Capítulo 5 - El arte de la supervivencia #3
De vez en cuando, sometían a los chicos a una lucha de sangre literal, en la que los obligaban a golpearse unos a otros hasta superar el límite de la sumisión.
Era humillante y peligroso, pero, a ojos de sus verdugos, estaba justificado porque reforzaba el equilibrio de poder dentro del barracón.
Las «peleas» demostraban que los funcionarios tenían la capacidad de hacer lo que quisieran, sin importar las convenciones de la decencia.
Resuelto, perspicaz y observador por naturaleza, Mordechai Eldar advirtió otro siniestro elemento de explotación en su barracón.
En él estaba implicado un kapo ucraniano que supervisaba los trabajos en la serrería local, donde se hizo famoso por exigir silencio absoluto mientras los presos trabajaban.
Golpeaba con un bastón pesado a cualquiera que viera hablando con su vecino.
Por la noche, el kapo regresaba a los barracones y se llevaba a los niños a su cama.
Los chicos recibían un trato preferente y raciones adicionales hasta que dejaban de serle útiles.
Entonces los mataba sin llamar la atención para evitar dejar testigos de su perversión.
Desaparecer en el campo era muy fácil. Incluso si las ausencias eran evidentes, se olvidaban enseguida.
La escala del asesinato masivo, la inmensa cantidad de personas implicadas en la industrialización de la muerte, era abrumadora.
El 30 de agosto, por ejemplo, había 874 prisioneros en el Sonderkommando quemando cuerpos en los crematorios y otros cuatrocientos se empleaban quemando cuerpos en fosas externas.
Trabajaban las veinticuatro horas del día.
Sin embargo, Mordechai no estaba dispuesto a olvidar y juró no perdonar jamás.
Dos de los chicos reciclados de una manera tan despreocupada, obscena e inhumana por parte del kapo eran de su ciudad natal, Câmpulung la Tisa.
Uno de ellos había compartido con él un pedazo de su pan adicional antes de que lo eliminaran.
Mordechai estaba consumido por la rabia y la culpa.
Los estaban poniendo a prueba a todos, sin importar su fortaleza natural.
Por mucho que sus compañeros respetaran la resiliencia de Avigdor Neumann, él no podía engañarse.
No tenía ni idea de cómo no se había roto bajo la presión.
Encontraba consuelo en los fundamentos de su fe, pero no podía explicar cómo lograba mantener cuerpo y mente unidos bajo semejante opresión.
En última instancia, razonaba, la única manera de sobrevivir era someterse a las veleidades del destino.
Su vida, o su muerte, estaban predestinadas.
Su sufrimiento era ineludible, pero manejable si lograba racionalizar su brutalidad.
Ese proceso, claro está, era tremendamente difícil de soportar.
Como todos, Avigdor coqueteaba con rendirse.
La comida era una preocupación comprensible, pero trágicamente poderosa.
Una de las imágenes más tristes que los chicos veían cuando exploraban el campo con cautela era la de los llamados museimänner , aquellos que se hallaban en las etapas finales de lo que, en esencia, era una inanición inducida psicológicamente.
Se habían condicionado a hablar sin cesar sobre comida y a fantasear con sus platos favoritos hasta que su obsesión los superaba.
Su situación la resumió durante el juicio de Adolf Eichmann, celebrado en 1961 en Israel, el doctor Aahron Beilin, un médico judío de Bia ł ystok, en Polonia, que se salvó gracias a su reclutamiento como enfermero en Auschwitz-Birkenau.
Este describió la pérdida de control provocada por el aumento en la secreción de ácidos gástricos que acompañaba a los olores y sabores imaginarios:
Esa era la primera etapa y sabíamos que en uno o dos días el muselmann entraría en la segunda.
Aunque la división no era tan estricta, dejaría de interesarse por su entorno y también de responder a las órdenes.
Sus movimientos se volverían muy lentos y su rostro se quedaría congelado como una máscara.
Luego perdía el control sobre sus intestinos y se aliviaba allí donde estuviera.
Ni siquiera se daba la vuelta cuando se acostaba.
Era un esqueleto con las piernas hinchadas.
Como los demás querían arrastrar a esas personas al recuento, las colocaban a la fuerza junto a la pared, con las manos sobre la cabeza y la cara pegada a la pared.
Era un esqueleto con un rostro gris que se apoyaba en la pared, balanceándose adelante y atrás.
De manera indefectible, alguien terminaba poniendo fin a su sufrimiento, aunque las probabilidades de que sus muertes quedaran registradas eran remotas.
La burocracia nazi empezaba a ceder bajo la presión.
La documentación era incompleta, y las cifras, difíciles de verificar.
Se calcula que alrededor de doscientos treinta y dos mil chicos de dieciocho años o menos pasaron por Auschwitz-Birkenau.
De ellos, doscientos dieciséis mil eran judíos y la gran mayoría tenía quince años o menos.
La fuerza de trabajo esclava se estaba reduciendo debido a las demandas de los centros ubicados en el corazón de Alemania.
Esto abrió la puerta a que se asignaran trabajos más localizados a los chicos menores de quince años, ya fuera dentro del complejo de Auschwitz o en el exterior, como la mina de carbón de Brzeszcze o la refinería de petróleo en Trzebinia, un subcampo establecido a principios de agosto de 1944.
Vigilados por unos sesenta hombres de las SS, a los prisioneros se les asignó la tarea de ampliar la refinería.
Excavaban zanjas, colocaban cimientos, instalaban el sistema de alcantarillado y construían vías de ferrocarril.
Era un trabajo agotador e implacable, complicado por los constantes bombardeos estadounidenses, que llevaron a una nueva exigencia: la creación de refugios antiaéreos.
Con las cercanas plantas industriales de Alta Silesia funcionando a pleno rendimiento —en su mayor parte fábricas de hierro y acero y minas que producían carbón, plomo y zinc—, a otros chicos se les asignaban trabajos en granjas agrícolas o ganaderas, que ofrecían oportunidades para el saqueo secreto de comida y otros objetos intercambiables.
Los trabajos más codiciados seguían siendo los de la cocina, donde a Zalman Leib Meisels, hijo de una figura religiosa prominente conocida como el Dayan de Vác, lo asignaron al transporte de comida y mensajes.
Sin embargo, a pesar de su seguridad en el Scheisskommando , Dugo Leitner tenía puestas sus miras en lo que consideraba el seguro de vida definitivo: un tatuaje.
Muchos chicos no recibían uno hasta avanzado su internamiento.
El apodo por el que se lo conocía hacía referencia al sonido del corcho al extraerlo de una botella.
Encajaba a la perfección con su carácter burbujeante, aunque a veces la línea que separaba la seguridad en sí mismo de la imprudencia se difuminaba.
Su primer gran ardid de confianza pudo haber sido también el último.
Partiendo de la lógica de que el tatuaje le permitiría que lo asignasen a trabajos externos y lo registrasen en la Cruz Roja, empezó a frecuentar la Oficina de Transportes del campo junto con un par de chicos con ideas afines a las suyas.
Aprovechó la que consideró su mejor oportunidad acercándose a un grupo de hombres en la entrada de la oficina.
—¿Quiénes sois? —les preguntó para disimular.
—Somos de Theresienstadt y hemos venido a buscar un número para poder trabajar —respondieron ellos.
Le indicaron que entrara y un funcionario con aspecto aburrido le preguntó su nombre.
—Rinbeck —improvisó él.
Se inventó una fecha de nacimiento y otros detalles menores y, para su alegría, le tatuaron el número 14671 en el antebrazo izquierdo.
Pero su plan tenía lo que debería haber sido un fallo catastrófico: no contaba con la visita a la oficina de Josef Mengele, que caló la farsa casi de inmediato y llamó a los guardias.
A Dugo se le ordenó acercarse de nuevo al funcionario amedrentado, que difuminó y borró parcialmente el tatuaje.
Luego los guardias golpearon con brutalidad a Dugo y a sus cómplices.
Consciente de la suerte que tenía de no haber acabado ahorcado, soportó el castigo hasta que le permitieron volver al barracón dando traspiés.
Sus mañanas de relativa despreocupación limpiando los retretes nunca le habían parecido tan atractivas.