porra de goma y con frecuencia enviaba a prisioneras sanas a las cámaras de gas.

Esclavizaba a las prisioneras jóvenes y atractivas, de las que abusaba sexualmente hasta aburrirse para luego enviarlas a la muerte.

Su crueldad era multidimensional. Acompañaba en bicicleta a los grupos de trabajo, que debían recorrer hasta dieciséis kilómetros para llegar a su puesto, y desataba a sus dos pastores alemanes para que atacaran a cualquiera que se retrasara.

Mataba con una pistola plateada y, según el consenso generalizado, fue responsable de la muerte de un promedio de treinta mujeres al día.

De figura llamativa, pelo rubio natural y ojos azules, estaba convencida de que su destino como prototipo de mujer aria era convertirse en estrella de cine y utilizaba su vanidad como arma.

Tenía una modista personal que le confeccionaba uniformes perfectamente ajustados con las mejores prendas de las víctimas y usaba caros perfumes robados para burlarse de las prisioneras que vivían en la miseria y con un miedo constante por sus vidas.

Grese mostró una arrogancia indiferente hacia su destino; su última palabra al verdugo oficial británico Albert Pierrepoint, que la ejecutó la misma mañana que a Hössler, fue un seco « Schnell ».

[«Ve rápido»]. Él obedeció, activando la trampilla exactamente a las 10:03 de la mañana.

Con solo veintidós años, fue la criminal de guerra nazi más joven en ser ejecutada.

Su epitafio más perdurable lo escribió Gisella Perl, prisionera que ejerció de médico en Auschwitz-Birkenau:

Era una de las mujeres más bellas que he visto en mi vida.

Su cuerpo era perfecto en cada línea; su rostro, claro y angelical, y sus ojos azules, los más alegres, los más inocentes que uno pueda imaginar.

Y, sin embargo, Irma Grese fue la pervertida más depravada, cruel e imaginativa con la que me he cruzado jamás.

Cuando Josef Mengele ordenó a la doctora Perl que lo informara personalmente de todas las mujeres que estaban embarazadas, esta comprendió que eso las condenaba a verse sometidas a experimentos y acabar muertas.

El imperativo de salvarlas la llevó a realizar abortos secretos, algo que invertía el uso de sus destrezas médicas y su creencia intrínseca en el milagro de la vida.

—Una vida por otra —declaraba a menudo.

Su esperanza, que se cumplió de manera inolvidable tras la guerra y que Perl reflejó en sus memorias, escritas en 1948, era que la madre acabara construyendo una familia como una mujer libre.

La cultura de represión mortal se perpetuaba a sí misma, pues dependía de la desesperación de la subclase de los denominados presos colaboradores, en su mayor parte judíos, eslovacos y polacos.

Estos eran tan temidos como las Aufseherin , las guardias femeninas de las SS, porque sus violentas intervenciones estaban calculadas para asegurar el mantenimiento de sus privilegios.

Estos funcionarios se insertaban en todos los aspectos de la vida de los prisioneros.

Desencadenaban palizas salvajes tras denunciar las infracciones más insignificantes durante el recuento y acompañaban a los prisioneros a los lavabos y las letrinas.

Reducían las raciones, apropiándose de al menos un tercio del pan asignado a los presos, y se quedaban con la sopa más espesa y nutritiva, que quedaba en el fondo de los calderos, para su propio consumo o para realizar tratos corruptos.

Cualquiera que se atreviera a protestar recibía un golpe en la cabeza con un cucharón, se veía privado de comida y quedaba señalado para una venganza prolongada.

A las víctimas se les negaba el acceso a los aseos y sufrían una serie de castigos mezquinos.

En los casos más extremos, eran objeto de acusaciones falsas y enviadas a la muerte.

La posibilidad de ejercer el poder de forma despiadada y sin consecuencias atraía a los depredadores.

Igual que había observado Mordechai Eldar en el campo de hombres, en el de mujeres existía también una cultura insidiosa de explotación sexual, tanto por parte de los funcionarios como de las funcionarías.

Un kapo de voz ronca llamado Leo, que a todas luces disfrutaba golpeando a las prisioneras con un palo afilado y arrastraba a las mujeres más débiles fuera de los barracones con tal violencia que morían en el appellplatz , generaba un miedo especial.

Nadie tenía noción del futuro, más allá de sobrevivir un día que se fundía con el siguiente y el siguiente hasta que era imposible distinguirlos.

Sin lugar a duda, habría sido una fantasía totalmente inverosímil sugerir que ese futuro acabaría encarnado en una muchacha desafiante que soportaba continuas palizas por robar —y compartir— pedazos de pan.

Eva Birnbaum llegó a Auschwitz-Birkenau procedente de Munkacs en el mismo transporte que Chaim Schwimmer y Hershel Herskovic.

Pasarían más de sesenta años antes de que se sintiera capaz de compartir los detalles de su calvario, su supervivencia y su readaptación.

Fiel a su carácter, lo que la motivó a hacerlo fue el deseo de rendir homenaje a aquellos a los que había dejado atrás.

En sus últimos años de vida recibió la distinción de Miembro de la Orden del Imperio Británico por sus servicios en la educación sobre el Holocausto.

Con noventa y seis años, y tras casarse durante la posguerra con Leopold Neumann, vivía en la zona de Broughton Park de Salford, en el Gran Manchester.

Todo el mundo la conocía como Bobby, la versión anglicanizada del término yidis bubbe , «abuela».

De pelo oscuro y con unos llamativos ojos gris verdoso enmarcados por unas gafas rectangulares y pulcras, tenía una dignidad innata y una energía vital palpable.

Su defensa del poder del núcleo familiar es comprensible: crio a cinco hijos y fue la matriarca de una familia extensa de cien personas, incluidos nietos y bisnietos.

Nació el 8 de marzo de 1929 en el seno de una familia judía ortodoxa de Szolyva, una ciudad multinacional situada en la frontera entre Hungría y Checoslovaquia, en pleno corazón de los Cárpatos.

Las complejidades geopolíticas de la zona estaban muy enraizadas y se vivían de forma muy personal.

Según la leyenda familiar, el abuelo de Eva había abandonado Polonia en la difícil época previa a la Primera Guerra Mundial siguiendo el consejo de su rabino:

—¿Qué debo hacer? —le había preguntado.

—Llena un carro, súbete y márchate de inmediato —fue la respuesta—. Ve tan lejos como te lleve el caballo.

Tras casarse a los dieciocho años, el abuelo construyó una casa en lo que entonces era una zona apenas poblada y tuvo una familia numerosa.

Eva, a quien de niña llamaban cariñosamente Maidi, pensaba que todos los judíos de la ciudad, que crecía muy deprisa, se apellidaban Birnbaum, «porque éramos muchísimos».

Su padre, al igual que los padres de Dugo Leitner, Mordechai Eldar y Hershel Herskovic, luchó con el ejército húngaro en Italia durante la Primera Guerra Mundial, pero su esperanza de que las medallas que había ganado por actos heroicos lo libraran de la persecución resultó, a la larga, equivocada.

Tenía una mentalidad tradicional y conservadora y daba prioridad a la educación de sus hijos varones por encima de la de su hija.

No obstante, gracias a un programa de enseñanza privada organizado por su madre —una pensadora ilustrada que se había formado en Berlín—, Eva destacó como una estudiante brillante.

Era una zona envidiable para crecer, con aire limpio y frío y manantiales minerales que producían aguas terma les de un color verde pino famosas por sus cualidades medicinales.

El turismo apuntalaba la riqueza de la comunidad, aunque la pobreza estaba muy arraigada en los pueblos de los alrededores.

En las cenas de los viernes por la noche, los Birnbaum sentaban a su mesa a aquellos en una situación económica desfavorable, además de a soldados judíos destinados en la zona y a grupos transitorios de refugiados polacos.

Acogían a personas sin hogar, que ayudaban con las tareas domésticas a cambio de alojamiento, y repartían comida por todo el pueblo.

A Eva nunca se le pasó por la cabeza negarle ayuda a alguien que la pidiera.

A pesar de ser un hombre atento y bondadoso, su padre prefirió no creer los testimonios de asesinatos en masa que relataban algunos de los refugiados que se sentaban a su mesa.

Alegaba mantener buenas relaciones con sus vecinos no judíos, muchos de los cuales hablaban yidis, pero su inusitada irritabilidad, compartida por su esposa, dejaba entrever que algo no iba bien.