Capítulo 4 - El valle de lágrimas #4
Yosef y su hermano Solomon, dieciocho meses mayor, se colaron en el banquete después de que los ancianos les impidieran entrar.
Se quedaron pegados a una pared que se hallaba al lado de la larga mesa principal, cuyo lugar de honor ocupaba el rabino.
El ambiente festivo se esfumó en un instante cuando un ayudante le susurró algo al oído.
Tras adoptar una expresión momentánea de desconcierto, el rabino recobró con rapidez la compostura y su aire de autoridad habitual.
Echó la silla hacia atrás, se puso en pie y golpeó la mesa mientras pedía silencio.
—Señores —dijo—, el festín ha terminado. Todos deberían regresar a sus casas.
Enseguida quedó claro que la invasión alemana de Hungría tendría consecuencias devastadoras.
La guerra, cuya progresión había seguido Meir Klein a través de las diligentes síntesis de su hijo, había llegado a su hogar.
El día después de la Pascua judía, cuando unos policías escoltaron a Meir a su casa tras prohibirle rezar en la sinagoga, su suerte quedó echada.
La familia acudió a casa de un vecino no judío para escuchar las informaciones radiofónicas sobre el cambio de régimen.
Fue entonces cuando se enteraron de una disposición general que ordenaba a todos los judíos vivir en guetos.
Los Kleinman tenían una semana para obedecer.
Motu proprio , Yosef envolvió sus candelabros de plata con un paño y los ocultó en el altillo de unos vecinos, cuyo cabeza de familia había sido apresado para enviarlo a realizar trabajos forzados.
Por toda la ciudad, las familias se veían asaltadas por los recuerdos.
Algunos se arriesgaron a visitar por última vez a sus antepasados en tumbas señaladas con lápidas cubiertas de hiedra.
Otros nadaban en la agonía de la indecisión.
¿Qué reliquias familiares podían esconder entre las pocas pertenencias que les permitirían llevarse?
¿Qué dejarían atrás para los buitres que sin lugar a duda caerían en picado?
Los tres hijos de los Kleinman habían nacido en aquella casa.
Cerrar la puerta de entrada por última vez fue extraordinariamente traumático.
Se derramaron muchas lágrimas antes de que los residentes de la calle partieran en masa hacia el gueto, donde vivirían en sótanos, buhardillas y patios expuestos a los elementos.
El 18 de mayo les dijeron que al día siguiente partirían hacia «Hungría occidental».
Bryna y varias de sus antiguas vecinas prepararon masa y tenían planeado hacer pan en el horno de un no judío compasivo.
Las familias se turnaron, pero, media hora después de que Bryna introdujera su masa, los gendarmes invadieron la casa.
— Ki a házból, menj ki! [«¡Salid de la casa! ¡Fuera!»] —exclamaron.
Bryna se las apañó para retirar el pan a medio hornear, que se desmigajó enseguida en las mochilas de los niños.
Durante el camino a la estación al aire libre, estas se calentaron hasta tal punto que llevarlas resultaba incómodo.
Mientras la columna de personas avanzaba por una avenida bordeada de árboles, Yosef tuvo el equivalente a una experiencia extracorpórea.
Algo le dijo que debía grabar la escena en su memoria.
Se apartó de la fila, se dio la vuelta y contempló el torrente de humanidad que bajaba hacia él.
Era una visión siniestra y fascinante al mismo tiempo, un retablo de pérdida y sometimiento que jamás olvidaría, ni siquiera cuando se enfrentara a los horrores de Auschwitz-Birkenau.
La columna avanzaba en filas de cinco y abarcaba generaciones enteras, desde bebés en brazos hasta abuelos tambaleantes e incluso algún que otro bisabuelo.
Yosef empezó a ver gente que se sacaba dinero de los bolsillos y lo arrojaba el suelo.
Las calles no tardaron en quedar cubiertas de paquetes desechados.
Nadie podía imaginar que cerca del ochenta por ciento de aquellas personas serían asesinadas en el campo de exterminio que las aguardaba.
Yosef nunca había viajado en tren. Con una curiosidad instintiva, contó a los pasajeros que había en su vagón de carga: ochenta y cuatro judíos a merced del destino. Cuando el chico se asomó por el ventanuco y consiguió leer el nombre de la estación, Meir exclamó:
—¡Vaya, vamos a Polonia!
Aunque por todo el tren se producían conversaciones parecidas, Meir parecía especialmente sorprendido.
Llevaba su chal de oración y se enfrascó en los rituales de la devoción religiosa.
Apenas pronunció palabra hasta que las puertas se abrieron en Auschwitz.
Durante el viaje, le había dado la poca agua disponible a su familia en lugar de beber él, de modo que estaba débil y deshidratado.
Yosef lo ayudó a bajar del vagón y lo dejó apoyado en él mientras iba a coger un libro de oraciones que había visto en un montón de pertenencias desechadas.
Le vino a la cabeza un pasaje del Éxodo: «Honra a tu padre y a tu madre para que disfrutes de una larga vida en la tierra que te dará tu Dios».
Recogió diligentemente las gotas de lluvia del techo del vagón y, tras mojar los labios de su padre, le pasó un brazo por la cintura y lo ayudó a avanzar por las vías.
Para entonces, Bryna y su hija de doce años, Tuba, se habían ido para siempre.
Solomon, el hermano de Yosef, se hallaba varias filas por delante de ellos en la cola de los hombres.
Sin dar tiempo a Yosef a reaccionar, a Meir lo separaron de su hijo menor y lo enviaron a la muerte.
Cuando los hermanos emergieron tiritando en su uniforme carcelario, estaban solos en el mundo.
Su familia había alimentado las llamas.