Capítulo 4 - El valle de lágrimas #3
Yo’el Teitelbaum escaparía del campo de concentración de Bergen-Belsen a Suiza en agosto de 1944.
Fue uno de los mil seiscientos judíos que se subieron a los treinta cinco vagones que formaban el tren Kastner, bautizado así en honor a Rudolf Kastner, un abogado judío húngaro que hizo un trato con Adolf Eichmann para liberarlos a cambio de dinero, oro y diamantes.
El rabino Yo’el Teitelbaum pasó dos años y medio en Palestina antes de mudarse a Estados Unidos en 1947 en una muestra de su virulenta oposición a la creación del Estado de Israel.
Como principal líder espiritual de la secta Satmar, logró reunir a millones de partidarios en todo el mundo hasta su muerte en Nueva York en agosto de 1979 a los noventa y dos años.
De vuelta en Salaj, la naturaleza de la cordial e interdependiente comunidad había cambiado de manera dramática a comienzos de la Segunda Guerra Mundial.
Avigdor, en aquel momento con ocho años, veía huir a los soldados polacos que pasaban junto a su casa en su retirada hacia las zonas rurales de los alrededores.
Al año siguiente, los rusos tomaron prisionero a su tío, que había sido reclutado en un batallón de trabajo.
La propaganda antijudía, ilustrada con maliciosas caricaturas de personas de nariz aguileña y mirada huraña, inundó los periódicos húngaros en un reflejo de las tácticas usadas por los nazis durante su ascenso al poder en Alemania.
Los matones locales, envalentonados por el cambio de régimen, agredían a Avigdor por las calles y tiraban de sus tirabuzones.
Cuando en última instancia se vio obligado a llevar una estrella amarilla, sintió que su vida ya no era suya.
En el ambiente flotaba la desagradable sensación de que estaba a punto de ocurrir algo espantoso, y así fue.
A las tres de la madrugada de la última noche de la Pascua judía de 1944, la policía y los llamados «ciudadanos leales» irrumpieron en el hogar familiar de los Neumann y la familia se vio forzada a marcharse al gueto de inmediato y apresuradamente, sin pertenencia alguna.
El momento no se había elegido al azar. Estaba destinado a subrayar la inutilidad de la fe.
A Menachem lo llevaron a un sótano junto con otros ciudadanos prominentes y allí los torturaron para que revelaran la ubicación de sus bienes personales y las riquezas de la comunidad.
Cuando se reunió con su familia en la Gran Sinagoga, demacrado y sin barba, las preparaciones para la deportación ya habían empezado.
A Bella le habían permitido regresar brevemente a casa para coger provisiones y una cantidad limitada de ropa.
Su marido, que en su día había sido un hombre alto y orgulloso, era ahora una sombra encorvada de sí mismo.
Con solo doce años, Avigdor tenía nuevas responsabilidades, la más importante de las cuales era vigilar el principal cesto de comida que su madre había preparado para el viaje.
Jamás olvidaría la vergüenza que lo invadió al dejarlo caer por el miedo que sintió cuando vio cómo golpeaban a Bella mientras hacían cola para subir al tren, entre dos filas de policías.
No se atrevió a desandar el camino para recuperarlo y, aunque sus hermanos llevaban algo de comida, se echó la culpa del hambre que pasó su familia durante las setenta y dos horas de trayecto hasta Auschwitz-Birkenau.
No tenían agua. Los tres cubos de hojalata que servían de retrete no tardaron en rebosar.
El hedor era apabullante y el humor se volvió irritable.
Las discusiones, de una intensidad perturbadora, eran cada vez más frecuentes.
Cuando el tren se detuvo brevemente en Koisce, Menachem rompió su silencio:
—Esto no me gusta nada —dijo en voz baja—. Lo más seguro es que nos lleven a Polonia.
La infancia de Avigdor terminó al bajar por la rampa del ferrocarril en Auschwitz-Birkenau justo antes del mediodía del 22 de mayo de 1944.
La escena que tenía ante sus ojos no se parecía en nada a la que el comandante del campo, Rudolf Höss, describiría con total indiferencia en la autobiografía que le ordenaron escribir entre su juicio por crímenes de guerra y su ejecución en Auschwitz el 16 de abril de 1947:
En la rampa de acceso al campo esperaban ya guardias de las SS y prisioneros designados para recoger el equipaje de los deportados y cargarlo en camiones.
Una vez se abrían las puertas de los vagones de mercancías, los judíos escuchaban gritos que les ordenaban salir, abandonar equipaje y hatillos, y reunirse de inmediato en la rampa en columnas de hombres y de mujeres con hijos.
Durante esa fase, los guardias de las SS no solían hacer uso de la fuerza para no desatar el pánico entre los recién llegados, algo que habría complicado y prolongado el proceso de selección.
Así pues, explicaban con calma a los deportados que en primer lugar los llevarían a ducharse para evitar que se desatara una epidemia en el campo y después los instalarían en barracones antes de enviarlos a trabajar.
Cuando los deportados preguntaban cuándo les devolverían sus pertenencias o cuándo verían a sus seres queridos, los guardias de las SS respondían: «Pronto», «Mañana» o «El domingo».
Cuando los deportados preguntaban a los prisioneros de la rampa si eran «polacos» o «judíos polacos», las respuestas eran evasivas, pero estos aconsejaban a las madres entregar sus bebés a las abuelas o cualquier otra mujer mayor.
Aquel resumen anodino y cínico ignoraba de manera deliberada la desesperación de las familias separadas a la fuerza y la violencia desatada sobre aquellos lo bastante osados para salirse de la fila.
Menachem vio que Bella tenía dificultades y ordenó a Avigdor que fuera «a ayudar a tu madre con los niños».
Este obedeció de inmediato y dejó a su padre y su hermano mayor con los demás hombres, que esperaban en filas de cinco en el extremo más alejado de las vías.
Al darse cuenta de que el niño estaba en condiciones físicas de trabajar, un prisionero veterano le dio un empujón para que volviera con su padre, que hacía todo lo posible por ocultar su propia vulnerabilidad. Cuando Avigdor intentó de nuevo reunirse con su madre, ambos se pusieron a forcejear.
—Escucha bien, muchacho —murmuró el hombre en yidis—. Si te vuelvo a ver por aquí, te mataré.
El altercado llamó la atención de Mengele, que detuvo al niño cuando llegó al lugar de la selección.
— Wie alt bist du? [«¿Cuántos años tienes?»] —le preguntó.
— Fünfzehn [«Quince»] —contestó Avigdor sin alterarse.
— Was machst du? [«¿A qué te dedicas?»] —dijo el médico.
— Ich bin mechaniker [«Soy mecánico»] —mintió de nuevo el niño, sabiendo que le iba la vida en ello. En realidad, jamás había usado siquiera un destornillador.
Convencido por la respuesta, tal vez en contra de su propio criterio, Mengele hizo un gesto hacia la derecha con su habitual indolencia.
Mientras obedecía, Avigdor no pudo resistirse a mirar a la patética comitiva de mujeres y niños que, cogidos de la mano, cruzaban las vías en dirección a la cámara de gas.
En ese momento, por usar la misma expresión infantil que él, se sintió «menos que un gusano».
Esperó durante horas en una sala con duchas en la que hacía un frío gélido antes de que le dieran su fino uniforme carcelario, que no incluía ropa interior ni calcetines.
De camino al barracón, un prisionero se le acercó con una hogaza de pan bajo el brazo y, sin decir palabra, se la dio al niño y luego se apresuró a alejarse.
El gesto estaba tan fuera de contexto en aquel entorno que todo el mundo se quedó parado con incredulidad.
Avigdor le entregó el pan a su padre, pensando que este compartiría el preciado regalo con su hermano y con él, pero en su lugar, en un acto de profunda generosidad, Menachem lo repartió en porciones iguales entre todo el grupo.
Avigdor nunca se había sentido más orgulloso del hombre que le había dado el ejemplo de humanidad definitivo.
Esa noche hizo un frío espantoso. El niño percibió la incomodidad de su padre en la litera de madera y pegó su espalda a él para transmitirle su calor corporal.
«Ahora ya soy un hombre», pensó para sus adentros.
Yosef Zalman Kleinman se hallaba en el mismo tren procedente de Nagysz ő l ő s junto con su padre, Meir; su madre, Bryna; su hermano Solomon, y su hermana Tuba.
Había nacido en dicha localidad en enero de 1930, cuando todavía formaba parte de Checoslovaquia.
Eran una familia religiosa que rezaba dos veces al día en la sinagoga.
Como su padre no hablaba húngaro, Yosef leía los periódicos y le resumía los acontecimientos nacionales e internacionales.
El niño pegaba los artículos en un álbum, que luego su madre le obligó a quemar porque creía que los alemanes los castigarían, ya que entre ellos había mapas en los que se detallaban los frentes de batalla y se anticipaban los movimientos de las tropas.
Como consecuencia de las dificultades que atravesaba la pequeña tienda familiar, el chico hacía trabajos menores para ayudar a llegar a fin de mes.
Bryna era una experta en hacer durar la comida y enviaba a Yosef a comprobar que los ingredientes eran kosher.
Guardaba los pollos descamados para la cazuela y su especialidad era la sopa de pescado del viernes por la noche.
A pesar de las dificultades económicas, los Kleinman eran una unidad autosuficiente.
Para ellos, el Holocausto comenzó el 19 de marzo de 1944, mientras la comunidad estaba centrada en la visita de un prominente rabino jasídico que había acudido a ofrecer siete bendiciones en la boda de su sobrina, que se había ido a vivir a Nagysz ő l ő s después de quedarse huérfana en 1941, cuando habían enviado a sus padres a los campos.