Capítulo 5 - El arte de la supervivencia #2
Los rumores corrían de manera incesante.
Según uno, los mantenían con vida para un potencial intercambio de prisioneros en un país neutral.
Otro apuntaba a que los estaban reservando para trabajar en lo que se describía como una «escuela de constructores».
Los chicos buscaban el consejo de los prisioneros veteranos con los que se encontraban.
Un miembro del Sonderkommando , de quien se creía que era un judío belga, predijo que se acercaba «el fin de los días».
—Como esto siga así, no quedará ni un solo judío en Europa —les advirtió.
En tales circunstancias, el trabajo de Dugo y Avigdor con el Scheisskommando generaba envidia debido a sus ventajas, mugrientas pero vitales.
Todo el mundo coincidía en que era uno de los mejores trabajos de aquel lugar, a pesar de los efectos secundarios, que iban desde diarreas y vómitos hasta estreñimiento.
Los chicos incluso hacían bromas infantiles al respecto.
Un excremento especialmente delgado en las letrinas recibía el nombre de matzah , el pan ácimo que era el ingrediente principal de la cocina judía.
Sus raciones diarias eran exiguas: doscientos cincuenta gramos de pan de dos días atrás, un pedacito de queso o embutido, un sucedáneo de té por la mañana y un litro de sopa al mediodía.
Los chicos se empujaban para ocupar la mejor posición e intentar conseguir la parte más espesa de la sopa, que quedaba en el fondo de la olla.
Los hermanos Kleinman se turnaban para relamer los cuencos del otro.
El Scheisskommando tenía encomendada la labor de arrancar las malas hierbas de la zona próxima a las vallas electrificadas y mantener los jardines que había delante de las oficinas administrativas, pero era en los alrededores de las cocinas donde el hecho de estar atados a los carros de basura les proporcionaba mayores beneficios.
Rebuscaban en los cubos para encontrar pieles de patata y otros pequeños restos de comida desechada.
Yaakov Yosef Weiss, que se había unido al grupo con posterioridad, se mostró especialmente exultante al descubrir dos hojas de col, que chupó con avidez antes de compartirlas con amigos de su ciudad natal.
Juntos formaban un grupo informal de autoayuda que se fundamentaba en la fe.
Uno de ellos había intercambiado un pedazo de pan por un pequeño libro de oraciones encontrado por el Kommando Kanada , que se encargaba de clasificar las pertenencias descartadas.
Los muchachos recitaban pasajes del libro para pasar el tiempo y reavivar su fe.
Se dividían en grupos de diez para poder rezar en un minyan , un cuórum religioso.
Aquella devoción comunitaria, que a veces observaban en silencio mientras se mantenían juntos durante el recuento matutino, contribuía a la cohesión de una comunidad que evolucionaba con rapidez.
Los nazis más nihilistas, que rechazaban todos los principios morales y religiosos, consideraban que su actitud unificada era una amenaza directa.
Se crearon otros grupos de apoyo, que cada vez involucraban a más desconocidos previamente distantes.
La toma de conciencia de que nadie velaría por ellos salvo ellos mismos fortaleció aún más sus lazos y también aumentó la importancia de las normas de comportamiento.
Poco a poco, comenzó a surgir un código moral y un sentimiento de hermandad.
Los chicos de Ł ód, supervivientes de los ochenta mil deportados de la ciudad, enseñaron a sus compañeros húngaros cómo colaborar para conservar el calor, ya fuera en los barracones por la noche o, sobre todo, durante las gélidas horas de espera hasta que concluían los trámites del recuento matutino en la appellplatz , la plaza donde pasaban lista.
Ante la orden de «crear una estufa», se reunían en círculos apretados.
Los que quedaban en el exterior se inclinaban hacia el interior, transfiriendo su calor corporal a los que se hallaban en el centro.
Al cabo de un rato y tras una nueva orden de «crear una estufa» por parte de alguien en la periferia del grupo, intercambiaban los puestos.
Todos se beneficiaban de esa cohesión comunitaria.
Era una teoría sencilla y desinteresada, puesta a prueba en la adversidad.
A pesar de esas consideraciones tan humanas, era imposible proteger a los recién llegados de la verdad, por dura que fuese.
Era natural conservar la esperanza, aunque fuera vana, de encontrar a un familiar desaparecido, pero también existía un imperativo moral de explicar el destino de aquellos de quienes los habían separado durante la selección.
Los chicos razonaban que era mucho mejor averiguar el origen de las llamas y la niebla creada por el hombre de boca de alguien que había sufrido hacía poco una pérdida similar que escuchar las dramáticas descripciones de los presos veteranos sobre padres, hermanos y hermanas que abandonaban este mundo en forma de partículas de ceniza.
Yosef Zalman Kleinman recordaba estar junto a la valla en su primer día en el campo y escuchar a un preso veterano hablando con dos recién llegados:
—¿Veis dónde están las chimeneas? —señalaba—. ¿Lo veis? No es una fábrica. No es una panadería. Están quemando a vuestras familias, a vuestros hijos.
La falta de sensibilidad y compasión de aquel hombre afectó profundamente a Yosef, que pensó: «¿Cómo puede hablar así?». En cuestión de semanas, sin embargo, después de escuchar muchas muchas conversaciones parecidas, lo entendió. Formaba parte del rito de iniciación de un prisionero.
Cada uno reconocía su propia verdad. Cuando el exterminio de los antiguos habitantes del gueto de Ł ód se hallaba en su apogeo, Yosef se fijó en que el humo de las chimeneas era más blanco de lo habitual.
En términos científicos, eso indica un alto contenido de humedad en lo que se está quemando, pero él estaba convencido de que se debía a que las víctimas se hallaban al borde de la inanición.
No obstante, ciertos principios eran innegociables.
Robar a otros presos se consideraba impensable, aunque hurtar a sus captores era celebrado.
Existía un acuerdo tácito de que, siempre que no te pusiera en peligro, tenías el deber de ayudar a tu prójimo.
Delatar a otros para obtener un beneficio personal no se toleraba bajo ningún concepto.
Los muchachos con una personalidad más fuerte, como Yaakov Yosef Weiss, que sentía que «todo era un poco un caótico», un claro eufemismo, defendían a los chicos más débiles de quienes se aprovechaban de ellos.
La comida marcaba el orden del día. El pan de un chico era su posesión más preciada.
Las raciones se compartían sin dudar en porciones iguales, incluso si provenían de una fuente externa, como el equipo de aguas residuales.
Existía una jerarquía de abuso relacionada con los llamados Funktionshäftlinge , prisioneros funcionarios reclutados por las SS para mantener el orden y aplicar disciplina.
El Lagerälteste , el anciano del campo, encabezaba lo que era literalmente una cadena alimentaria.
Él controlaba a los Blockälteste , los ancianos de los barracones, quienes supervisaban cada barracón individual.
Los kapos vigilaban a los presos durante el trabajo.
Al principio, estos funcionarios eran delincuentes alemanes y austríacos, pero a medida que el campo se expandía se asignaron tareas de supervisión a los presos políticos.
Con el tiempo, se emplearon otras nacionalidades; los reclutas ucranianos eran especialmente temidos, pero algunos colaboradores judíos eran igual de despiadados.
Controlaban todos los aspectos de la vida diaria de los chicos; asignaban las tareas y supervisaban la distribución de las raciones.
Tenían sus intrigas secretas con guardias corruptos y también sus favoritos, pero sabían que su bienestar dependía de la satisfacción de sus benefactores en las SS.
Ello conducía a extremos violentos, pensados para demostrar su compromiso con el cargo.
Un Blockälteste , un judío polaco, se hizo famoso por azotar a los chicos por la más mínima infracción.
Un chico, Meir Ackerman, no pudo sentarse durante dos semanas después de recibir veinticinco latigazos y acabó perdiendo la vista en un ojo debido a las continuas palizas.
La historiadora Esther Farbstein documentó para la posteridad el testimonio de Yosef Zalman Kleinman sobre uno de estos ataques:
El alemán ordenó al chico que se inclinara y comenzó a azotarlo. Varios chicos curiosos como yo nos hallábamos cerca y empezamos a contar los latigazos. El muchacho no gimió ni lloró. Nos sorprendió mucho.
Contamos veinte. Contamos veinticinco. Contamos treinta.
Y, aun así, el chico no emitía sonido alguno.
Era asombroso. Nunca habíamos visto algo así.
La falta de reacción del chico enfurecía cada vez más a su agresor hasta que, tras el latigazo número cuarenta, le dio la vuelta sobre el suelo y siguió azotándolo en la cara y las piernas.
El chico no emitió ningún sonido. Solo después del latigazo número cincuenta, la manguera de goma dejó de girar en el aire.
El verdugo salió del barracón y nosotros ayudamos al chico a levantarse del suelo.
Me resulta difícil olvidar la marca roja que tenía en la frente.
«¿Qué has hecho? ¿Por qué te azotaba?», le preguntamos.
«Ha valido la pena —respondió el chico—. Les he traído a mis amigos unos libros de oración para que puedan rezar». Le ayudamos a subir a su litera y varios chicos le hicieron masajes para aliviar su dolor. Aquella escena no dejó indiferente a nadie.