Milagro en Auschwitz Capítulo 4 - El valle de lágrimas #2
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Capítulo 4 - El valle de lágrimas #2

En un principio, Abraham obedeció las órdenes de ir a la derecha al tiempo que empujaban hacia la izquierda, en dirección a las cámaras de gas, a su madre, Devorah; a su esposa, Chaya Soroh, y a los siete hijos menores de los once que tenía.

Trató de unirse a ellos en un acto inconsciente de sacrificio, pero enseguida lo devolvieron a empujones a la fila de aquellos que conservarían la vida para trabajar.

El hilo de la vida era fino como la seda de una araña.

A uno de los tíos de Hershel, al que en un principio habían indultado, lo obligaron a unirse a los que habían condenado a muerte con indiferencia debido a que un guarda de las SS detectó un bulto antiestético en su nuca.

Aquel tipo de imperfecciones eran letales.

Solo una de las hermanas de Hershel, Yentl, se salvó.

Años después, Hershel dejaría constancia de los nombres y edades de sus siete hermanos asesinados, como si les rindiera homenaje en un funeral:

Hentchl, que se ocupaba de las tareas del hogar, tenía trece años. Yankei, tirador, tenía once. Leah, nuestra pequeña babbeh , tenía nueve. Shieh, que se comportaba como un general, tenía siete, y Moshe, seis y medio. Dovid tenía cuatro años. Hudel tan solo tenía seis meses.

Los nazis se propusieron de manera deliberada destruir los lazos familiares después de haberlos desgastado a base de un acoso y una persecución constantes y de haberlos debilitado aún más mediante las privaciones de los guetos y el calvario de los transportes.

Separar a hermanos y, en concreto, seleccionar a madres para morir era un desenlace inhumano.

A Hershel y Yisroel los separaron de su padre y su hermano mayor Berish al cabo de dos días, cuando les ordenaron sumarse a un grupo de trabajo que operaba en el campo principal.

Antes de que los guardias armados con bayonetas los obligaran a marcharse, su padre señaló a sus dos hijos supervivientes más jóvenes.

—Son mis hijos —exclamó en dirección a los guardias al tiempo que lo apremiaban a alejarse.

— Haben zie kein angs [«No tengas miedo»] —le dijeron.

Moses Eldar jamás superó que aquellos jóvenes fascistas le quemaran la barba.

Fue algo que lo rompió mentalmente, a pesar de que las cicatrices físicas sanaron poco a poco.

Su mujer, Tovah, y él todavía conservaban fuerzas para impulsarse y saltar del agobiante vagón de ganado cuando llegó a la rampa a última hora de la tarde del viernes 26 de mayo de 1944, pero ambos desaparecieron casi de inmediato junto con sus dos hijos menores.

Habían viajado durante tres días y tres noches, sobreviviendo a base de pan seco.

Durante el día hacía un calor sofocante y por las noches, un frío insoportable.

El hedor del vagón era nauseabundo. «El miedo atenazaba nuestros corazones —recordaba Mordechai—, pero nadie habría podido vaticinar lo que se avecinaba».

Desorientado por los rugidos de los perros, por las porras que blandían los soldados y por los prisioneros que acechaban a las madres y las forzaban a abandonar a sus hijos, Mordechai jamás volvió a ver a sus padres ni a sus dos hermanos menores.

Por última vez en Auschwitz, se comportó como correspondía a su edad, catorce años y medio.

Prácticamente histérico por la angustia y la perplejidad, abandonó a su abuela y a su tía y echó a correr entre las dos filas de personas, cada una con un destino diferente, mientras llamaba a sus padres.

Aunque sus gritos se fundieron con los de las madres que chillaban los nombres de sus hijos desaparecidos, fueron lo bastante estridentes como para llamar la atención de un guardia, que lo empujó, en silencio pero con desdén, hacia el grupo de gente en condiciones físicas aceptables.

A Mordechai no le dio vergüenza seguir chillando; era la única manera de canalizar su dolor.

No paró hasta que, de pronto, vio a su hermano Yehuda, que había sobrevivido y caminaba junto a la valla en dirección contraria.

Corrió hacia él, ajeno a los golpes que le propinó un soldado con una vara en la espalda, los hombros y la cabeza antes de agarrarlo y tratar de separar a los chicos.

Al darse cuenta de que el esfuerzo no valía la pena y de que además corría el peligro de quedar en ridículo, el soldado soltó a Mordechai con una advertencia:

—Hoy no morirás, pero mañana sí.

—Sí, con mi hermano —fue la respuesta, no muy sensata, pero comprensible.

Era un atisbo de la clase de actitud desafiante necesaria para sobrevivir.

Los hermanos percibieron lo que les pareció olor a pollos sin desplumar chamuscados. El humo cubría el cielo. Mordechai gimoteaba sin aliento y de manera entrecortada:

—¿Dios sabe lo que nos están haciendo? —le preguntó a su hermano.

Después de ver los lacerantes golpes que había recibido Yehuda en el dorso de la mano al tratar de ayudara alguien que había tropezado, Mordechai enseguida se retrajo en sí mismo.

Hacía ya mucho tiempo que había quedado expuesta la vieja mentira de que el vagón de ganado los llevaría del gueto a un campo para protegerlos de los antisemitas.

Aquella era su nueva realidad: uniformes carcelarios que no eran de su talla y kapos, delincuentes ucranianos, rusos y de otros puestos avanzados de Europa oriental que asumían el siniestro papel de padres sustitutos.

«Los kapos hablaban en un idioma que no entendíamos y alguien traducía al húngaro lo que nos decían.

Nos ordenaron que nos desvistiéramos y que nos cortaran el pelo.

Nos rociaron con un polvo blanco y nos dijeron que nos ducháramos deprisa.

Golpeaban con sus porras a todo el que hablaba y luego nos ordenaron que corriéramos hacia la zona de reunión».

Era casi medianoche. Mordechai se aferraba a la esperanza de reencontrarse pronto con su padre en una de las inhóspitas hileras de edificios del campo.

Pensó en cómo Moses hablaba constantemente de Dios y sermoneaba a sus hijos para que jamás, bajo ningún concepto, profanaran el sabbat .

Ahora, por lo que parecía, el Todopoderoso se había olvidado de él cuando más lo necesitaba.

Con una vivida imagen de su padre en la cabeza, Mordechai recordó la gentileza y el amor de su voz, que nunca había logrado disimular en nombre de la disciplina.

La costumbre de hablar con su padre ausente en momentos de estrés o de callada contemplación lo acompañaría durante el resto de su vida.

Era un reflejo de la posición tradicional del padre en las familias judías.

Este tenía la responsabilidad de instruir a su hijo en las escrituras, enseñarle un oficio, encontrarle esposa y enseñarle a nadar.

Aunque algunos siguen interpretando de manera literal este último deber incluso hoy, la mayoría lo considera una metáfora que hace referencia a encontrar la manera de garantizar que el paso de su hijo por esta vida sea seguro.

Avigdor Neumann adoraba a su padre, Menachem.

El cuarto de siete hermanos, era un chico fornido con semblante agradable y pelo largo, liso y moreno.

Una de sus hermanas, Tziporah, había muerto de niña.

Las fotografías de la infancia de Avigdor, en las que aparece vestido con una levita con puntilla en el cuello y sosteniendo un aro de madera contra el pecho, eran a todas luces engañosas.

Tal y como él mismo reconocía, Avigdor fue un niño travieso.

Las cosas no le pasaban a él, sino que sucedían a su alrededor.

Su padre, que rechazaba la tentación de una disciplina estricta, prefería la zanahoria al palo y lo regañaba con indulgencia:

—Si te quedas cinco minutos quieto, te pagaré.

Pesa a la repentina seriedad del chico ante la posibilidad de ganar un poco de dinero, ambos sabían que la posibilidad de que su padre le diera dinero era remota.

Y eso que Mordechai podía permitirse las mejores cosas de la vida.

Como vendedor tremendamente exitoso de materiales de construcción, tenía una de las casas más grandes de la ciudad de Velká Sevlju š , que fue checoslovaca hasta 1939, cuando Hungría se la anexionó y le cambió el nombre por el de Nagysz ő l ő s.

La comunidad judía local, sin embargo, la llamaba Salaj.

Seguidor de la secta jasídica Satmar, Menachem confiaba en que el autocontrol que requería su fe sacara lo mejor de su hijo, que era un espíritu libre. Lo despertaba a las cinco de la mañana y, alumbrando el camino con una vela, lo llevaba a los rezos previos al amanecer.

Avigdor asistía a la escuela desde las ocho hasta las dos de la tarde y, después de que su madre le diera de comer, retomaba sus estudios hasta las siete. Además, si le quedaba tiempo después de terminar sus deberes, se sentaba con su padre, que le enseñaba comentarios rabínicos.

Menachem, un hombre de aspecto juvenil cuyas gafas de montura redonda acentuaban su rostro alargado y abierto, le había legado a su hijo sus mejores rasgos.

Era conocido por su generosidad y ecuanimidad como filántropo en varias organizaciones benéficas locales, y repartía comida entre los necesitados desde su cocina.

Toda la familia participaba. Los viernes por la tarde Bella cocinaba a fuego lento una olla de cholent y los niños daban de comer a todo aquel que cruzaba el extenso patio y llamaba a su puerta.

Era una prueba de la insistencia de Menachem en que cualquiera, por humilde que fuera, merecía respeto.

Su posición social tenía un significado espiritual, pues le confería el honor de alojar en su hogar al rabino Yo’el Teitelbaum, jerarca de la dinastía Satmar, siempre que este visitaba la región.

La figura del hombre santo era impresionante hasta para un niño tan lúdico y con una voluntad tan férrea como Avigdor, que se veía sometido a preguntas para poner a prueba sus conocimientos religiosos.