Milagro en Auschwitz Capítulo 5 - El arte de la supervivencia
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Capítulo 5 - El arte de la supervivencia

El arte de la supervivencia

Los excrementos humanos llegaban hasta las rodillas de Dugo Leitner.

El muchacho no podía estar más feliz, ya que, como uno de los veinte chicos seleccionados para el Scheisskommando , el equipo encargado de las aguas residuales, tenía la oportunidad de demostrar que era apto hasta para el trabajo más nauseabundo.

Frente a los peligros de la inactividad forzada a la que se veía sometida la mayoría de los chicos húngaros, valía la pena correr el riesgo de contraer disentería.

Dugo vio a varios centenares de personas que aguardaban fuera de la cámara de gas a que hubiera espacio para morir.

Era algo más espantoso y devastador que cualquier cosa por la que él se hubiera visto obligado a pasar.

Sus miradas perdidas lo atravesaron. «Saben lo que los espera —pensó—.

Y nosotros también». La simetría emocional entre ellos era perturbadora, inolvidable.

Los miembros del equipo de aguas residuales tenían la cabeza gacha, como si sintieran en el cuello el peso de la indignación histórica.

Todos la alzaron de golpe cuando se lo ordenó su supervisor, un prisionero checo judío llamado Silberman que tenía el título de Scheissmeister .

Le debía la vida a su perspicacia y a su capacidad de saber lo que se esperaba de él, aunque ponía por delante sus principios morales.

Se dirigió directamente a los chicos:

—Ni siquiera en este infierno en el que nos encontramos debemos olvidar lo que hemos aprendido.

Aquí también tenemos que continuar estudiando tanto como nos sea posible.

Un día, pronto, este infierno llegará a su fin.

No sabemos quiénes de nosotros vivirán, así que tenemos que hacer el bien y salir de aquí como seres humanos.

Los instó a cantar en voz muy alta y con pasión y la respuesta fue extraordinaria.

Las voces de los chicos eran potentes y destilaban sentimiento.

Se emocionaron hasta los miembros del Sonderkommando , los prisioneros que intercambiaban su humanidad por la supervivencia temporal en el patio de la muerte y que estaban sometidos a la depravación a diario.

En términos emocionales, fue un mikveh , un baño depurador que también supuso una purificación espiritual.

Dugo quedó despojado de sus impulsos infantiles.

Consideró la canción una manifestación de fe en el momento de mayor duda.

Le encantaba cantar, pues era una expresión de quién era y de dónde venía, pero nunca le había encantado tanto como en aquel momento, en el que cantó porque era judío.

Le habían arrebatado literalmente a golpes los últimos vestigios de inocencia.

Un chico gitano —«un chaval de diez años», según el veterano de catorce, a todas luces ofendido y con el orgullo herido— había estado a punto de alcanzarlo con un golpe que le había rozado la cabeza y luego había tratado de robarle los zapatos.

Dugo se lo quitó de encima y procedió a rajar las suelas para no despertar tantas envidias.

Se prometió a sí mismo que jamás volvería a ser tan vulnerable y entendió que en Auschwitz-Birkenau reinaba la ley de la selva.

A su padre y a su hermano los habían llevado desde el campo D, el de los hombres, hasta Buchenwald para trabajar en la industria armamentística.

Aunque antes del transporte sus personalidades chocaban una y otra vez, el primer pensamiento de Meir Leitner fue el de alimentar a su hijo mayor antes que a él mismo.

Eran las contradicciones del amor y la pérdida.

Dugo se sumergió en una especie de luto.

Tenía conversaciones imaginarias con su padre.

«¿Por qué mereces tú este sufrimiento? —le preguntaba—.

Tú, un hombre tan virtuoso. Naciste en 1905 y te llamaron a filas una y otra vez.

Te alejaron de nosotros para trabajar y luchar en Ucrania. ¿Por qué? ¿Por qué tú?».

En el mundo real, en cuanto Meir cruzó la verja de entrada de Buchenwald y pasó por debajo de su sarcástico letrero, « Jedem das seine ».

[«A cada uno lo que se merece»], quedó a merced del destino.

La tasa de mortalidad en el campo era de alrededor del veinticinco por ciento; en una cruel ironía, Meir murió justo antes de que los prisioneros emprendieran la marcha de la muerte el 8 de abril de 1945, tres días antes de la llegada de los estadounidenses.

El hermano de Dugo, Samuel, estaba muy enfermo de tifus cuando lo liberaron, pero recobró las fuerzas y acabó recuperándose.

El sufrimiento de Avigdor Neumann, que también había conseguido que lo seleccionaran para el Scheisskommando , era parecido.

A mediados de junio, unas tres semanas después de que lo trasladaran al campo D con su padre y su hermano mayor, los nazis los confinaron en su barracón.

Aquel blocksperre , como se denominaba en alemán, era una señal de mal agüero que auguraba un cambio inminente a gran escala.

Un nuevo subcampo, Kaufering, se estaba creando en Bavaria.

Hacían falta trabajadores forzados para construir tres búnkeres subterráneos inmensos para las fábricas de aviones de combate, vulnerables a los bombardeos de los Aliados en la superficie.

Menachem Neumann y su hijo mayor se hallaban en el sitio y el momento equivocados.

Los enviaron a Varsovia, luego a Dachau y, por último, a Kaufering, donde los búnkeres de cuatrocientos metros de largo y cinco plantas de altura se protegerían con una capa de grava de diez metros, así como con un techo de cemento de tres metros de grosor.

Los prisioneros tenían que construir las cabañas en las que dormían sobre paja y luego enterrarlas parcialmente.

El techo de tierra era poroso y las ratas atravesaban el suelo a la carrera.

El trabajo, que también incluía la construcción de terraplenes para el ferrocarril, era brutal: cerca de la mitad de los treinta mil trabajadores forzados murió de inanición, enfermedad, agotamiento o por ejecución sumaria.

El padre y el hermano de Avigdor no sobrevivieron.

Poco después de que ellos se marcharan de Auschwitz, llevaron a tatuar a Avigdor. Ya no tenía nombre; era solo B-14665. Se sintió humillado y tan insignificante como una mota de polvo.

La mayoría de los chicos húngaros se sometió a una cuarentena de entre seis y ocho semanas en un barracón de aislamiento del campo A, donde uno de los tres doctores, Josef Mengele, Heinz Thilo y Berthold Epstein, les realizaba un examen médico diario.

Mengele no requería presentación; Thilo, un ginecólogo de las SS, era extremadamente desagradable.

Participante activo en las selecciones, describía el campo como «el culo del mundo».

Estuvo implicado en la liquidación del campo familiar de Theresienstadt el 10 y 11 de julio de 1944, que conllevó el asesinato de siete mil judíos en las cámaras de gas, y acabó suicidándose en la cárcel mientras aguardaba a que lo juzgaran.

Epstein, en cambio, caía bien a los chicos, que confiaban en él a pesar de su empleo forzado como ayudante de Mengele.

Nacido en el seno de una familia judía en Checoslovaquia, en 1940 había huido a Noruega, donde se convirtió en uno de los pocos refugiados aceptados en la comunidad médica.

Trabajó como pediatra hasta la invasión alemana en abril de 1942.

Tras su detención y deportación en el navío de carga SS Donau en noviembre de 1942, lo pusieron a trabajar en Auschwitz, donde asesinaron a su mujer, Ottillie, y a varios parientes más.

Pese a los intentos del príncipe Carlos de Suecia y Noruega de que lo eximieran del servicio, los alemanes lo obligaron a permanecer en el campo hasta que el Ejército Rojo lo liberó, momento a partir del cual se unió al ejército checo y se dedicó a atender a los supervivientes.

A principios de agosto trasladaron a la mayor parte de los chicos al campo E, el antiguo campo gitano, que se hallaba más cerca de las cámaras de gas.

Habían pasado tan solo unos días desde que habían cargado en camiones a sus anteriores ocupantes, unos cuatro mil doscientos hombres, mujeres y niños romaníes y sintis, para enviarlos a la muerte.

Como era habitual, los chicos se enteraron de su inminente exterminio gracias al boca a boca.

Uno de los chicos de su grupo, Ze’ev Schick, mantenía registros como parte de su trabajo administrativo, que había conseguido gracias a un afable prisionero, un comunista alemán llamado Max que era el encargado del almacén de ropa.

Las condiciones de vida eran inclementes.

Dos estufas de estaño, conectadas mediante un conducto de ladrillos que atravesaba el suelo mojado y embarrado, proporcionaban algo de calor.

La iluminación en los bloques era escasa y había poca ventilación, de modo que los malos olores no se disipaban.

Los techos estaban llenos de goteras. En la puerta de atrás había dos barriles que servían de retrete.

Los insectos proliferaban y había piojos por todas partes, lo cual ocasionaba sarna.

Recién rapados y calvos —Dugo consideraba que «las SS nos hizo feos»—, los chicos, a los que se unieron los supervivientes demacrados y prematuramente envejecidos de la liquidación del gueto de Ł ód—, en Polonia, se hallaban en una especie de limbo.

Aunque no los forzaban a trabajar como a los hombres adultos, sabían que lo más probable era que sus posibilidades de sobrevivir dependieran de lo útiles que fueran para sus captores.