Capítulo 4 - El valle de lágrimas
El valle de lágrimas
El horror era visceral, uniforme e implacable.
Los relatos de sufrimiento se fundían y mutaban.
Todos destacaban la verdad más relevante: que las víctimas de una tragedia común son individuales e identificables.
Todos los chicos tenían sueños incumplidos, miedos reprimidos, un legado único.
La muerte, igual que la vida, era personal.
Los recuerdos de la brutalidad enseguida se desvanecieron de la mente de sus perpetradores.
Al fin y al cabo, razonaban, ¿quién quedaría con vida para condenar su crueldad?
¿Quién se acordaría de que habían azotado e insultado a ancianos judíos con barbas y tirabuzones y los habían obligado a cantar mientras profanaban el suelo sagrado de la famosa escuela religiosa fundada por el rabino Shimon Shapira en Munkacs?
Las lágrimas de desesperación de los ancianos, derramadas por la vergüenza y la indignidad, se habían evaporado entre los escombros.
Chicos como Hershel Herskovic, su hermano menor Yisroel y su primo Chaim Schwimmer se habían convertido en números en un registro de Auschwitz-Birkenau.
Funcionarios como Laszlo Ferenczy, el experimentado gendarme encargado de organizar hasta el mínimo detalle el programa de deportaciones desde Munkacs, podían darse por satisfechos por un trabajo bien hecho.
Su plan implicaba la evacuación de tres mil personas en cada tren, una infravaloración insignificante.
Ferenczy advirtió a los alcaldes de las ciudades de la ruta planificada de que ellos serían los responsables de su puntualidad.
Los nueve transportes desde las adoberías de Munkacs trasladaron a un total de 28.
587 judíos. Todos habían sido desnudados al llegar y los habían golpeado durante la posterior caminata de cinco kilómetros hasta la zona de carga.
Además de los consabidos robos, los obligaron a quemar los libros de rezos y los chales de oración de cuatro esquinas.
La violencia estaba tan coordinada que muchas de las personas más vulnerables y algunos de los defensores más enérgicos de su fe murieron.
Chaim Schwimmer había visto cómo las ganas de vivir de su padre se consumían.
Aunque la prosperidad era un recuerdo que se esfumaba con rapidez, durante los primeros días de cautividad su padre había utilizado lo que quedaba de su relativa riqueza para comprar comida para los más desfavorecidos.
Ahora, en la última etapa del viaje en tren de Cracovia a Auschwitz, hizo las paces con su destino.
Se abrió camino con dificultad entre los pasajeros tendidos hasta llegar a la ventana y entonces se volvió hacia Chaim.
—Tengo que daven [«rezar»] una vez más en mi vida. Debes entenderlo, hijo mío.
A continuación, se volvió hacia la pared del vagón, cerró los ojos y recitó la mincha , la oración del servicio vespertino. Era la primera vez que Chaim veía llorar a su padre. En ese momento, el chico se dio cuenta de que acababan de pasarle el testigo.
Las cuatro semanas en el gueto le habían parecido cuatro años.
Los primeros cuatro minutos en la rampa del ferrocarril de Auschwitz, cuando los obligaron a apearse justo al alba de la mañana siguiente, le parecieron cuatro segundos.
Casi antes de que Chaim tuviera tiempo de parpadear bajo el inusual brillo del sol matutino, sus padres desaparecieron.
—¿Dónde estamos? —gritaba una y otra vez un hombre llamado Moshe Feldinger—. ¿Dónde estamos?
—Estáis en el valle de lágrimas —contestó con amargura uno de los prisioneros que clasificaba las pertenencias de los recién llegados, un judío polaco de la cuadrilla de trabajo Kanada.
Consumido por un hambre que sobrepasaba su agotamiento y confusión, Chaim solo podía pensar en su supervivencia.
La pena lo asaltaría después, como un agresor que se abalanzara sobre él desde las sombras.
Su único instinto era encontrar comida y eso suponía correr riesgos que, muchos otros días y con muchos otros guardias, le habrían valido una bala en el cerebro.
Al fijarse en que los demás deportados habían obedecido las órdenes de arrojar sus posesiones al suelo cubierto de piedras que había junto a la vía, se abrió paso hasta un montón de abrigos y maletas que le llegaba hasta el cuello.
Se dijo que, sin duda, alguien habría tomado la precaución de ocultar una corteza o un mendrugo en un lugar que le quedara a mano.
Trepó por la pila, abrió de un tirón una endeble maleta de cartón y tan solo encontró ropa dentro.
Lo mismo ocurrió con la siguiente y con la siguiente.
Estaba tan enfrascado en su tarea que no se dio cuenta de que entre el punto de selección y él se había abierto un hueco de treinta metros.
El pánico lo embargó al percatarse del peligro que corría.
Josef Mengele lo miraba con incredulidad, una expresión que se acentuó cuando el chico pasó corriendo junto a él y se sumó a los rezagados que se hallaban al final de la cola de los condenados, entre los que vio al rabino de su infancia, Reb Avigdor, que aguardaba su suerte.
El rabino llevaba gafas; Chaim les había dicho con descaro a los demás que se quitaran las suyas, ya que la vista deficiente era un defecto que siempre resultaba letal a ojos de aquellos que dispensaban la vida y la muerte en las selecciones.
El tiempo se congeló antes de que la habitual indiferencia de Mengele se esfumara.
— Komm zurück, junge, komm her! [«Vuelve, muchacho, ¡ven aquí!»] —gritó.
Al ver a dos guardias de las SS que avanzaban hacia él, Chaim obedeció. Todo el cuerpo le temblaba al alzar la vista hacia el hombre que podía borrarlo de la faz de la Tierra con un simple movimiento de su dedo.
— Wie alt bist du, junge? [«¿Cuántos años tienes, muchacho?»].
Chaim tenía la boca seca y solo pudo contestar con un murmullo inaudible. Mengele, claramente irritado, repitió la pregunta.
— Vierzhen [«Catorce»] —informó uno de los prisioneros del equipo de trabajo Kanada.
Chaim declaró con un balbuceo aquello que era obvio y que equivalía a suplicar clemencia:
— Ich habe angst, sir [«Tengo miedo, señor»].
El médico lo miró fijamente. No pensaba desperdiciar mucha más saliva con aquel desgraciado, pero las tres palabras que pronunció le proporcionaron al chico una especie de futuro.
— Komm da rüber! [«¡Ve allí!»] —espetó al tiempo que señalaba hacia la derecha, donde se hallaban los indultados.
No se trató de un acto de clemencia, sino de un gesto maquinal, un ejemplo de la necesidad de control del opresor como árbitro definitivo entre la vida y la muerte.
Incluso después de desnudarse, ducharse, vestirse y registrarse, a Chaim le costó asumir la naturaleza abominable de su nuevo entorno.
Sabía que tenía suerte de estar vivo, pero seguía sin poder asimilar la monstruosidad de las humeantes chimeneas.
No se atrevía a analizar aquel olor dulzón y empalagoso.
«Seguro que no están quemando a gente», pensó para sus adentros.
Su respuesta llegó al día siguiente, cuando lo trasladaron a un nuevo bloque en el que conoció a un prisionero veterano, un hombre judío que había conseguido conservar su kipá, su casquete.
Chaim le explicó que no sabía qué había sido de sus padres y estaba desesperado por averiguar qué les había ocurrido.
Era una pregunta que resultaba familiar para el hombre, que irónicamente se llamaba Tzadik, «el honrado».
—¿Ves ese fuego? —dijo en tono pausado y triste—.
Ahí es donde están tu padre y tu madre. Calcinándose.
Dios decidió castigar a los polacos, que no eran religiosos y habían hecho todo tipo de cosas perversas, pero ¿por qué ha hecho lo mismo con el pueblo húngaro?
Vuestro modo de vida era honesto. ¿Por qué permite que os masacren? ¿Por qué?
Su voz se apagó y el hombre se dio la vuelta. Sabía que su pregunta no tenía respuesta.
Hershel Herskovic y su hermano menor Yisroel se hallaban por delante de Chaim en el proceso de selección.
Por lo general, Hershel era el más temerario, pero en aquel momento de la verdad estaba demasiado apabullado para hacer nada que llamara la atención.
En su vagón, en el que había más de ochenta personas apretujadas en un espacio que en su día habían ocupado veinte soldados, nadie había oído hablar de Auschwitz antes de llegar allí.
La familia se había planteado la posibilidad de ofrecerse voluntaria para ir en el primer transporte creyendo que eso les daría ocasión de elegir un alojamiento mejor en su destino, pero eran reacios a viajar en sábado.
Los alemanes embaucaron a otros deportados y les dieron una falsa sensación de seguridad colocando notas escritas a mano en el tren, haciéndose pasar por antiguos residentes judíos de Munkacs, en las que decían que estaban contentos de su suerte en su nuevo alejamiento.
Poco a poco, sin embargo, casi mediante un proceso de ósmosis emocional, todos acabaron por comprender la naturaleza de su viaje.
Igual que Chaim, Hershel se fijó en la expresión afligida que se adueñó del rostro de su padre en cuanto el tren entró en la Polonia ocupada por los alemanes.
Cuando se dieron cuenta de que su optimismo inicial se hacía añicos —su convicción de que se dirigían a Budapest o a la ciudad de Hortobagy, en el centro de Hungría—, el efecto fue devastador.
Al llegar, Hershel también estaba muerto de hambre y de sed.
Sintió la tentación momentánea de echar a correr, pero los guardias habían reunido a su grupo de deportados sobre el terreno escabroso y accidentado.
Las piedras no eran muy grandes, pero sí afiladas.
Su padre Abraham estaba subyugado por las chimeneas.
—¿Qué es ese gran fuego? —preguntaba una y otra vez a nadie en concreto.
Era como si no fuera capaz de aprehender la magnitud de la tragedia que se desplegaba ante sus ojos.