Capítulo 6 - Sesenta años después
Sesenta años después
Mordechai Eldar y Moses Shalem dormían lo mejor que podían uno junto al otro en las abarrotadas literas de madera, en las que compartían historias de pérdidas y añoranza durante las noches lentas y frías.
Ambos se sentían solos en el mundo, con un dolor profundo y desalentador.
Decidieron que la mejor opción para conservar la vida era enfrentarse a la muerte en todas sus espantosas formas.
Unidos por el destino, estos desconocidos decidieron ser uno para el otro el hermano que los nazis habían matado o les habían arrebatado.
Se cuidarían mutuamente, compartirían la comida y se comprometerían a una amistad como ninguna otra.
Se ofrecerían voluntarios para cualquier trabajo, por servil o perturbador que fuera, porque la alternativa era el olvido.
Mordechai había crecido siete centímetros en el ultimo año, pero su estado mental no reflejaba su incipiente madurez física.
Tras la repentina e irresoluta partida de su hermano Yehuda, le habían bastado tan solo tres o cuatro días para darse cuenta de que no sobreviviría sin él.
Ocultaba bien sus inseguridades, pero reconocía en Moses a alguien aún más avispado de lo que él mismo se había obligado a ser.
Moses era mayor, más alto y reflexivo. Cuando Mordechai hablaba sobre la tentación de suicidarse, comprendía su desesperación y reconocía haber albergado pensamientos similares, aunque argumentaba que la autodestrucción no le devolvería a Yehuda.
No serviría de nada. Ya se hubieran llevado a Yehuda al crematorio o a otro campo, el suicidio no resolvería el enigma de su destino.
Si los acontecimientos los superaban, correrían juntos hacia la alambrada, pero se debían uno al otro esforzarse por sobrevivir, sin importar la existencia que llevaran.
Era una época peligrosa, en la que había que cumplir con cupos.
A los chicos se les prohibía refugiarse en sus barracones durante el día; deambular por los límites del campo era un ejercicio arriesgado, ya que cualquiera, sin importar edad, sexo o estado de salud, era blanco legítimo de los llamados «cazadores de la muerte» si el número de víctimas no alcanzaba los objetivos.
Así pues, parecía más seguro tener una rutina que seguir, un papel que desempeñar.
Recoger cada mañana a los muertos delante de los bloques de barracones era la peor de las tareas, pero también una de las mejores, ya que de vez en cuando encontraban un pedazo de pan o una lasca de patata en los uniformes que colgaban inertes de los cuerpos ya rígidos.
Para conseguir ese trabajo, Mordechai y Moses siguieron el consejo de los prisioneros veteranos y se congraciaban con los funcionarios siempre que podían.
Cargaban los cadáveres en un carrito de dos ruedas; uno los cogía de los brazos y el otro de las piernas.
Una vez apilados en un montón en equilibrio precario, los chicos llevaban los cuerpos a la verja de entrada, donde les entregaban un carrito vacío para continuar con la recogida.
Mientras tanto, los cuerpos se trasladaban a los crematorios o a las fosas de incineración.
Hacía mucho tiempo que los chicos habían abandonado su antigua sensibilidad.
Estaban tan acostumbrados a la muerte, tanto repentina como prolongada, que esta se había convertido en parte de su vida cotidiana.
Sus estómagos vacíos les decían que apenas había comida disponible.
Veían los cuerpos retorcidos de aquellos que se habían suicidado arrojándose contra las vallas electrificadas, sobre todo por la noche.
Desconectaban sus emociones y se tomaban su tiempo para llevar la carga hasta la entrada, deteniéndose brevemente para rebuscar en los bolsillos de los cadáveres.
A veces les quitaban una camisa más o menos limpia, que se ponían ellos mismos o guardaban para hacer trueques, en los que también se usaban sombreros, zapatos y cordones robados.
Mordechai y Moses solían quedarse cerca de las cocinas para intercambiar los artículos por sopa de patata.
Sabían que ese oportunismo, o incluso un acto impulsivo de generosidad, podía ser fatal.
Todos conocían la historia del ayudante de cocina al que habían ahorcado tras sorprenderlo lanzando una col a un grupo de prisioneros de guerra soviéticos.
El riesgo valía la pena por la satisfacción subversiva de compartir en secreto una patata, mordisco a mordisco.
Mordechai había encontrado a alguien que velaba por él.
Moses había encontrado un aliado. Y entonces, por casualidad, una noche Mordechai encontró a sus hermanas, Ita y Sarah. Tenía algo, alguien a quien aferrarse.
Varios de los chicos tuvieron una suerte parecida y encontraron a sus hermanas en el campo de mujeres, el campo C, contiguo a sus barracones en el campo A.
Estas mujeres se salvaban de la cámara de gas debido a su aparente aptitud para trabajar.
Varios chicos se reencontraron con sus hermanas después de llamarlas por su nombre con la esperanza de que las prisioneras del otro lado de la alambrada, en el Trauenlager , los reconocieran.
Otros las vislumbraban a lo lejos y gritaban para llamar su atención; las mujeres hacían lo mismo.
Las emociones que desencadenaban estas interacciones eran intensas y duraderas.
Siempre que podía, Avigdor Neumann se acercaba a la valla por la mañana para encontrarse con su hermana mayor, Sima Rachel.
Envolvía mensajes alrededor de una piedra y confiaba en que su puntería fuera relativamente precisa.
Ella sobrevivió al Holocausto, pero, aun cuando ya era una anciana que vivía en Israel, seguía siendo incapaz de recordar una de esas conversaciones sin sumirse en la tristeza más profunda.
—¿Sabes que hoy cumplo trece años? Es mi bar mitzvá —le gritó un día Avigdor.
Y fue entonces cuando ella se dio cuenta de que, en lugar de celebrar aquel preciado momento en el que uno se hacía mayor, su hermano era un niño vulnerable obligado a envejecer antes de tiempo, y eso le rompió el corazón.
Su vida se había hecho añicos; quedaba por ver si terminaría antes de tiempo.
La perspectiva era angustiante. Sima Rachel sabía que para él habría sido más fácil sucumbir a la humillación y el hambre, perder el instinto de resistir y de recuperarse de las palizas diarias.
Sin embargo, algo le decía a Avigdor que la salvación era posible.
El legado de sus padres, su fe, era lo que lo sustentaba.
Esos principios creaban un vínculo extraordinario, con independencia del género.
La devoción religiosa de los chicos podía ser más expresiva, pero las chicas y las mujeres mayores a quienes respetaban mantenían discusiones religiosas más sutiles, aunque no menos intensas.
Todos reconocían de manera tácita que eso les ayudaba a conservar su identidad como seres humanos.
La bondad, descubrieron, tenía un doble filo: beneficiaba tanto al que la daba como al que la recibía.
Las mujeres elaboraban regalos con trozos rescatados de madera o tela y compartían las recetas favoritas de su infancia.
Confeccionaban tarjetas de felicitación con pedazos de papel y, en algunos casos, hasta dibujaban retratos de amigas o bocetos de la vida cotidiana en los campos.
Estas expresiones creativas eran otra forma de manifestar su individualidad.
Aunque hombres y mujeres se mezclaban en almacenes y oficinas administrativas, en general estaban estrictamente segregados.
Los únicos prisioneros varones que podían entrar en el campo de mujeres eran los de los equipos de construcción.
En consecuencia, algunas mujeres rompían adrede las literas o dañaban la estructura de sus barracones para que los obreros tuvieran que venir a repararlas.
Mientras estos trabajaban, ellas les pedían información sobre hijos, padres y maridos y les enviaban mensajes.
Otra treta, que consistía en que los empleados en las oficinas de las SS enviaran de madera deliberada un paquete a la zona equivocada del campo para que hubiera que recuperarlo, era un medio de comunicación igual de eficaz. No parecía haber mucho que perder.
—No importa que lo sepáis todo, porque de todas formas vais a morir —les decían los guardias a los judíos que trabajaban en las oficinas de las SS.
Mordechai lanzaba pan y otros bocados hurtados a sus hermanas.
Ellas lloraban a sus padres y a sus hermanos Shlomo y Avraham, pero el reencuentro con Mordechai les dio fuerzas.
Otro Shlomo, el hermano mayor y excepcionalmente alto de Yosef Zalman Kleinman, se volvió muy popular, porque su altura le permitía arrojar mercancías a mayor distancia por encima de la valla y desde un mejor ángulo.
Aquellas ofrendas tenían un valor incalculable porque las condiciones en el Frauenlager eran terribles.
La ropa de las mujeres estaba siempre sucia, ya que tenían que dormir sobre el suelo de arcilla de los barracones.
Había una escasez perpetua de literas y carecían de agua corriente.
En 1944 se empezó a construir un baño, pero nunca se terminó.
A diferencia de los hombres, a los que solían sacar enseguida de Auschwitz-Birkenau cuando los seleccionaban para trabajos forzados externos, las mujeres a menudo permanecían en el campo durante muchos meses, puesto que la demanda industrial para ellas no era tan alta.
Esta relativa falta de aptitud para los trabajos más pesados jugaba en su contra.
La tasa de mortalidad entre las mujeres era elevada debido a la brutalidad del régimen, supervisado en un principio por Franz Hössler y su adjunto Adolf Taube, quienes fueron responsables de cientos de muertes.
Hössler fue capturado por los británicos y ahorcado el 13 de diciembre de 1945, pero Taube, que según testigos disparaba o pateaba hasta la muerte a las prisioneras que llegaban tarde al trabajo, logró eludir la justicia.